La realpolitik es implacable, no perdona fracasos; la dictadura Ortega-Murillo se desmarcó de toda posibilidad de éxito, convirtiéndose en una carga para quienes hoy apenas fingen ser sus aliados “estratégicos”. Ortega conoce bien el sabor del descarte: en octubre de 1989, el ministro de Asuntos Exteriores soviético, Eduard Shevardnadze, aterrizó en Managua y le hizo saber que no habría más ayuda de la URSS. Era el derrumbe del socialismo real y el fin de la bipolaridad. La sacudida del tablero geopolítico dejó a Nicaragua sin bandera que defender, ni potencia que lo respaldara. El resto es conocido.
2026: las recientes cumbres del triunvirato imperial —China con Estados Unidos y Rusia— revelan un escenario de estabilización frágil, más orientado a gestionar un equilibrio geoeconómico que a disputar ideologías. En esa ecuación tripartita no se discuten los destinos de territorios sin peso estratégico, y mucho menos problemáticas sociopolíticas vinculadas a derechos humanos o democracia. Dicho con claridad: Nicaragua carece de densidad geopolítica y peso geoeconómico para figurar en la puja que reconfigura el orden mundial.
Sin embargo, aunque no mediara una cumbre formal de repartición global, el encuentro en Alaska entre Trump y Putin en agosto pasado dejó claro que la Doctrina Monroe ha sido reactivada. Mientras la reunión transcurría, el Pentágono desplegaba fuerzas navales y aéreas en el Caribe Sur, operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro a inicios de 2026. Hoy, la acusación presentada por Estados Unidos contra Raúl Castro —por el derribo de aviones civiles donde murieron tres ciudadanos estadounidenses— parece tejer una trama similar a la que condujo a la caída del régimen madurista.
Ese contexto ubica a Nicaragua en la periferia del reacomodo global y, aunque sea un país estructuralmente irrelevante para las potencias, es estratégicamente inevitable para Estados Unidos. Su posición geográfica en Centroamérica, una región de cincuenta millones de habitantes, situada en el centro de un corredor clave del tráfico de drogas y del flujo migratorio irregular hacia el norte, la convierte en un punto crítico para la seguridad regional. Su dependencia de remesas provenientes de la diáspora asentada en Estados Unidos —país que es además su principal socio comercial y actor determinante en su construcción histórica y sociopolítica— hace de Washington un actor geopolítico ineludible en cualquier desenlace que precipite el fin de la dictadura Ortega-Murillo.
Ahora bien, el fracaso de la dictadura está planteado, pero la capacidad de la oposición nicaragüense en el exterior para diseñar un plan de acción coordinado con la silenciosa oposición interna —sin la cual no es posible expulsar a la dictadura— no alcanza todavía un nivel de operatividad óptimo. Según algunos analistas políticos nacionales, esos pasos de unidad en el exterior y coordinación con la oposición interna están avanzando, aunque a un ritmo que todavía no equipara la velocidad del reacomodo global. Cabe recordar que en 1989 las fuerzas opositoras se unificaron en una heterogénea coalición que contó con el respaldo de la dirección de la Resistencia Nicaragüense (o Contra), lo que coadyuvó a la realización de aquellas elecciones libres y vigiladas.
El espejo de 1989 vuelve a reflejar el rostro del fracaso, una realidad agobiante en el búnker de El Carmen. Los Ortega Murillo se encuentran en una zona de inminente peligro; su irrelevancia global y el empeño de Washington de sanear su patio trasero son indicadores palpables. Las acciones recientes —la caída de Maduro y el cerco sobre La Habana— no son abstracciones, sino el preludio de un guión que Ortega ya vio ejecutarse el siglo pasado. La rima histórica es precisa, casi incómoda, pero el régimen, atrincherado en su reducto, insiste en ignorarla.
Ezequiel Molina
Mayo 25, 2026
