Oscar René Vargas / 14 de julio de 2026
En general, las dictaduras nunca se rinden: se pudren; no hay dictadura sin final. Tenemos la rara oportunidad de ver a la dictadura Ortega-Murillo volverse escoria cuando aún conserva un enorme poder represivo. Pero ese poder no le vale. La gangrena avanza y va carcomiendo el cuerpo que la padece.
La dictadura Ortega-Murillo muestra su descomposición en la corrupción de sus élites dirigentes, en el desgaste inevitable de las ideas con las que un día produjeron consensos en su alrededor, en las cinco crisis y brutalidades que su economía causa en la sociedad, y en un destino ineluctable: el que mucho aprieta/reprime, crea muchas grietas; la dictadura Ortega-Murillo anhelan con vehemencia anular a todos, siempre anular más y más, territorios, sectores sociales y acumular riquezas.
La debilidad de la dictadura Ortega-Murillo se manifiesta en el deterioro del nivel de vida de la población, en el gasto policial y militar que no cese de crecer, en la necesidad apremiante para controlar cualquier protesta social. Igualmente la debilita las fisuras políticas al interior de los anillos de poder y las intrigas palaciegas por las riquezas saqueadas al erario público. También por promover una economía parasitaria que no crear industrias propias confiando en un saqueo infinito de la gallina de los huevos de oro: el control del Estado.
A partir del 2018, la dictadura Ortega-Murillo creyó que podía abarcar, mediante instrumentos económicos y financieros, un dominio absoluto sobre los poderes fácticos empresariales. Creyó que con el control de la cúpula de las fuerzas armadas sin paralelo podría someter a cualquier insubordinado. Murillo pensó que el control del relato ideológico, más la desarticulación de las organizaciones sociales y su capacidad para reprimir, dominaría por siempre. Se equivocó de medio a medio.
El relato ideológico impuesto por Murillo es despreciado por capas cada vez más amplias cada día al reprimir a estudiantes de medicinas, abogados, religiosos, al tener presos de desaparición forzadas y confiscación de propiedades. La dictadura ha entrado en una senda de debilitamiento, aumentada por la desconfianza y el aislamiento internacional.
Murillo para tratar de revivir la declinante existencia de la dictadura, se dispuso a acabar/aplastar con todos los sectores sociales y centralizar/controlar todos los hilos de poder, porque al ver “diablos” por todas partes decidió incrementar la barbarie para conservar el poder.
