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Nicaragua – Ortega, Murillo y el techo que gotea sobre ellos

Kevin O’Reilly

Krysha”, una palabra rusa que significa techo, también se refiere a una relación en la que una figura poderosa —un jefe del crimen organizado o un hombre como Vladimir Vladimirovich Putin— brinda su protección a un vasallo más débil a cambio de lealtad o beneficios políticos, un vasallo como la dictadura nicaragüense de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

El 3 de julio de 2026, Ortega y Murillo le enviaron a Gustavo Porras, presidente de su Asamblea Nacional y mero notario de sus demandas, un nuevo tratado de extradición con la Federación Rusa. El 6 de julio de 2026, le enviaron otro tratado con los rusos, un acuerdo de traslado de presos.

Porras siempre actúa con diligencia y rapidez ante tales instrucciones y los legisladores pueden pronunciar uno que otro discurso, pero prescinden del debate y votan por unanimidad a favor de lo que los dictadores les presentan. Las firmas correspondientes aparecen entonces debidamente en los documentos pertinentes, seguidas de la publicación de los decretos en La Gaceta Oficial.

Los procesos imitan las formas legitimas, pero carecen por completo del contenido.

Se trata de iniciativas de Moscú, pero Ortega y Murillo abrazan con entusiasmo el lugar subordinado de su dictadura en la comunidad de impunidad de Putin.

Con estas medidas y otras, le abren sus puertas a la influencia neocolonial de los rusos y, a cambio, Putin promete extenderles su krysha.

Algunos otros ejemplos de esta docilidad orteguista incluyen un Acuerdo de Cooperación en Seguridad de la Información de 2021, un acuerdo de 2024 para extender las inmunidades otorgadas al personal ruso en el Centro de Entrenamiento Policial del Kremlin en Managua, un Acuerdo de Protección Recíproca de 2025 mediante el cual las partes acuerdan proteger a sus respectivos funcionarios de la justicia internacional y de la Corte Penal Internacional, un Tratado de Asociación Estratégica y de Cooperación de 2025, un Acuerdo de Cooperación Militar de 2025 y otros acuerdos inspirados por Moscú, tales como pactos de amistad y cooperación con territorios ocupados por Rusia como Donetsk, en Ucrania, y un acuerdo de viaje sin visa con la región prorrusa de Osetia del Sur, separada por el Kremlin de la República de Georgia.

Todo se suma a una relación de larga data en materia de seguridad (especialmente de seguridad interna) y de inteligencia entre Ortega y Moscú que se remonta a la época soviética.

De esta manera, los dictadores se han alineado con otros gobernantes autoritarios que dependen de la protección de Moscú o la esperan; un grupo variado en África Occidental, Myanmar, algunas antiguas repúblicas soviéticas y… Siria hasta 2024 y, hasta principios de este año, Nicolás Maduro en Venezuela.

En hecho, Ortega y Murillo dedican buena parte de sus energías en materia de política exterior a asegurar la krysha— mayormente ruso para la seguridad, y mayormente chino para una esperada diversificación económica que los aleje de la dependencia de Estados Unidos.

Los dictadores, ya de edad avanzada, permanecen en casa y viajan mucho menos ahora que en sus días de mayor vigor. Actualmente delegan en gran medida en su hijo, Laureano Ortega Murillo, para que sirva de sus ojos y oídos en Moscú y Pekín, aunque parece que el sigue actuando bajo un control estricto.

Unos de estos acuerdos rusos, aunque no todos, son más forma que sustancia.

Rusia está lejos de contar con recursos ilimitados para dedicar a Centroamérica y el Caribe, como dejan claros los acontecimientos recientes en Venezuela y Cuba, pero los rusos ofrecen a Ortega y Murillo un apoyo real y preocupante en materia de seguridad e inteligencia que les ayuda a reprimir a los opositores y a detectar la disidencia, y los dictadores basan gran parte de su aparato de seguridad interna en lo que sus matones de línea dura como el viceministro del Interior Luis Cañas han aprendido de sus protectores rusos.

A cambio, ponen su país a disposición de Rusia como plataforma operativa para la “dezinformatsiya” y la propaganda de Sputnik y RT dirigidas al público latinoamericano, así como para otras actividades de inteligencia menos manifiestas públicamente.

Al mismo tiempo, Ortega, Murillo y sus colaboradores que los mantienen en el poder saben que el exdictador sirio Bashar al-Ásad vive en un lujoso exilio aislado en Moscú y que Maduro se encuentra bajo la incómoda custodia estadounidense en Nueva York.

La mayoría de los gobiernos de Europa, Sudamérica y el Caribe —ya sean de derecha, izquierda o centro— consideran a Nicaragua una triste decepción y a la dictadura una tediosa molestia.

Podrán desear que Ortega y Murillo desaparezcan, pero tienen pocos intereses esenciales que proteger en Nicaragua.

Votan para condenar el comportamiento nicaragüense en foros internacionales, esperan a que el tiempo y los achaques de la vejez saquen a Ortega y Murillo del poder, y esperan que sus partidas puedan traer algún cambio positivo.

La mayoría de los centroamericanos se ven obligados a prestar atención a Nicaragua y simplemente tratan de minimizar las perturbaciones que la dictadura impone a sus ciudadanos, a sus economías y a sus modestos intentos de cooperación regional.

Entonces, ¿qué sentido tiene que la dictadura busque “krysha”?

La retórica, como siempre, señala a Washington como la principal amenaza, a pesar de que la economía nicaragüense depende de manera desproporcionada de las exportaciones a Estados Unidos y del turismo norteamericano.

Ortega y Murillo han dependido durante mucho tiempo del pequeño tamaño de Nicaragua y de su economía —y de su integración en la economía centroamericana y en el acuerdo comercial DR-CAFTA con Estados Unidos— como una suerte de protección perversa frente a un interés indebido de Washington.

Es cierto que, durante muchos años, prácticamente todos en la política estadounidense han considerado despreciables a Ortega y Murillo, pero también han llegado a la conclusión de que el costo de convertir el problema de Nicaragua en una prioridad supera con creces los posibles beneficios.

El regreso de Trump

Ahora, con el regreso del presidente Donald Trump a la Casa Blanca, los dictadores deberían reconsiderar cómo han manejado la relación con Estados Unidos. La intransigencia distante que han adoptado después de reprimir con violencia las protestas prodemocráticas de 2018 podría dejarles en la estacada en cualquier momento.

Durante al menos ocho años, pero en realidad desde que Daniel Ortega regresó a la presidencia en 2007, han confiado en la falta de interés y la falta de consenso de Washington sobre cómo lidiar con su dictadura, pero ahora se enfrentan a un Washington mucho más impredecible.

Las intervenciones imprudentes de la administración Trump en Venezuela y su actitud agresiva hacia Cuba, sin mencionar su errático aventurerismo al tratar con Irán y las confrontaciones incluso con socios económicos claves y amigos tradicionales en el hemisferio occidental, deben darles motivo de preocupación a los dictadores de Nicaragua.

¿Podrá el techo resistir una tormenta impredecible?

La protección rusa a la dictadura siempre ha dependido tanto de la fanfarronería como de la sustancia, pero a medida que la insensata y destructiva invasión de Putin a Ucrania consume la atención, el personal militar y los recursos rusos, y a medida que Ucrania golpea con creciente eficacia la infraestructura energética que sostiene la economía y la maquinaria de guerra de Rusia, quienes rodean a Ortega y Murillo quizás deberían pensar en al-Ásad, ahora en su jaula dorada moscovita, y en Maduro, en su celda neoyorquina, pero también en los allegados que alguna vez los mantuvieron en el poder; y deberían preocuparse de que el amparo del techo ruso solo se extienda hasta cierto punto sobre sus propias cabezas en la ciudad de Managua tan lejana de Moscú.

Kevin O’Reilly, se desempeñó como miembro del Servicio Exterior Senior de EE.UU.

Opinión publicada originalmente en kevinoreilly