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El error de apostar el futuro de Nicaragua a Washington


Por: José Alberto Montoya

Es triste el desenlace de la oposición política en Nicaragua. Aunque sería injusto ignorar el desgaste profundo que el régimen provocó durante años —con persecución, exilio, confiscaciones y ataques en múltiples frentes—, hoy la realidad es otra: una oposición que, en gran medida, parece haberse sentado a esperar que Washington reaccione y que el milagro de una intervención externa suceda.

En ese camino, muchas organizaciones opositoras —partidos políticos, sectores de la sociedad civil, medios de comunicación y liderazgos de distintas corrientes— terminaron ajustando sus agendas para facilitar argumentos al presidente Donald Trump. El problema no es solamente geopolítico; es político en el sentido más profundo de la palabra: cuando la estrategia principal depende de lo que decidan otros gobiernos, la política deja de hacerse en casa.

Mientras tanto, el trabajo más difícil y más necesario quedó relegado: reconectar con la ciudadanía. Escuchar de verdad, entender las angustias cotidianas y calibrar la brújula hacia las demandas reales de la gente dejó de ser prioridad hace tiempo. Y en eso también hay que asumir responsabilidades. Quienes decidimos asumir el reto de enfrentar a la dictadura sabíamos que el desafío no era solo resistir al régimen, sino construir una alternativa que volviera a hablarle al país.

En Managua, por su parte, hay un régimen callado, expectante, pero intacto. No ha cambiado su naturaleza. Sigue siendo el mismo poder que expropia, que limita las posibilidades de los nicaragüenses de trabajar con dignidad, que obstaculiza los esfuerzos del sector privado por sostener la economía, que convierte las licitaciones públicas en espacios de soborno y que transformó la economía nacional en un sistema dependiente de préstamos y remesas. Ese régimen sigue ahí, operando con la misma lógica de siempre.

Lo preocupante es que, mientras eso ocurre, nuestra contienda ya ni siquiera parece orientada a encontrar mínimos puntos de coincidencia dentro de la oposición. Hoy domina algo más simple y más peligroso: la divergencia permanente combinada con una espera tranquila —y pobre— de que el presidente Trump termine de “limpiar su patio trasero”.

Esa quietud, esa pausa política prolongada, puede salir muy cara. La historia reciente de Nicaragua demuestra que cada vez que la política se paraliza o se desconecta de la gente, el costo termina cayendo sobre los mismos de siempre: las personas de a pie.

La oposición no puede darse el lujo de convertirse en espectadora de su propio país. Si algo debería enseñarnos estos años es que ninguna transformación vendrá si antes no vuelve a construirse desde dentro, con la ciudadanía, con sus urgencias reales y con la valentía de asumir que el futuro de Nicaragua no puede depender exclusivamente de decisiones tomadas fuera de sus fronteras.