google.com, pub-9466889741542306, DIRECT, f08c47fec0942fa0

Enrique Sáenz: “Llevamos tres transiciones fallidas en Nicaragua”

El 25 de febrero de 1990 marcó un hito crucial en la historia de Nicaragua, pues fue el día en que se llevaron a cabo las elecciones generales que resultaron en la derrota del Frente Sandinista, liderado por Daniel Ortega, y en el triunfo de la oposición encabezada por Violeta Barrios de Chamorro.

Sin embargo, como reflexiona el economista y analista político nicaragüense Enrique Sáenz, aquel evento no sólo dejó lecciones de política electoral, sino que también evidenció las tensiones no resueltas en la sociedad nicaragüense, que aún vive con las secuelas de la guerra civil.

En entrevista con La Mesa Redonda, Sáenz destacó tres transiciones fallidas que marcaron el devenir del país en los últimos 45 años, y cómo estas siguen influyendo en el presente y futuro de Nicaragua.

La primera de esas transiciones fallidas se refiere al proceso posterior a 1979, cuando la Revolución Sandinista derrocó al dictador Anastasio Somoza. El gobierno de la Junta de Gobierno, que incluía figuras como Violeta Barrios, Alfonso Robelo, Moisés Hassan, y Sergio Ramírez, prometía un proyecto de unidad nacional y democratización.

Sin embargo, este proyecto naufragó debido a la polarización y los intereses de los actores internos y externos, como la intervención de Estados Unidos.

La segunda transición fallida, según Sáenz, tuvo lugar durante el periodo en que Violeta Chamorro asumió la presidencia en 1990. El país estaba en la búsqueda de la pacificación tras una guerra civil devastadora, con más de 50,000 muertos y miles de personas desplazadas. La paz parecía al alcance de la mano, pero la división entre las fuerzas políticas y los desacuerdos internos dentro de la UNO (Unión Nacional Opositora) comenzaron a debilitar el gobierno.

El frágil acuerdo de paz, que había resultado en una derrota electoral del Frente Sandinista, pronto se desmoronó debido a la falta de cohesión interna y la lucha por el poder, lo que derivó en un nuevo ciclo de confrontaciones políticas.

La tercera transición fallida se dio en la década de 1990 con la firma del pacto entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega. A través de este pacto, se retrocedió en los avances democráticos, y se permitió que la élite política y económica repartiera el poder, comenzando un proceso de concentración de la riqueza y de impunidad.

Este pacto, sentó las bases para la regresión autoritaria que más tarde se vería bajo el régimen de Ortega en el siglo XXI.

Para Sáenz, estos episodios históricos han tenido un impacto profundo en la sociedad nicaragüense. A 35 años de la histórica derrota electoral del 25 de febrero de 1990, las lecciones aún están presentes.

La guerra civil no fue sólo un conflicto armado, sino una lucha por la identidad, los derechos y la libertad en un país desgarrado por la violencia y la intervención extranjera. Como apunta el analista, muchos de los protagonistas de esa guerra siguen vivos, y las heridas de la guerra siguen siendo parte de la memoria colectiva.

El episodio de 1990 fue un oportunidad que se dilapidó, que se desperdició. Tenemos que construir otra y no desperdiciarla. Esa es la gran lección para mí”, opinó Sáenz.

El analista aseveró que Nicaragua ha vivido una constante alternancia entre períodos de confrontación y de pactos para la gobernabilidad, pero siempre marcados por una falta de verdadero compromiso con la democracia y la justicia.

Nacimos como país con una confrontación fratricida y desde entonces cómo hacemos para romper este ciclo funesto trágico. Porque fue la independencia 1821 hasta 1938 el periodo de anarquía, pero después en 1956 casi nos quedamos sin país, pero después en 1893 la revolución liberal, pero después en 1909 otra guerra y la intervención norteamericana desde 1911 hasta 1933, se van en 1926 y a los 6 meses que se habían ido los gringos golpe de estado de Emiliano Chamorro y viene el somocismo, y viene la insurrección… cuándo vamos a cambiar este ciclo trágico”, cuestionó Sáenz.

La lección principal que deja Sáenz es clara: la unidad y la coherencia política son esenciales para evitar caer nuevamente en ciclos de violencia y autoritarismo.