Por Claudia Vargas | 13 de enero 2026
Todas las personas atravesamos duelos a lo largo de la vida. La pérdida de un ser amado es una de las experiencias más profundas y desestabilizadoras que podemos vivir, aunque no es la única forma de duelo. Sin embargo, sigue siendo una vivencia rodeada de silencios, expectativas y mandatos sociales y de género que exigen rapidez o “superación”, mandatos que regulan y prescriben emociones correctas y tiempos razonables, y que muchas veces desalientan el enojo, la pregunta o la politización de la pérdida, como si el dolor tuviera plazos o rutas preestablecidas.
El duelo no es una enfermedad mental ni un error que deba corregirse. Es un proceso vivo que se transita en el tiempo, de manera singular y no lineal. Hay etapas que vuelven, momentos que se reabren y otros en los que la vida encuentra nuevas formas de sostenerse. Nombrar el duelo desde lo colectivo no lo elimina, pero sí rompe el aislamiento, permite reconocerlo como parte de la experiencia humana y abre la posibilidad de acompañarnos mejor mientras lo atravesamos.
Entender el duelo de este modo exige también revisar cómo lo pensamos y desde qué marcos lo acompañamos.
Desde la tanatología contemporánea se entiende el duelo no como una secuencia cerrada de etapas que se “superan”, sino como un proceso dinámico. Esta mirada ha sido desarrollada y difundida por Gaby Pérez Islas, a quien sigo y escucho en su podcast Después de la pérdida, un espacio que acompaña procesos de duelo desde una perspectiva amplia y humana.
En este enfoque, negación, enojo, negociación, tristeza, aceptación y resignificación no aparecen de manera ordenada ni definitiva, sino que se revisitan a lo largo del tiempo, con distintas intensidades y nuevas herramientas. Volver a ciertas emociones no implica retroceder ni fracasar: implica seguir elaborando la pérdida desde otros lugares. Entender el duelo como tránsito no lo vuelve más liviano; al contrario, permite asumir su complejidad y su movimiento.
Y asumir ese movimiento conduce a una verdad incómoda.
Hay pérdidas que no se reemplazan. Desde el psicoanálisis, Jean Allouch, en La erótica del duelo en tiempos de la muerte seca —lectura a la que llegué por recomendación—, cuestiona la idea del duelo como un “trabajo” orientado a sustituir lo perdido. El objeto de la pérdida es único e insustituible; con él se va también una parte de quien permanece.
Pensar el duelo desde esta perspectiva implica renunciar a la promesa de reparación total. La pérdida no se resuelve ni se cierra: se integra como una transformación irreversible. Esta mirada desarma los discursos que exigen avanzar, soltar o rehacerse rápidamente, y habilita una relación más honesta con el dolor.
Asumir la irreparabilidad de la pérdida no paraliza; obliga a preguntarse cómo se sigue viviendo con ella.
Habitar esa pregunta requiere cuidado. No como consigna abstracta, sino como práctica consciente y sostenida. Ir a terapia, ordenar emociones, reconocer límites, no permitir que la culpa —tan presente en la socialización de las mujeres— ocupe el centro. El cuidado no elimina el dolor ni garantiza estabilidad permanente, pero reduce el riesgo de quedar atrapadas en él.
Existe también un miedo que acompaña estos procesos y que rara vez se nombra: el temor a caer más adelante, a que una ola inesperada arrastre lo que hoy parece en pie. No como amenaza constante, sino como conciencia. Ese miedo no paraliza cuando se lo reconoce; afina la atención y refuerza la decisión de cuidarse meticulosamente. No para volver a ser la misma, sino para atravesar el duelo de otro modo, con más herramientas y menos soledad.
Pero no todas las personas cuentan con esas herramientas, ni deberían depender solo de la fortaleza individual. Muchas atraviesan duelos sin acompañamiento alguno. Yo misma viví pérdidas anteriores con recursos desiguales o fragmentados, y solo con el tiempo he podido acceder de manera más sostenida a espacios terapéuticos, a lecturas y a palabras que ordenan. Esa diferencia no habla solo de procesos personales: habla de condiciones estructurales. El duelo sin sostén se vuelve una carga demasiado pesada de llevar en soledad.
Nombrar esto no es una queja individual, sino una forma de ampliar la pregunta.
En este punto conviene decirlo con claridad: lo personal es político, y desde ahí también lo es la salud mental. Reconocer el duelo como un proceso humano y no como una enfermedad no lo despoja de su dimensión política; al contrario, la refuerza. Porque la forma en que una sociedad acompaña —o abandona— a quienes atraviesan pérdidas profundas no es neutral.
El duelo no es una patología, claro está, pero impacta de manera directa en la salud mental. Y cuando ese impacto se enfrenta en soledad, sin redes ni acompañamiento, el costo no es solo individual. La ausencia de políticas públicas, de dispositivos accesibles y de cuidados sostenidos convierte una experiencia humana inevitable en una carga injustamente privatizada. Allí, el cuidado deja de ser solo una cuestión íntima y se vuelve una demanda colectiva.
Cuando el acompañamiento existe —y también cuando falla— la palabra puede volverse una forma de sostén y de exigencia.
Desde ese lugar, la palabra ha sido, para mí, una herramienta central. No como consuelo íntimo ni como ejercicio de catarsis, sino como palabra política. Hablar, escribir, dar entrevistas, insistir. Nombrar la violencia y el asesinato para que no se traduzcan en olvido. En contextos de violencia, la palabra no es solo expresión: es una forma de resistencia.
Desde el acompañamiento terapéutico, Gaby Pérez Islas habla también de una nueva etapa: la resignificación del duelo. No para “superar” la pérdida ni para cerrarla, sino para encontrar un modo de integración, de seguir viviendo sin negar lo ocurrido. En ese momento, el duelo deja de ser únicamente dolor y se convierte en acción consciente: memoria viva, denuncia y afirmación de sentido.
Esa comprensión de la palabra como continuidad de la vida la encontré en La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero: un libro que acompaña el duelo sin promesas de superación ni finales reparadores. Narrar no borra la ausencia ni repara lo irreparable, pero impide que el dolor nos anule; en contextos de represión y muerte, narrar es también una forma de justicia.
Mientras habito la palabra, el tiempo y la vida que sigue, he vuelto a pensar en Sherezade, en Las mil y una noches, no como el cuento que leí de niña, sino desde otro lugar. No como figura literaria distante, sino como una mujer que comprendió que el tiempo podía administrarse y que la palabra podía hilvanarse. Sherezade narra para vivir una noche más, no desde la urgencia, sino desde la estrategia. Su palabra es cálculo, espera y respiración. En su manera de contar hay una pedagogía del lenguaje y del tiempo que hoy reconozco con claridad: cuando todo amenaza con detenerse, narrar es una forma de sostener la vida día a día, palabra a palabra.
Nombrarla es reconocer una genealogía feminista de la palabra como defensa de la vida, como resistencia cotidiana frente a la muerte. Porque lo que se nombra existe, y lo que existe no puede ser fácilmente borrado. Esa ha sido también una lección aplicada: hacer de la palabra un lugar donde la vida insiste, donde la memoria se sostiene y donde el legado no se entrega al silencio.
En ese sentido, resignificar el duelo no ha sido un gesto simbólico, sino una práctica concreta: transformar el dolor en acción política y en palabra, y hacer de esa palabra parte de un proceso de cuidado, personal y político.
El duelo no se supera ni se deja atrás. Se aprende a habitar. Se transita con herramientas, con redes, con palabra y con tiempo. No como un camino recto, sino como un movimiento vivo que nos transforma mientras lo atravesamos.
Resignificar el duelo no lo vuelve liviano ni lo vuelve justo; lo vuelve habitable. Permite que la pérdida no sea solo ausencia, sino también memoria activa; que el dolor no nos encierre en el aislamiento, sino que encuentre sentido en lo colectivo. Politizar el duelo no es instrumentalizar el sufrimiento: es, en mi caso, negarse a que la violencia tenga la última palabra.
Cuando el duelo se nombra, se comparte y se sostiene en comunidad, deja de ser una experiencia solitaria. Se convierte en una práctica de cuidado, en una forma de defensa de la vida y en una apuesta ética por la memoria. No solo para cerrar la herida, sino para impedir que el silencio la borre.
*Claudia Vargas, es defensora de derechos humanos y referente del exilio nicaragüense
