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Terminar lo que se empieza

Juan Esteban Roldán Escamilla

La lógica de la victoria en el conflicto con Irán, va más allá de afrontar la estabilidad del Medio Oriente , evitando la amenaza que representa , sino también sacándole de una disyuntiva para  debilitar las alianzas con China, como  su competidor estratégico , limitando la fuente de sus recursos energéticos y a la vez distanciándolo del eje con Rusia. Esto a su vez contribuirá a la superación de mayores amenazas de Rusia hacia Europa . Aunque de forma inmediata los aliados de la OTAN no lo tengan presente .

En el debate estratégico contemporáneo sobre Irán, emerge una tesis incómoda pero coherente: Estados Unidos ha cruzado ya un punto de no retorno. Bajo esta premisa, la discusión deja de girar en torno a si debe o no involucrarse en un conflicto mayor , y pasa a centrarse en una cuestión más decisiva: cómo evitar una derrota estratégica en un escenario que ya está en marcha.

El argumento parte de una evaluación concreta del adversario. Irán no es hoy un actor intacto; su capacidad ha sido erosionada en distintos frentes —militar, económico y político—. Sin embargo, tampoco está derrotado. Sigue siendo funcional, resiliente y, sobre todo, peligroso. Esta condición intermedia —debilidad sin colapso— define el momento actual como una ventana crítica: una oportunidad que puede cerrarse si no se actúa con decisión.

Desde esta perspectiva, “ganar” no equivale simplemente a contener o disuadir. Implica algo más ambicioso: desmantelar de forma duradera las capacidades estratégicas iraníes —su aparato militar, sus redes de proyección regional y su potencial nuclear— o, en un escenario más profundo, inducir un colapso interno del régimen mediante la combinación de presión externa y fragilidad doméstica. No se trata, por tanto, de gestionar el equilibrio, sino de transformarlo.

La clave del planteamiento radica en su advertencia central: el mayor error no sería haber iniciado la confrontación, sino detenerse antes de consolidar sus resultados. La historia reciente ofrece ejemplos de conflictos en los que las victorias tácticas no se tradujeron en logros estratégicos precisamente por la falta de continuidad en la acción. En este sentido, una retirada prematura no solo desperdiciaría los avances alcanzados, sino que podría permitir al adversario recomponerse, aprender y volver en condiciones más favorables.

Este enfoque descansa, sin embargo, sobre supuestos exigentes. Presupone que Estados Unidos puede escalar el conflicto sin desencadenar dinámicas incontrolables, que Irán carece de capacidad para sostener una respuesta prolongada de alta intensidad, y que las tensiones internas del régimen son lo suficientemente profundas como para fracturarlo bajo presión. Cada una de estas premisas es discutible y encierra riesgos significativos, desde la expansión regional del conflicto hasta impactos severos en el sistema energético global.

Aun así, la lógica interna del argumento es difícil de ignorar. Si se acepta que el conflicto ya ha superado el umbral de reversibilidad, entonces la moderación deja de ser necesariamente prudencia y puede convertirse en indecisión estratégica. En ese marco, la verdadera disyuntiva no es entre guerra y paz, sino entre una resolución incompleta —con sus riesgos acumulativos— y un intento de desenlace definitivo.

En última instancia, esta visión plantea una pregunta incómoda pero fundamental: ¿es más peligroso escalar un conflicto o dejarlo inconcluso? Para quienes sostienen esta postura, la respuesta es clara. Las guerras mal terminadas no se apagan; se transforman, se posponen y, con frecuencia, regresan en formas más complejas. Bajo esa lógica, el imperativo no es evitar el conflicto a toda costa, sino evitar que quede sin resolver.