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Waving flag of Nicaragua and Israel

El reciente recrudecimiento del conflicto palestino-israelí repite el recurrente discurso de fabricantes y comerciantes de armas, políticos de oficio y otros grupos corporativos interesados en el desarrollo exponencial del enfrentamiento, que se trata de una guerra entre buenos y malos. Es tarea de analistas políticos, tratar de explicar los intereses que mueven a cada uno de los grupos que buscan sacar ventaja, a través de la muerte de civiles indefensos, que independientemente de su preferencia o consentimiento, son ubicados del lado de buenos o malos. Mientras no se promueva una resolución definitiva y consensuada del conflicto, estamos obligados a pensar que no hay un genuino interés de dar punto final a más de siete décadas de conflictividad.

En un país como el nuestro, que después de más de 200 años de haber alcanzado su “independencia”, no logra encontrar la ruta de la paz, la convivencia de la diversidad socioeconómica, política y étnica, la conservación del medio ambiente y la cohesión social en general, es casi ilógico, volver la vista hacia otras regiones convulsas del globo y tomar posiciones radicales a favor de unos u otros.

Tenemos nuestra versión de apartheid político y étnico, que margina, discrimina o encarcela, según sea el guión dictatorial, a quien se atreva a criticar al régimen, donde las acusaciones fluyen desde una enmarañada y corrupta red de instituciones, civiles y armadas, coludidas a la perfección para lograr su cometido; el ejemplo más reciente lo constituye el encarcelamiento y persecución de dirigentes y simpatizantes del partido político indígena representativo de la Costa Caribe de Nicaragua, YATAMA. Pero también vivimos nuestra propia Franja de Gaza, en donde una banda delincuencial, dirigida desde El Carmen, mantiene más de 6 millones de rehenes en 130 mil kilómetros cuadrados de territorio.

Y si a las dos crudas analogías anteriores sumamos, la indecente e inmoral distribución del ingreso, la “encubierta” política gubernamental de expulsión poblacional hacia el exterior, el haber convertido al país en el trampolín regional de tráfico ilegal de emigrantes, de paso de drogas y de refugio de delincuentes políticos, terroristas y otros criminales, creo nos corresponde guardar silencio y meditar seriamente en el futuro que nos espera si no cambiamos radicalmente de actitud. Washington, Moscú o Pekín tienen sus propias cartas; hace falta que juguemos las nuestras, y parece que los jugadores que hasta hoy las han jugado, no pueden. Urgen nuevos jugadores.

Ezequiel Molina

Octubre 13, 2023