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Mamá ¿Por qué nos persigue la Policía?

Infancias en el exilio: cómo explicar a los niños qué es una dictadura

En pelicula ‘La vida es bella’, un padre usa su imaginación para ocultarle a su hijo el horror del Holocausto dentro de un campo de concentración. Convierte el miedo en juego, el dolor en historia, y la violencia en algo que el niño no tenga que comprender todavía.

Hoy, en Nicaragua, muchas familias hacen algo parecido. Frente a la represión y el exilio, padres y madres intentan suavizar una realidad que los obligó a huir, buscando palabras que no rompan la infancia de sus hijos.

Pero, ¿cómo se le explica a un niño o niña que su país dejó de ser seguro? La respuesta, para miles de familias nicaragüenses en el exilio, no está en los libros ni en la política, sino en conversaciones a media voz, en noches sin sueño y en preguntas que ningún padre quisiera responder.


En un parque de San José (Costa Rica), una niña observa a dos policías. No corre, no sonríe. Solo mira. Los agentes se acercan a saludarla y se alejan. Minutos después, rompe el silencio con una frase que desarma a su padre:

“Papá, aquí la Policía no mata a los niños”.

Él no pudo contener las lágrimas.

La escena, es contada por el catedrático Adrián Meza, y resume una realidad que rara vez aparece en titulares: la infancia nicaragüense que crece lejos de su país no solo aprende un nuevo acento o una nueva escuela. Aprende, también, a reconstruir el significado de palabras como “policía”, “seguridad” o “país”.

Parque Central de San José, Costa Rica

La pregunta que lo cambia todo

Para muchas familias, el exilio comienza con una pregunta infantil.

“¿Mamá, por qué nos persigue la Policía?”, preguntó un niño de 6 años mientras huía de Nicaragua.

Para su madre ‘Laura’, exiliada en Costa Rica desde 2024, no era solo una pregunta incómoda. Era el inicio de una conversación para la que no estaba preparada: explicarle a un niño qué es una dictadura.

Le dije que después le iba a contestar, cuando fuera más grande”, recuerda.

Pero el niño insistió.

—“No, yo quiero saber ahorita”.

El mayor desafío no era solo explicar la política, sino romper una idea básica en la mente de su hijo: que la Policía persigue a los delincuentes.

Nosotros no somos delincuentes”, pensaba ella mientras buscaba una respuesta.

Entonces optó por una explicación sencilla, adaptada a su edad:

Le dije que la Policía estaba trabajando para personas malas, que esas personas nos venían siguiendo para hacernos daño y que teníamos que irnos a otro país para estar seguros”.

Era su manera de traducir la persecución política en palabras que un niño pudiera entender.

Con el tiempo, la conversación no terminó. Solo cambió.

A medida que su hijo crecía, fue incorporando nuevos elementos: quiénes son los co-dictadores, por qué ocurría la persecución y qué significaba vivir bajo un sistema donde las autoridades no protegen, sino que obedecen órdenes para dañar.

Incluso le muestro fotos (de Daniel Ortega y Rosario Murillo) y le digo: estas son las personas que nos perseguían”, cuenta.

Pese a la experiencia, su hijo ha logrado adaptarse a la vida en Costa Rica. Sabe que él es Nicaragua, conoce su bandera y mantiene el vínculo con su país a través de lo que su madre le cuenta.

Él sabe que queremos regresar”, dice.

Esa conexión se convierte en una forma de sostener la identidad, incluso lejos de casa.

Dibujo del hijo de ‘Laura’ en su cuaderno de la materia de Inglés

“Recuerdo mi casa”

El hijo de ‘Laura’, ahora con 8 años, resume su historia con una claridad que duele:

—¿Sabes por qué te viniste de Nicaragua?
—Sí. Porque la Policía nos seguía.

—¿Por qué los perseguía?
—Porque somos periodistas.

El niño no menciona política ni persecución. Pero su respuesta tiene un trasfondo claro: sus padres son periodistas.

En Nicaragua, ejercer el periodismo independiente se convirtió en un riesgo. Las redacciones fueron cerradas, los comunicadores vigilados y muchos obligados al exilio. En ese contexto, su familia pasó de informar a ser perseguida.

—¿Qué es lo que más extrañas de Nicaragua?
—Mi casa.

En esa palabra cabe todo: su cuarto, sus juguetes, su rutina, su país.

Huir también es romper

El exilio no es solo cruzar una frontera. Es romper una vida en pedazos.

María’, exiliada en Costa Rica, recuerda la tarde en que tuvo que huir con su hija de 7 años en julio de 2018.

¿Para dónde vamos, mami?”, le preguntó la niña.

La respuesta fue una promesa que sabía que no podía cumplir: “Vamos a otra casita… y después volvemos”.

No volvieron.

La salida de Nicaragua no fue inmediata ni sencilla. Pasaron por cuatro casas de seguridad, huyendo de operativos que la buscaban casa por casa, por haber brindado apoyo a manifestantes durante la crisis sociopolítica. En medio del miedo, su hija comenzó a entender que algo no estaba bien.

Cuando escuchó que tocaban el portón, me dijo: ‘tenemos que salir por otro lado’”, recuerda ‘María’.

La niña no conocía aún la palabra “dictadura”, pero ya vivía sus efectos.

Para una madre, traducir la persecución política a un lenguaje infantil es un desafío.

No le podés decir a una niña: ‘tenemos que correr porque nos pueden matar’”, afirma.

Por eso, su explicación fue simple, directa, pero cargada de significado:

Le dije: ‘nos andan buscando y tenemos que huir porque Daniel Ortega no nos quiere’”.

Esa fue su forma de explicar la dictadura.

Sin detalles. Sin teoría. Sin entrar en el horror.

Se lo conté superficialmente. Poco a poco, conforme fue creciendo, le fui explicando más”, añade.

Al llegar a Costa Rica, la adaptación fue inmediata en apariencia. Un viernes cruzaron la frontera y el lunes la niña ya estaba en la escuela.

Pero el trauma no tardó en manifestarse.

Lloraba, no quería jugar, no quería interactuar”, relata su madre.

Los episodios de ansiedad comenzaron pronto. Las patrullas policiales en Costa Rica —aunque distintas— le provocaban miedo.

Pensaba que la venían a buscar”, explica.

Con el tiempo, fue diagnosticada con estrés postraumático y comenzó a recibir atención psicológica, un proceso que continúa años después.

Policía en Nicaragua, acusada de ser brazo represor de la dictadura Ortega-Murillo

Crecer con la verdad

A medida que su hija creció, también lo hizo su comprensión.

‘María’ decidió no ocultar lo ocurrido, pero sí dosificarlo.

Hay que contar la verdad sin ser amarillista”, sostiene. “Poco a poco, según lo que pueden entender”.

Así, la niña fue aprendiendo qué es una dictadura, quiénes están el poder en Nicaragua y por qué su familia tuvo que huir.

Esa construcción gradual permitió que la explicación no fuera un shock, sino un proceso.

Sin embargo, la idea del regreso nunca desapareció del todo.

Al inicio, era una esperanza constante. Hoy, es una posibilidad más lejana, sustituida por proyectos de vida en el presente.

Para María, no hay una fórmula perfecta.

Solo certezas: no mentir, no sobrecargar y no trasladar todo el miedo.

Al inicio les decís lo básico. Después, conforme crecen, les vas explicando la realidad”, recomienda.

Porque, aunque las palabras cambien con el tiempo, hay algo que permanece: la necesidad de que los hijos entiendan por qué tuvieron que irse, sin que eso les robe la posibilidad de seguir adelante.

Cómo explicar qué es una dictadura

Para la psicóloga Ángela Delgado, explicar el exilio a un niño es caminar sobre una línea muy delgada.

Solo decirle que su país no es seguro ya genera miedo”, advierte. “Un miedo mal explicado puede convertirse en trauma”.

Para Delgado, el principal riesgo no está únicamente en el contenido de lo que se dice, sino en cómo se transmite. El tono, las emociones del adulto y la forma de explicar la realidad pueden influir directamente en la manera en que el niño procesa esa información.

La especialista insiste en que no se trata de ocultar la realidad, sino de adaptarla.

Hay que explicarlo a través de historias”, señala, especialmente en niños menores de 8 o 9 años. A esa edad, los conceptos complejos —como violencia política o persecución— pueden resultar abrumadores si se presentan de forma directa.

En cambio, el uso de relatos permite introducir la situación sin provocar un impacto emocional desproporcionado.

Si el adulto no lo comprende del todo, el niño lo va a percibir de forma catastrófica”, añade.

Entre los efectos más comunes menciona ansiedad, problemas de sueño, pensamientos invasivos, conductas agresivas o regresivas, e incluso alteraciones como la micción involuntaria.

El problema, explica, es que el niño no siempre tiene herramientas para expresar lo que siente, por lo que ese miedo puede manifestarse de formas indirectas.

Psicóloga Angela Delgado

Romper la imagen del “protector”

Uno de los desafíos más complejos ocurre cuando el niño ha presenciado situaciones que contradicen lo que ha aprendido.

Por ejemplo, cuando ve a la Policía —figura tradicionalmente asociada con protección— actuar como agente de persecución.

Ahí se rompe una construcción básica del niño”, explica Delgado.

En estos casos, recomienda abordar el tema con claridad, pero sin destruir completamente esa referencia.

Se le puede decir que hay situaciones en las que las personas actúan de forma incorrecta”, señala.

Más allá del momento de la explicación, el impacto del exilio en la infancia es profundo.

Influye negativamente en la autoestima y en el autoconcepto”, afirma.

El niño no solo enfrenta la pérdida de su entorno, sino también la sensación de no pertenecer completamente al nuevo lugar. Esa experiencia puede agravarse por factores como la discriminación o el aislamiento.

Por eso, Delgado enfatiza el papel del hogar como espacio de contención.

El primer lugar seguro tiene que ser la casa”, dice. “Los padres deben transmitir tranquilidad y la idea de que tienen derecho a estar donde están”.

La exposición constante a noticias, el estrés visible o las conversaciones cargadas de angustia pueden generar en los niños una sensación permanente de inseguridad.

Por eso, recomienda una comunicación consciente, emocionalmente estable y progresiva.

Una tarea sin manual

Explicar a un niño por qué tuvo que dejar su país, por qué existe la violencia o qué significa vivir bajo amenaza, no tiene una fórmula única.

Pero sí hay un principio clave: proteger su estabilidad emocional sin negarle la realidad.

Se trata de contar la verdad con cuidado”, resume Delgado.

Porque, en medio del exilio y la incertidumbre, la forma en que un niño entiende el mundo puede depender, en gran medida, de cómo se le cuente su propia historia.

Niñez que entiende más de lo que parece

Algunos niños no necesitan demasiadas explicaciones.

Para la excarcelada política Adela Espinoza, explicar a sus hijos qué es una dictadura no fue una decisión, sino una consecuencia inevitable de lo que vivían día a día en Nicaragua.

Ellos siempre han sabido mucho”, dice sobre sus dos hijos, hoy de 12 y 10 años. “Son niños que perciben”.

Antes, incluso de su excarcelacion y posterior destierro a Guatemala en septiembre de 2024, la realidad ya se había instalado dentro de su casa. Sus hijos no solo escuchaban conversaciones o noticias: veían cómo la Policía seguía a su madre, cómo tomaban fotografías, cómo el miedo se volvía parte de la rutina.

Yo los llevaba al colegio y atrás venía una patrulla, al mismo paso que nosotros. No podía decirles que no era por mí”, recuerda Adela, quien participó activamente en las protestas contra la dictadura.

En ese contexto, ocultar la verdad no era una opción.

Adela Espinoza junto a sus dos hijos

Desde 2018, cuando se intensificó la crisis sociopolítica en Nicaragua, Espinoza comenzó a involucrarse en activismo. Sus hijos crecieron moldeando su comprensión del país.

Ellos sabían que había un problema, que había cosas que no estaban bien”, explica.

Con el tiempo, esa comprensión se transformó en palabras más claras: dictadura, persecución, miedo.

A diferencia de otros padres que optan por suavizar o postergar estas explicaciones, Espinoza decidió hablar abiertamente con sus hijos, pero de forma gradual.

Fue poco a poco, dependiendo de su edad”, señala. “No es algo que se explica de un día para otro”.

Las explicaciones no eran teóricas. Eran vividas.

Había días en que debía salir de casa por seguridad, refugiarse en otros lugares o cambiar rutinas. Cada ausencia requería una explicación. Cada decisión implicaba una conversación.

Era mejor decirles la verdad a que pensaran que su mamá era una delincuente o que simplemente desaparecía”, afirma.

Incluso hubo momentos en que sus hijos entendieron más de lo que ella misma esperaba. Recuerda, por ejemplo, cuando eran pequeños y, al ver banderas del partido Frente Sandinista, reaccionaban por su cuenta:

Un día dijeron: ‘esa bandera es mala’. Yo nunca se los dije. Ellos lo fueron deduciendo”.

Esa construcción de sentido, basada en lo que veían y vivían, hizo que el concepto de dictadura no fuera abstracto para ellos, sino una experiencia concreta.

El destierro, sin embargo, añadió otra capa de complejidad.

Tras su liberación y salida de Nicaragua, sus hijos tuvieron que abandonar su entorno, sus amistades y su rutina para reencontrarse con ella en Guatemala en octubre de 2024. El cambio fue abrupto, pero no inesperado para ellos.

Sabían que tenían que venir, que íbamos a estar juntos, pero que no podíamos volver al país”, relata.

Aun así, la comprensión no elimina el impacto.

Son niños que ya tenían arraigo, cultura, familia. Cambiar todo eso de repente es bien pesado”, dice.

Un deseo de cumpleaños

Las preguntas siguen apareciendo, aunque no siempre en forma directa. A veces surgen en momentos inesperados, como un cumpleaños.

Mi hijo pidió volver a Nicaragua”, cuenta. “Eso es lo más duro: que un niño, en lugar de pedir un juguete, pida regresar a su país”.

Pese a todo, Espinoza mantiene una decisión firme: no ocultar la realidad, pero tampoco imponer miedo.

Hay cosas que no les podés decir de golpe. Tenés que ir explicando poco a poco, según lo que pueden entender”, sostiene.

Hoy, sus hijos viven con la certeza de que Nicaragua es su país, aunque estén lejos. Hablan de un futuro en el que regresarán, como si fuera una promesa más que una posibilidad.

Siempre dicen: ‘cuando volvamos a Nicaragua’”, relata.

Para Espinoza, esa frase resume el desafío de criar hijos en el exilio: enseñarles a entender una dictadura sin que pierdan la esperanza de vivir algún día en un país distinto.

En medio del dolor, hay aprendizajes inesperados.

Criar hijos en el exilio te obliga a levantarte todos los días”, dice Adela.
No podés quebrarte. Ellos dependen de vos para entender el mundo”.

Los niños, a su manera, también enseñan.

En sus dibujos, Nicaragua suele aparecer como una casa, una bandera o un árbol.

No dibujan represión. Dibujan recuerdos.

El peso invisible del exilio

Desde una perspectiva de derechos humanos, el abogado Salvador Marenco advierte que el exilio en la niñez implica mucho más que desplazamiento.

Es la ruptura del proyecto de vida”, explica el defensor de derechos humanos, membro del Colectivo Nicaragua Nunca Más.

Niños que han visto a sus padres ser perseguidos, vigilados o detenidos enfrentan una contradicción difícil de procesar: la policía, que debería proteger, se convierte en una amenaza.

Hay niños que han sido apuntados con armas o que han presenciado la violencia directamente”, explica.

Salvador Marenco del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más

El resultado es una niñez marcada por múltiples capas de vulnerabilidad: la violencia que dejaron atrás y la incertidumbre del presente.

Para el defensor, hay un elemento clave en este proceso: la verdad.

Explicar a los niños que viven bajo una dictadura no solo responde a una necesidad inmediata, sino también a una responsabilidad a largo plazo.

Es importante que entiendan lo que pasó para que no se repita”, sostiene.

Esto implica ayudarles a diferenciar entre lo que es normal en una sociedad y lo que constituye una violación a los derechos humanos.

En Costa Rica, muchos niños logran adaptarse. Van a la escuela, hacen amigos, descubren nuevas oportunidades.

Pero la pregunta sobre su identidad sigue abierta.

¿De dónde sos?”, les preguntan.

La respuesta no siempre es simple.

Algunos dicen Nicaragua. Otros dicen Costa Rica. Algunos dicen ambas.

Y en esa respuesta se juega algo más profundo: el derecho a pertenecer.

“Aquí la Policía no mata a los niños”

Adrián Meza no estaba preparado para lo que su hija le dijo aquel día en un parque de San José: “Papá, aquí la Policía no mata a los niños”.

Según datos del Colectivo Nicaragua Nunca Más, al menos 30 niños y adolescentes fueron asesinados en Nicaragua durante la crisis sociopolitica iniciada en abril de 2018, así como casos documentados de detenciones arbitrarias de menores, algunos de ellos sometidos a tortura.

Adrián Meza llora al recordar las palabras de su hija

Para Meza, el exilio no solo es una ruptura con el presente, sino también un regreso doloroso al pasado.

Su memoria lo lleva a la infancia en Nicaragua, cuando fue amigo de Luis Alfonso Velásquez —el “Niño Mártir de la Revolución”—. Un menor que, pese a su corta edad, ya hablaba con la gravedad de quien entendía la guerra.

Cuando ese chavalito hablaba, hasta te daba frío”, relata.

Luis Alfonso fue asesinado en 1979 siendo apenas un niño por otra dictadura nicaraguense, la de la familia Somoza. Para Meza, ese hecho marcó una generación que creció en medio de la violencia, pero también con la esperanza de que ese ciclo no se repetiría.

Y en medio de esa historia, lo que más pesa es la certeza de que las nuevas generaciones —incluida su propia hija— están creciendo con relatos que él pensó que nunca volverían a contarse.

En aquel parque de San José, la niña no hablaba de política.

Hablaba de algo más básico: de la diferencia entre miedo y seguridad.

De lo que significa vivir sin esconderse.

De lo que debería ser normal.

Y quizá ahí, en esa frase sencilla, está la explicación más honesta que un niño o niña puede dar sobre lo que es una dictadura… y lo que no debería ser nunca.

*Este reportaje se realizó con apoyo de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX). La beca es parte del proyecto global “Space for Freedom” de la iniciativa Hannah Arendt, promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.