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Mario Vargas Llosa: pensador literario de la libertad

Marco Aurelio Peña M. | 15 abril 2025

Ha muerto ya Mario Vargas Llosa. La noticia de su fallecimiento genera tristeza y duelo a los dos lados del Atlántico. A pesar de sus varias nacionalidades, nos parecía que era oriundo de Jinotega, Nicaragua, aquella «ciudad de los hombres eternos». Este genial exponente del «boom latinoamericano» impresionó a sus lectores hasta que le puso punto final a su obra literaria hace unos años y llegó el venerable silencio. De la casta literaria de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, este hijo de latitudes andinas contribuyó a que el realismo mágico bañara la literatura universal.

De mi parte, deseo destacar otra faceta de este fascinante personaje. Un legado que, como su obra literaria, también le sobrevive. Si Platón fue un artista del pensamiento idealista; Vargas Llosa fue un pensador literario de la Libertad. Su prematura conversión política no se trató únicamente de un «giro intelectual» del igualitarismo al libertarismo, sino de un autocrítico que reflexionó «sobre sí» y se percató que abrazaba un soberano error al observar las tentaciones autocráticas de los revolucionarios de su época juvenil. Este cambio de 180 grados y su enérgica defensa de una filosofía política centrada en la libertad humana recuerda inevitablemente al filósofo y sabio español Antonio Escohotado, quien se jugó la vida como «rojo» en su juventud y en su tercera edad escribió en 3 tomos la imponente obra «Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad», donde desmenuza genialmente las atrocidades de los movimientos comunistas y colectivistas desde la Antigüedad hasta nuestros días.

El escritor peruano, similar a los inapagables Octavio Paz y Jorge Luis Borges, se distanció con valentía espartana y sabiduría ateniense de esa autoproclamada y pendenciera «izquierda intelectual latinoamericana», que ha puesto empeño en demonizar el término «liberal» y estereotipar de «derecha» a todo aquel que no comulgue con sus arrebatadas ilusiones y con sus irracionales prejuicios. Ya el genio Rubén Darío, figura cumbre del modernismo literario, había dicho en su artículo «Dinamita» que socialistas, comunistas y anarquistas eran todos lo mismo, sólo que unos usaban más agua y jabón que otros. La palabra «progreso» que tanto contenido filosófico, científico y empresarial tuvo a partir de la Ilustración europea y americana, es ahora vulgarizada con el término «progresista» (los llamados «progres»), asumido por grupos políticos e intelectuales que cargan con un resentimiento insufrible y padecen el «síndrome de avestruz» frente a las regímenes políticos que, bajo el pretexto de nefastos socialismos y degenerados intereses, mantienen a Cuba, Nicaragua y Venezuela en la más completa ruina.

¿Cuál es la responsabilidad ético-moral del intelectual que exacerba y hace panegírico de tragedias humanas sin hacer nunca autocrítica ni pedir perdón?  Los dogmáticos de evangelios seculares, los que desprecian el sentido común de la gente y doblan el espinazo ante héroes de plástico. Me permito hacer la excepción con exponentes respetables de la izquierda democrática.

Si leemos, por citar un escrito de Vargas Llosa, «el llamado de la tribu» y vemos sus muchas entrevistas, encontraremos en el literato de tierras incaicas al freedom fighter, al librepensador, al creador formidable, al defensor de la democracia y al activista de derechos humanos; consciente de que las instituciones políticas y jurídicas son imperfectas y, por tanto, mejorables bajo el principio rector de la evolución humana. Entendió con honestidad epistemológica que las corrientes auténticamente liberales admiten la divergencia, el debate y el diálogo. Este hombre de letras comprendió lo que pocos intelectuales hacen por su «fatal arrogancia» (al decir de Friedrich Von Hayek): la economía de mercado da respuesta eficaz a los problemas de organización económica. No obstante, conociendo su realidad latinoamericana, tuvo la lucidez de preocuparse por las cuestiones sociales de nuestra América, acercándose a la concepción de John Rawls de formular una teoría de la justicia como equidad para que el complejo proceso de creación de riqueza tenga una distribución equitativa con ciertas instituciones sociales dentro del modelo de organización política.

Aclaro que esta reflexión no pretende explicar las controversiales declaraciones y posiciones políticas que marcaron la trayectoria de nuestro ilustre escritor; cuanto más busca destacar su sabiduría y valentía de forjar un camino y un legado propio de libertad, equidad y prosperidad para nuestro continente; distanciándose de los lamentos victimistas y resistiendo las mordeduras venenosas de una autoproclamada izquierda política y académica, la cual ha sido y es funcional a los clanes de poder político devoradores de los fondos públicos, a la superestructura del Estado que abusa de su monopolio legal de la violencia y a proyectos colectivistas, los cuales, son profundamente liberticidas y conducen invariablemente al mal común. Hegel dijo que las personas de acción eran instrumentos de las personas de pensamiento; lo que vemos hic et nunc es a la inversa: las personas de pensamiento son instrumentos de las personas de acción. Por su parte, Vargas Llosa condenó correctamente y con meridiana claridad todo tipo de dictaduras, sin importar su éxito económico o su bandera partidaria.

Por su obra literaria y su filosofía política centrada en la libertad humana (en la tradición de Locke, Smith, Stuart Mill, Sarmiento, Clara de Campoamor, Ortega y Gasset, Rawls, Rangel, Escohotado, Peterson o Montaner) no somos pocos quienes, en correspondencia con los ideales de avanzada de nuestros libertadores hispanoamericanos, elevamos a Mario Vargas Llosa como «uno de los grandes maestros de nuestra América Latina».

¡Gracias totales Mario Vargas Llosa!