Eliseo Núñez | 13 octubre 2025
La purga interna del régimen sandinista de Managua empezó con la destitución de funcionarios periféricos como alcaldes. Luego escaló al nivel de magistrados de la Corte Suprema de Justicia y finalmente terminó con cárcel para personajes de peso político y económico.
El modelo empleado es el mismo que con los opositores: el de prueba y error. Comenzaron con golpes a la periferia, esperaron la reacción y, como no la hay, escalaron al siguiente nivel, así hasta llegar al liderazgo central que querés afectar para evitar un reagrupamiento del grupo que estás atacando.
En las actuales circunstancias, una vez que la oposición democrática ha sido exiliada, encarcelada o sometida al silencio, la prioridad es despejar el camino para la sucesión familiar. Por eso ahora el régimen va en contra de sus propios partidarios: son ellos quienes tienen las herramientas para interrumpir este proceso. Además, se requiere generar lealtades a prueba de todo, al menos por un tiempo. Para eso no sirven los partidarios que, al amparo del poder, ya acumularon riqueza, pues tienden a querer proteger lo conseguido. Se necesitan partidarios nuevos, hambrientos de privilegios, que vean en apoyar la sucesión familiar un boleto sin esfuerzo hacia una vida opulenta, como la que llevan los hijos de la familia Ortega-Murillo.
En este contexto, todo aquel que forma parte del andamiaje institucional de la dictadura —actores económicos, políticos o de seguridad— no solo es prescindible, sino que puede convertirse en una amenaza en sí mismo. Su larga relación con el poder y la acumulación de riqueza les otorgan un margen de autonomía que podría resultar letal para los intereses de la familia.
Lo que está ocurriendo es, paradójicamente, una oportunidad para los opositores democráticos. La purga está generando fisuras en la dictadura. Una de las razones por las que esas fisuras no se convierten en rupturas mayores es que, de este lado, quienes ahora se sienten atacados por la familia en el poder encuentran una pared que les niega toda posibilidad de acción política. Esto me recuerda situaciones históricas en las que antiguos aliados de regímenes opresores se convirtieron en piezas clave para provocar su caída. Una de las expresiones más emblemáticas sobre este tipo de coyunturas es: “El que cruza la puerta un segundo antes de la caída de Saigón es un héroe; el que lo hace un segundo después, es un traidor.”
Esta frase se ha atribuido informalmente al general Văn Tiến Dũng, comandante del Ejército Popular de Vietnam que dirigió la ofensiva final sobre Saigón en abril de 1975. Aunque no hay registro documental exacto de que la pronunciara, se ha convertido en una metáfora poderosa sobre el peso del momento político.
En realidad, una de las formas más comunes en que caen estos regímenes es desde adentro. Así cayó Alfredo Stroessner en Paraguay, traicionado por su consuegro, el general Andrés Rodríguez, en 1989. Así cayó también Anastasio Somoza Debayle en Nicaragua, cuando perdió su base de sustento económico y abrió espacio a la insurrección. Más recientemente, fue la caída de Robert Mugabe en Zimbabue (2017), cuando su propio ejército se negó a entregarle el poder a su esposa, Grace Mugabe, y generó un proceso de transición forzada.
Estas caídas pueden derivar en transiciones democráticas, como en el caso paraguayo, pero también pueden degenerar en regímenes peores que el anterior, como ocurrió en Nicaragua, o en la continuidad del régimen sin el dictador, como en Zimbabue.
El rumbo de un cambio de régimen depende de muchos factores. Algunos no están en manos de los opositores democráticos, pero otros sí. Uno de esos factores es ampliar las fisuras internas ofreciendo a quienes desde adentro se opongan al régimen la oportunidad de una reivindicación política. Esto opera de manera similar a cuando un fiscal, como se ve a menudo en Estados Unidos, ofrece inmunidad a un delincuente a cambio de que ayude a atrapar a la cabeza de la organización. Puede que no sea moralmente aceptable, pero ha demostrado ser efectivo.
Lo peor que puede pasar es que quienes están siendo perseguidos por sus propios compañeros dentro del régimen no vean posibilidad de un futuro una vez que este caiga. Es decir, debemos volver rentable para miembros del ejército, la policía y otros estamentos del poder el provocar la caída de la familia Ortega-Murillo.
Conclusión: nuestro objetivo no es simplemente el cambio de régimen, sino un cambio de régimen que abra paso a una transición democrática. No debemos repetir lo ocurrido tras la caída de Somoza ni lo sucedido en Zimbabue. Tenemos que conectar con quienes pueden ayudarnos a salir del régimen y establecer una democracia y un Estado de derecho. En política, esto no se logra sin concesiones ni de manera espontánea. Para salir de Ortega todavía nos hará falta, como decimos en Nicaragua, tragar muchos sapos. Nos hará falta identificar cuál es el bien mayor que perseguimos y dejar de lado consideraciones personales.
Eliseo Núñez |Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.
*Artículo publicado originalmente en Divergentes
