Josefana G. Alemán
Unión Nicaragüense Autoconvocada Masaya
Reflexión para que los jóvenes y adultos nicaragüenses no sufran más tragedias.
Cuando hablamos de tragedia en el ámbito literario, nos referimos a una forma teatral o dramática cuyos personajes protagónicos se ven enfrentados de manera misteriosa e inevitable por causa de un error a un destino fatal, cuyo final es muy triste: la destrucción del héroe protagonista, quien muere, enloquece o nunca se lo vuelve a ver.
El final irremediablemente triste de Nicolás y Frankling Artola, padre e hijo, respectivamente, propician que ambos sean vistos como personajes de una obra literaria cuyo texto rescata eventos históricos y contemporáneos al que nos enfrentamos muchísimos nicaragüenses y en particular a lo que se enfrentan miles de jóvenes y adultos que han emigrado a consecuencia de la represión del régimen Ortega y Murillo que mal gobierna en Nicaragua.
Nicolás fue parte de los miles de desplazados y exiliados en la década de los 80’s que fueron miembros de la Contrarrevolución, que se opuso a la revolución sandinista, que tanto destrozo y dolor ha causado a los nicaragüenses y cuyos efectos continúan lacerando, golpeando e incluso destruyendo la vida de los nicaragüenses. Nicolás sufrió la vorágine del trabajo en bananeras y/o unidades de producción agrícola en Costa Rica y de allí el impacto en su cuerpo, el cual sucumbió cuarenta y tantos años después a consecuencia de los químicos inhalados.
Frankling, por la represión del régimen en su ciudad natal, se vio obligado a exiliarse por los lazos de sangre con su hermano Levis Artola, conocido cariñosamente como El Canciller, (por usar guayaberas de Masaya durante el levantamiento cívico en abril 2018 todo un ícono en la lucha cívica contra la dictadura sandinista) le tocó buscar oportunidades en Canadá, tierra gélida y de difícil acceso para migrantes que no dominan el francés o el inglés.
Esas dificultades obligaron a Franklin a tomar la decisión de cruzar la frontera canadiense-estadounidense de forma irregular, pero esa pésima decisión le resultó fatal: la baja temperatura de las aguas lo congelaron.
Pocos días después de la Pascua, en donde conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús, estamos llamados a reflexionar, a no juzgar. La decisión de Frankling no debe ser juzgada. Él se atreve a pasarse de Canadá a Estados Unidos y allí la mala fortuna. El tiempo de Pascua nos llama a la reflexión y es así como siendo comprensivos y poniéndonos en el zapato del otro, podemos imaginar, que la falta de oportunidades, la escasez de trabajo y toda la complejidad de un país desconocido para Frankling, le hizo tomar la decisión de buscar tierras hacia el sur, que le permitieran desarrollarse.
En tiempo de Pascua también estamos llamados además de la reflexión profunda, a la conversión personal y a mejorar nuestro comportamiento. En particular, los nicaragüenses tenemos mucho por repensar: nuestro destino, el comportarnos de forma que no afectemos a nuestros semejantes, acorralándoles a tomar decisiones que llevan al borde del abismo y en especial para que en la flor de la vida, como la de Franklin con sus 20 años, los jóvenes ni ningún nicaragüense sigan siendo empujados a tragedias.
