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Henry Briceño Portocarrero | 25 febrero 2025

La dictadura Ortega-Murillo asesina, roba, secuestra, destierra, humilla, tortura; arrebata, atropella, roba pensiones a adultos mayores, quema vivo a niños, cancela títulos universitarios, destierra y confisca hasta a niños, suspende ciudadanías, viola a jovencitas y jovencitos. Su apetito en robar y matar es insaciable.

Entre las denuncias contra la dictadura infernal está la tortura diabólica de arrancar uñas a estudiantes, insertar en el ano punta de fusiles. Hoy desaloja de sus residencias a decenas y decenas de honrados ciudadanos bajo la figura del fusil y amenaza. Daniel Ortega y Rosario Murillo, junto a su banda de criminales, hacen las maldades más grandes que pueda imaginarse una mente inicua al  pueblo nicaragüense.

Mientras esto ocurre en pleno siglo XXI, en el corazón de Centroamérica, el mundo vuelve su mirada a otro lado. Las imágenes que adjuntamos ponen al descubierto, una vez más, la brutalidad con que la guardia orteguista trata a un hombre controlado que no constituía ningún peligro para sus captores, pese a ello un “valiente” uniformado, armado de fusil Aka, muestra el odio que la dictadura Ortega-Murillo tienen contra el pueblo nicaragüense.

Si el mundo sigue indiferente a esta barbarie en Nicaragua, el pueblo desangrado, humillado, atormentado, con muerte civil observando como destruyen su propia familia y patria, en estas circunstancias, no deseadas, es innegable el derecho que tienen, los hijos de Nicaragua, a defenderse lejos de trillados y cansados pronunciamientos y comunicados.

Si la violencia es respondida con violencia y Nicaragua se incendia con las consecuencias dolorosas que ya se conocen no digan después que no se luchó por evitar llegar a escenarios que no se desean. Los miles de llamados al mundo a observar tantos vejámenes no han tenido la respuesta que demanda el mundo civilizado. El nicaragüense atropellado ha puesto un millón de veces no solo una mejilla, sino las dos.

Ya tantos crímenes, tanto dolor, tanta impotencia, tantos robos, tanta maldad, tanto odio hacia un pueblo desarmado no puede ni debe seguirse tolerando. Es hora de actuar.

*Henry Briceño Portocarrero, desterrado y confiscado

San José, Costa Rica