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Construyendo el Nuevo Tablero Geopolítico

Centroamérica ha estado inmersa en un escenario político de fragmentación, contradicciones ideológicas y pugnas entre grupos de poder. La influencia política de potencias extranjeras ha sido una constante y las élites que han accedido al poder se han amparado en su cercanía con dichas potencias.

Pero esa constante histórica podría modificarse radicalmente. Si Nicaragua aprovecha una eventual transición democrática, podría convertirse en un factor de cambio para que Centroamérica pase de ser objeto geopolítico a sujeto geopolítico. Desde una visión pragmática, el país puede contribuir a construir un liderazgo regional compartido que articule a la región alrededor de intereses comunes.

Siguiendo esa lógica, es imperativo diseñar una arquitectura regional basada en resultados, que traduzca los mecanismos de integración en acciones concretas y coordinadas: gestión migratoria, agenda climática, seguridad fronteriza, combate al delito transnacional, desregulación comercial e infraestructura energética y logística. Asimismo, resulta fundamental diseñar una estrategia atractiva, basada en ventajas comparativas, para que Costa Rica y Panamá se integren institucionalmente al bloque regional.

La redefinición de las relaciones de Nicaragua con las potencias extracontinentales no implica una ruptura, sino una relación de complementariedad. El abandono de la integración ideológica por la integración funcional debe primar para que la cooperación regional se fundamente en intereses estratégicos compartidos. Esto implica una diplomacia coordinada para negociar conjuntamente, reduciendo así la vulnerabilidad frente a potencias con fuerte presencia regional -Estados Unidos, China y la Unión Europea- , a la vez que se replantea una relación de mayor apertura con el Caribe y Suramérica.

Esta reconversión no será lineal, seguramente enfrentará severas resistencias tanto internas como externas. En ese sentido, la clase política está obligada a abandonar las desconfianzas internas, las negociaciones opacas y todo aquello que ha erosionado su credibilidad y legitimidad.

Las maniobras de presión política y diplomática de las potencias ligadas al antiguo régimen y sus actores internos deben ser previstas. Además, el crimen organizado intentará aprovechar cualquier vacío en materia de seguridad para continuar sus actividades, mientras que las expectativas ciudadanas de mejoras económicas y sociales constituirán un factor de presión inmediato. A este complejo escenario se suma, inevitablemente, la competencia entre las élites políticas y económicas tradicionales.

Considerar que el cambio sociopolítico en Nicaragua rompería el ciclo de fragmentación regional no es una quimera. El costo de la división ya ha dejado consecuencias desalentadoras: inamovilidad social, pérdida de oportunidades y explotación de la fragilidad institucional por parte de actores externos.

La recuperación de la democracia en Nicaragua permitirá que Centroamérica deje de ser el escenario donde otros proyectan sus intereses para convertirse en un activo estratégico generador de estabilidad, cooperación y desarrollo. Solo así la región podrá reposicionarse como un actor con propuestas propias, un área geográfica de paz y un referente geopolítico con capacidad de incidir en su propio destino. Ese será el verdadero significado del nuevo tablero geopolítico.

Ezequiel Molina

Julio 6, 2026