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Danny Ramírez Ayérdiz | 18 junio 2025

El firme compromiso de doña Violeta con la democratización del país es probablemente la base de la que sabía que debía partir para emprender el resto de sus esfuerzos más allá de las agendas temporales. Sin democracia no hay paz, esa paz firme y duradera de los Acuerdos de Esquipulas. Así, no es posible negar ni la vocación ni la práctica democrática que propició plenamente su paso por la silla presidencial. En este sentido, doña Violeta enfrentó retos inéditos: ¿cómo propiciar una democracia en país que nunca la tuvo? ¿De qué referentes o episodios históricos partir?

Doña Violeta sabía que todo era absolutamente nuevo y complejo y ella era consciente que la transición, esa transición tenía que ser genuinamente democrática y por eso, aun cuando existan afirmaciones que sobredimensionan su legado nublándolo con un lenguaje patriotero que busca cancelar los análisis sobre nuestro pasado, es que ella estableció la democracia difícilmente consolidándola en medio de la amplia constelación de grupos políticos de aquel momento. Un proceso fundacional.

Al respecto yo no estoy de acuerdo con esas narrativas que transmiten una imagen de doña Violeta con aires místicos, mágicos, con poderes cuasi divinos que la presentan como una mujer que dio automáticamente la democracia, la paz, la reinserción del país a una economía de mercado. Humanizar sus actos y desacralizarlos nos permite entender en su amplitud su lugar central e irrepetible y la forma valiente con la que supo comportarse en ese momento de la historia. Entonces: no da la democracia, procede a la democratización y no da la paz, pacifica, reconcilia.

Con relación a la democratización, su máxima expresión es el pluralismo político asistido por el establecimiento de las primeras reglas democráticas del juego político evidenciado en la Asamblea Nacional la que ni antes ni después fue tan colorida. La intensa oposición política con los diputados de la coalición que la llevó como candidata y las elecciones libres que se celebraron en 1996. La república que el mártir de las libertades públicas ubicaba en el pasado para “volver”, en realidad nunca estuvo ahí y fue su esposa la que logró establecerla arduamente en el futuro.

la primavera de los derechos civiles y las libertades políticas uno de los procesos políticos que ella consolida extraordinariamente desde cero, basada en el pensamiento de su esposo, pero aplicado y ajustado completamente por doña Violeta en un contexto radicalmente distinto al de la dictadura somocista. La vigencia inédita de las libertades es otro proceso fundacional, el que, sin que tengamos otra experiencia similar que el de ese momento, se retorna comúnmente a él como añoranza que puede repetirse.

La pacificación fue un proceso complicado producto del esfuerzo, las tensiones, las rupturas y la prudencia final de los sectores en pugna para no volver a las armas. Doña Violeta resultó ser una tercera con un papel inigualable como conciliadora. La gran prueba de fuego, lejos de las arengas que la divinizan, que da cuenta de qué estaba hecha doña Violeta fue cómo afrontó a ese país que todos los días estaba en vilo de retornar al fratricidio. Salió victoriosa y cumplió con su principal promesa de campaña: la paz, hito que la inscribe en el lugar en el que seguirá estando en la historia de nuestro país, como estadista. No es fácil guardar las armas en pocos años y ella pudo.

Esos relatos de divinización buscan quitarle e incluso anular la capacidad política a su dimensión humana. Una ama de casa también puede ser no sólo política, repito, también estadista. No veo cuál es el problema con que fuera ama de casa. ¿Acaso el ámbito hogareño atonta a las mujeres para lo político? De ninguna manera. Tampoco es que el Espíritu Santo le dio poderes extraordinarios el 25 de abril de 1990 para convertirse en política.

Ella ya era política. Lo que sucede es que esa división patriarcal de la casa como lo privado y por tanto femenino y lo público, el ágora, lo político para los hombres, también fue roto por ella. Ahora, su referencia constante al amor, y a la ternura, sea que fuera una construcción hábil de su discurso o no, no degradaba a la política: por el contrario, como dice la antropóloga feminista Rita Segato, cuando las mujeres gobiernan lo hacen desde una vocación distinta, que no es desde la violencia política patriarcal. La antropóloga apunta que “la lucha de las mujeres es por toda la humanidad”.  

En este mismo orden de ideas he escuchado incluso a sus cercanos relatar con sorpresa, dando a entender que casi era imposible de creer que además de mujer, fue presidenta aun con el hecho de que viniera del campo y hablara cantado-aunque no era la campesina nicaragüense común por su extracción burguesa-. Ahí también podemos verificar cómo el pensamiento hegemónico divide en dos: la ciudad, lugar de lo político y el campo, lugar para la pasividad, lo atontado, para los no ciudadanos.

Al derribar el manto mítico, nos encontramos con una Violeta humana y que cometió errores políticos, de los que ella misma pedía perdón por lo que hizo y por lo que no hizo en el acto de sucesión en 1997. Su gobierno tenía la responsabilidad de aplicar al menos las medidas elementales de justicia transicional, pero no lo hizo. Ni siquiera se armó un esfuerzo por establecer una comisión de la verdad para que emergieran los rostros de todas las víctimas desde la Insurrección, víctimas que continúan sin nombre y es tarea ineludible de la próxima transición indagarlas y repararlas.

En cuanto a someter a la justicia a los criminales de lesa humanidad y de guerra tanto sandinistas como contras, muy probablemente con Humberto Ortega en el ejército, y una militancia sandinista enardecidas en las calles al mando del dictador actual, la hubieren derrocado. El expresidente inmensamente corrupto Arnoldo Alemán, recibió otra Nicaragua donde podía juzgar a los sandinistas pues Daniel estaba derrotado políticamente, electoralmente y la sucesión democrática le dio fuerzas a la institucionalidad para enfrentar un proceso de esta envergadura. Pero la historia ya la conocemos.

Finalmente, la continuidad del deterioro de la calidad de vida que llevó a la inanición a la mayor parte de los nicaragüenses a causa de la aplicación de un programa implacable de ajuste económico y la gigantesca descomposición social en gran medida producto de la ausencia de una estrategia concreta de reinserción de los combatientes a la sociedad fueron dos de sus grandes desaciertos. Por eso es por lo que es necesario que los análisis respecto del pasado reciente sigan abiertos para que podamos seguir encontrando explicaciones para el transcurrir de los últimos cincuenta años y, seguramente, la figura hasta ahora inigualable de la única estadista que ha tenido el país es fundamental para seguir indagándonos y poniendo en su lugar a cada etapa, a cada actor, a cada personaje.

Danny Ramírez Ayérdiz | Secretario de CALIDH y profesor de derechos humanos