Por primera vez, Washington invierte el orden de los apellidos en una declaración oficial, evidenciando el desplazamiento del liderazgo hacia Rosario Murillo.
El abogado nicaragüense Flavio Cárdenas calificó como un “triste final simbólico” para Daniel Ortega la decisión del Departamento de Estado de Estados Unidos de referirse públicamente al “régimen Murillo–Ortega” en una alerta emitida el 9 de agosto sobre la nueva Ley del Territorio Fronterizo.

La modificación del orden no es un detalle menor, afirma Cárdenas, sino “una bofetada simbólica al ego” de Daniel Ortega, al dejar claro que el poder real reside en su esposa, Rosario Murillo.
Según Cárdenas, el cambio representa mucho más que una cuestión retórica: “No se reconoce ya su liderazgo hegemónico ni su legado revolucionario; se reconoce el hecho incontestable: Rosario Murillo es quien verdaderamente tiene las riendas del poder, y Ortega se ha convertido en el escalón que ella utilizó para alcanzar el pináculo”.
“Esa inversión de apellido encarna la realidad de una sucesión de facto, donde el patriarca se convierte en escalón”, sostuvo.
Ortega, quien durante décadas buscó proyectarse como un líder internacional de peso —a la altura de figuras como Putin, Xi Jinping o los Ayatolás iraníes— queda ahora oficialmente relegado al papel de soporte.
“El último recuerdo que quedará de Ortega no será su falsa imagen de revolucionario, sino el funesto legado de haber traicionado la revolución sandinista, a sus camaradas y toda la sangre derramada en nombre de la revolución, para coronar en el trono a Rosario Murillo, como en la Biblia hizo el rey Acab con Jezabel”, comparó Cárdenas.
Para Cárdenas, este gesto diplomático deja al descubierto una verdad incómoda para Ortega y su círculo: “Por comodidad, él se arrodilló voluntariamente y se dejó usar como peldaño”.
Rosario Murillo terminó robándole el mandado, desmantelando las estructuras que lo hicieron fuerte y ejecutando purgas contra históricos como Álvaro Baltodano, Bayardo Arce o Lenin Cerna.
