Por Marco Aurelio
Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia entre los nicaragüenses que luchan contra la dictadura: opositores atacando a otros opositores con más intensidad que la que reservan para el propio régimen.
En redes sociales, en programas de análisis, en columnas de opinión y en debates públicos, las diferencias ideológicas han pasado de ser una riqueza natural del pluralismo político a convertirse en una guerra permanente entre quienes, en teoría, comparten el mismo objetivo: terminar con la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Mientras tanto, el régimen observa.
Y gana.
Porque pocas cosas han ayudado más a las dictaduras a sobrevivir en la historia que una oposición fragmentada, desorganizada y obsesionada con destruirse internamente.
La guerra equivocada
Es perfectamente legítimo que existan diferencias ideológicas entre quienes se oponen al régimen. En una sociedad libre eso sería incluso deseable. Liberales, socialdemócratas, conservadores o reformistas tienen visiones distintas sobre el Estado, la economía o el papel de las instituciones.
Pero hoy Nicaragua no vive en una democracia.
Hoy Nicaragua vive bajo una dictadura.
Y eso cambia completamente las prioridades.
El problema central del país no es decidir si el modelo económico debe ser más liberal o más social. El problema es mucho más básico: Nicaragua ni siquiera tiene las condiciones mínimas para discutir libremente su futuro.
Cuando un país vive bajo un régimen autoritario, la prioridad estratégica no es la disputa ideológica. Es recuperar la libertad política que permita que esa disputa exista.
La historia es brutalmente clara sobre este punto.
El politólogo Juan Linz explicó que uno de los factores más comunes en la longevidad de los regímenes autoritarios es la incapacidad de la oposición para coordinarse estratégicamente (Linz, 2000). En otras palabras: las dictaduras no solo sobreviven por la represión; sobreviven porque sus adversarios no logran actuar como un frente común.
Ortega no necesita dividir a la oposición si la oposición se divide sola
Muchos regímenes autoritarios invierten enormes recursos en infiltrar, dividir o fragmentar a sus opositores.
En Nicaragua, a veces ni siquiera hace falta.
La oposición ha desarrollado una habilidad extraordinaria para desgastarse sola.
Intelectuales atacando a activistas. Activistas atacando a analistas. Analistas atacando a periodistas. Periodistas atacando a políticos. Liberales atacando a socialdemócratas. Socialdemócratas atacando a liberales.
El resultado es un espectáculo que termina produciendo exactamente lo que todo régimen autoritario desea: una oposición desunida, desmoralizada y políticamente irrelevante.
Steven Levitsky ha demostrado que los regímenes autoritarios contemporáneos logran mantenerse durante décadas cuando la oposición fracasa en construir coordinación estratégica (Levitsky & Way, 2010).
Y la coordinación estratégica exige algo muy simple:
saber distinguir entre adversarios ideológicos y enemigos políticos.
La lección que otras oposiciones sí entendieron
En Chile, la oposición al régimen de Augusto Pinochet incluía desde demócrata-cristianos hasta socialistas y liberales. No pensaban igual. No tenían el mismo proyecto de país.
Pero entendieron algo fundamental: la discusión ideológica vendría después de derrotar a la dictadura.
Por eso construyeron la Concertación por el No.
En Polonia, el movimiento Solidaridad reunió a sindicalistas, católicos, liberales e intelectuales de distintas corrientes para enfrentar al régimen comunista (Ash, 2002).
En Sudáfrica, sectores políticos profundamente distintos se coordinaron para terminar con el sistema del apartheid antes de discutir el modelo político posterior (Sparks, 1995).
Ninguna de esas oposiciones era homogénea.
Pero todas tenían algo que hoy escasea demasiado en el debate nicaragüense:
sentido estratégico.
Criticar no es el problema. Destruirse sí.
En una sociedad libre, el debate duro es parte de la vida democrática. Las ideas deben confrontarse, los argumentos deben discutirse y las propuestas deben evaluarse.
Pero hay una diferencia enorme entre debatir ideas y dedicarse a deslegitimar sistemáticamente a cualquiera que no piense exactamente igual.
Cuando el adversario ideológico pasa a ser tratado como enemigo político, el resultado no es un debate más profundo.
El resultado es fragmentación política.
Y la fragmentación es uno de los combustibles más eficientes para la supervivencia de una dictadura.
La pregunta incómoda
Cada formador de opinión nicaragüense debería hacerse una pregunta incómoda antes de lanzar un ataque contra otro opositor:
¿esto debilita al régimen o debilita a la oposición?
Porque si la respuesta es la segunda, entonces el resultado —aunque no sea la intención— termina beneficiando exactamente al actor que todos dicen querer derrotar.
La libertad primero, el debate después
Las diferencias ideológicas no desaparecerán en Nicaragua.
Ni deberían hacerlo.
El país necesitará un debate profundo sobre su modelo económico, sus instituciones, su sistema político y su estrategia de desarrollo.
Pero ese debate solo puede ocurrir dentro de una democracia.
No dentro de una dictadura.
Intentar resolver hoy las disputas ideológicas del mañana mientras el país sigue atrapado en un régimen autoritario es un error estratégico que la historia ya ha demostrado demasiadas veces.
La oposición nicaragüense no necesita pensar igual.
Pero sí necesita entender algo básico:
si la lucha principal es contra la dictadura, entonces la guerra interna entre opositores no es valentía intelectual.
Es un regalo político para el régimen.
Y Nicaragua ya ha pagado demasiado caro como para seguir regalándole victorias a su propia dictadura.
Nota del autor
Marco Aurelio Nicaragua es ciudadano nicaragüense, exiliado político.
