Ezequiel Molina | Julio 24, 2025
La efemérides que sólo debe ser mencionada en los textos de historia nacional como la caída de una oprobiosa dictadura familiar, es recapitulada cada año con más fuerza desde una retorcida involución histórica, con un puñado de cómplices necesarios a manera de invitados foráneos, el aplauso rentado celebrando los crímenes cometidos, la agitación propagandística de triunfos inexistentes de potencias extranjeras y un enfermizo abuso de la libertad de miles de empleados públicos obligados a marchar en comparsas militarmente ordenadas; pero no todo está oculto, también fuimos testigos del delirio incoherente de la pareja dictatorial, quienes se muestran de cuerpo entero, representando la antítesis del ciudadano promedio nicaragüense: decadentes, temerosos, vendepatria y llenos de odio.
Los anillos del poder han sido aniquilados, los profesionales del servilismo político, los autómatas operadores de los órganos del Estado y hasta los fieles guardianes armados de la despótica familia han sido relegados virtualmente “a otro plano de vida”; la tarima de la infamia mostró quienes son los paniaguados que “irán hasta el fin”: ninguno. Es muy difícil considerar que el acto de marras pueda ser reeditado, el aspecto físico del pedófilo dictador no da para más, y es que el “todos somos Daniel” no es más que un burdo continuismo del “no te vas, te quedás”, acuñado para mostrar fidelidad absoluta al dictador Somoza Debayle.
Han sido cien actos de soledad, pero éste último fue un acto de soledad absoluta, el anacrónico y errático discurso del dictador, llamando a la restauración del zombi “vigilante revolucionario”, aduciendo que “el enemigo no descansa, el enemigo siempre está conspirando”, es más un vehemente llamado a los órganos de inteligencia de los cuerpos represivos a que vigilen sus propias filas; el temor a una ruptura del modelo represivo imperante, lo cual hundiría al régimen, se lee entre líneas cuando el dictador se refirió a conspiradores y terroristas, los que únicamente podrían provenir de los mismos cuerpos represivos, y ello se hace más sospechoso cuando se sabe que hay una verdadera cacería de brujas a lo interno del ejército y la policía, la cual se ha extendido hacia ex miembros de los cuerpos armados y la vieja militancia partidaria.
La frase del poeta romano Juvenal “¿Quién vigila a los vigilantes”?, martilla el insomnio colectivo en la guarida de El Carmen; al repudio popular, al aislamiento internacional, al fracaso socioeconómico y al indefectible agotamiento del ciclo de vida, se suma uno mucho peor, el temor a sus guardianes.
