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Romper el Ciclo: La oportunidad que Nicaragua Merece

El oficio de escribir una columna semanal en este medio no solo me permite exponer reflexiones cultivadas durante décadas, sino también procesar los altibajos de una vida marcada por la pobreza estructural, el exilio, el atropello ciudadano, las componendas de élites privilegiadas y un largo etcétera. En una sociedad asediada por dictadores, oportunistas y enemigos de una arquitectura social basada en la democracia, la equidad socioeconómica, la institucionalidad y el Estado de Derecho, La Mesa Redonda se convierte en una ventana cívica: un espacio para ser la voz de colegas, amigos, alumnos, familiares y ciudadanos que aspiran a una Nicaragua distinta. Desde aquí intentamos poner en perspectiva una construcción social que vaya más allá de la inmediatez coyuntural y de la urgencia de superar la actual dictadura y sus secuelas. Y así llegamos a la pregunta central que, a mi juicio, debemos hacernos: ¿qué país queremos ser cuando llegue la oportunidad de reconstruirnos?

El ciclo histórico de violencia armada, institucional y política; la incapacidad de construir un Pacto Social equilibrado, duradero y modernizante; y la repetición de ciclos autoritarios han derivado en una sensación colectiva de agotamiento y desesperanza. La sociedad nicaragüense ha pagado un costo demasiado alto por esta deriva histórica y ha tocado fondo. Pero lejos de pensar que estamos ante un final, creo firmemente que hemos alcanzado la madurez para la paz precisamente porque hemos vivido todas las formas de conflicto. La paz dejó de ser un sueño etéreo: se ha convertido en una necesidad histórica.

En el tablero geopolítico y geoeconómico mundial, regido por la realpolitik, Nicaragua posee una ventaja inesperada: al no contar con recursos estratégicos que despierten el apetito de las superpotencias, tiene la posibilidad de construir una política interna más autónoma. Esa condición abre la puerta a un modelo propio, sin presiones externas excesivas, donde la neutralidad puede convertirse en un activo para alcanzar un desarrollo sostenible, estable y creciente.

Además, Nicaragua posee recursos geoeconómicos suficientes —agua, suelos fértiles, biodiversidad y energía renovable— que, combinados con factores demográficos relevantes como una población relativamente pequeña, los años restantes del bono demográfico y una diáspora que sostiene y conecta, permiten visualizar una economía suficiente, sostenible y digna. No necesitamos ser ricos para vivir bien; necesitamos ser estables y eficientes.

La oportunidad de romper el ciclo de tres generaciones de nicaragüenses marcadas por rupturas está a las puertas. Para aprovecharla, debemos construir una cultura política basada en evidencia, diálogo y respeto; priorizar la reconstrucción institucional; y diseñar un modelo de educación superior que actúe como motor de cambio. Este es el punto de inflexión donde debemos comprometernos con el futuro de Nicaragua: desde la educación, desde el desarrollo y desde la búsqueda de soluciones.

Nos corresponde asumir nuestra responsabilidad generacional desde donde estemos, y estar dispuestos a regresar y aportar cuando llegue el momento. Todos tenemos un papel que jugar por y para Nicaragua. La reconstrucción no será fácil, pero es posible. Y esa posibilidad es, hoy, nuestra mayor esperanza.

Ezequiel Molina

Febrero 23, 2026