¿Necesita Nicaragua un Ejército?

No se trata de mirar al pasado, con el ánimo de buscar culpables, más bien se trata de mirar por el espejo retrovisor de ese vehículo llamado historia, y es que la historia carece de retroceso, por eso ha llegado el momento de abandonar la miserable actitud ciudadana de complacencia, indiferencia, complicidad y que generalmente ha terminado en repudio, hacia los malos hijos de la patria, unas veces electos, otras veces asaltando el poder por la fuerza, pero con el predominio de la estafa política de prometer y jamás cumplir; ello ha sido parte de nuestra formación como sociedad, misma que nos ha conducido a anclarnos en el pasado e impedir que el devenir histórico, con su dinámica, pocas veces ventajosa y muchas veces alineada en contra del bienestar común, nos ha posicionado en un segundo lugar de país más pobre del hemisferio occidental.

Pero también hay que reconocer que hemos repetido muchos pasos mal dados y eso nos ha ocasionado un elevadísimo costo socioeconómico, del que todos y cada uno de los nicaragüenses tenemos una, o varias ideas, de cómo superar. Debemos asumir con la seriedad y responsabilidad pertinente, que de este complicado atolladero en el que hoy estamos inmersos, sólo podremos superarlo llegando a un consenso nacional y actuando con el compromiso ineludible que Nicaragua es de todos, y abandonar para siempre ese atávico complejo de ser, una vez alcanzado el poder, los «escogidos» para ser próceres de la patria; así es que nos toca, en este accidentado tramo de historia, la hermosa posibilidad de aprovechar los múltiples errores del pasado para reeditar, reconstruir y en algunos casos deshacer para construir algo nuevo.

La complejidad de como rehacer las estructuras civiles del Estado, sus leyes y demás, ha estado en la palestra por mucho tiempo, y además hay una importante cantidad de profesionales especialistas en la materia y un entramado territorial de liderazgo civil que seguramente generarían una propuesta nacional inteligente, apropiada y factible para poder impulsarla y así darle un importante y positivo giro al país y sus pobladores. Por eso, hoy llamamos a considerar uno de los temas que merece especial atención, para poder actuar correctamente en una nueva visión de país, y es un tópico que debemos considerar con el tecnicismo y la amplitud de visión necesaria, para tomar la mejor decisión: la existencia del Ejército.

Una mirada objetiva a nuestra experiencia con las Fuerzas Armadas, nos deja con amplias dudas sobre las ventajas que su existencia ha traído en distintas etapas de la historia nacional reciente; la Guardia Nacional (GN), nació como continuidad de la Constabularia (1925-1927), un cuerpo armado formado bajo la tutela del Ejército Norteamericano, durante su segunda intervención militar en Nicaragua; en 1927 quedó instaurada la GN bajo la dirección de oficiales norteamericanos y fue hasta 1933, año en que las fuerzas militares norteamericanas se vieron obligadas a retirarse, debido al empuje militar de las fuerzas comandadas por el General Sandino, que el control de la GN pasó a manos de oficiales nicaragüenses, y fue el General de Brigada Anastasio Somoza García el designado; el mismo que mandó a asesinar a Sandino y convertiría a ese cuerpo castrense en su eterno cómplice y ejecutor de toda clase de tropelías, fundando la dinastía Somoza, misma que controló el país hasta 1979, año en que Somoza Debayle, tercero de la dinastía, fue derrocado y la Guardia Nacional disuelta.

El segundo capítulo corresponde al hoy refundado Ejército Popular Sandinista (EPS), creado en agosto de 1979, mediante el Decreto 53, como única fuerza armada de la República; su proceso de ideologización inicia desde su creación, integrando a sus más importantes cuadros guerrilleros, bajo el mando del General de Ejército Humberto Ortega Saavedra; fueron varias etapas de desarrollo de esta fuerza armada, todas ellas en función de derrotar la creciente fuerza irregular adversa a la revolución, la Contra, financiada por el gobierno de Estados Unidos y apoyada por los países vecinos, que contaban con ejércitos y gobiernos leales a los intereses de Estados Unidos. Todos sabemos que el EPS contó con el apoyo de Cuba, pero principalmente de la extinta Unión Soviética, la que proporcionó armamento y entrenamiento suficiente para desarrollar una contienda militar, que aunque denominada de «Baja Intensidad» por el Departamento de Estado norteamericano, constituyó para Nicaragua una verdadera Guerra Civil que desangró a sandinistas, contras y una desconocida cantidad de civiles; el conflicto armado se desarrolló dentro de un escenario más amplio llamado Guerra Fría, que no era más que el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, tratando ambas potencias de mantener y acrecentar su expansión geopolítica y económica; dicho de manera directa, la guerra no fue para Nicaragua de «Baja Intensidad», tampoco tuvo nada de «Guerra Fría», seguimos pagando todavía esas consecuencias, tanto en lo político, como en lo económico, y también en lo militar.

La caída del Muro de Berlín, la implosión del socialismo y el colapso de la Unión Soviética, nos trajo el alivio del cese de la ayuda militar y económica del llamado Bloque Socialista, lo que sumado al empuje militar de la Contra, obligó a los sandinistas a firmar el cese al fuego y permitir elecciones libres y vigiladas; la inesperada derrota electoral sandinista dio inicio el proceso de desideologización, construcción apartidista y obediencia de la fuerza armada al poder civil; todo marchó por buen camino y el EPS, ahora Ejército de Nicaragua (EN), pareció encaminado a convertirse en una fuerza militar profesional y obediente a la Constitución. Con el triunfo legítimo y legal de Ortega en 2006, y su posterior asalto al poder, mediante un elaborado plan de formación de su clan dinástico, el que no podía dejar de recuperar a una fuerza armada fiel y obediente a las órdenes de la dictadura en ciernes, Ortega inició una etapa de socavamiento del frágil profesionalismo e institucionalidad alcanzado por el cuerpo castrense, y la fuerza armada hizo lo propio, desvelando paulatinamente su carácter sandinista y su fidelidad al líder del otrora partido izquierdista, convertido hoy en una entidad política familiar; es decir, reeditamos a Somoza en Ortega, a la GN, en el EPS/EN y al Partido Liberal Nacionalista en el despojo que quedó del Frente Sandinista.

La actual fuerza armada nicaragüense responde a un compromiso histórico, léase construcción del socialismo; a una esencia doctrinaria, léase fidelidad a la revolución; y a una misión ineludible, léase salvaguardar el liderazgo del máximo líder. Pero los ejércitos en el continente, han iniciado una etapa de justificación de su existencia, replanteándose nuevas agendas de seguridad, vinculadas al combate contra el crimen organizado, los crímenes transnacionales y los delitos y violencia ligados al cultivo y tráfico de drogas y los efectos sobre la seguridad interna; ello implica una intromisión abierta en tareas de orden interno, que por definición, no corresponden a la fuerza armada. En el caso nuestro añadimos las tareas relativas a la vigilancia de áreas protegidas y recursos naturales en general, y la participación en misiones de respuesta a desastres; no es un secreto para nadie que existe un creciente nivel de desconfianza en el actuar del Ejército, principalmente en lo relativo al combate al narcotráfico, la inmigración ilegal y el cuido de las áreas boscosas. A ello sumamos que la nueva casta militar se ha convertido en una cúpula empresarial ligada a fabulosos negocios vinculados a la medicina, la educación, la exportación de madera y otras actividades económicas no menos lucrativas, que operan en total opacidad, contraviniendo claramente su propio mandato, y aún peor, el rol que la sociedad nicaragüense deseó para una fuerza armada nacional.

La oportunidad de oro llegó para el EPS/EN con el levantamiento popular de 2018 y la conformación de una fuerza paramilitar, que actuando bajo el mandato directo de la pareja dictatorial, sembró el terror, cuyo saldo es conocido por la comunidad nacional e internacional; desmantelar esa fuerza paramilitar era obligación directa de la fuerza armada; pero contrariamente a su misión, el EPS/EN, nos mostró nuevamente su esencia, con su incondicional apoyo a las fuerzas paramilitares y a la pareja dictatorial, tanto con personal, armamento e información de inteligencia, para aplastar el levantamiento popular. El resto de la la historia todos la conocemos.

La pregunta, ¿necesita Nicaragua un Ejército?, podría ser una moneda lanzada al aire, pero creemos que no es momento de dejar las cosas al azar, es momento de actuar con ecuanimidad y pensando en el futuro. Si acaso necesitamos un Ejército, estamos seguros que, igual que la Guardia Nacional en el pasado, no es este Ejército Sandinista.

Ezequiel Molina

Agosto 26, 2022.

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