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Ortega y Murillo juegan su última carta

Oscar René Vargas | 10 de junio de 2026

La inmadurez de sus clases sociales en Nicaragua −una burguesía débil y atrasada, un movimiento obrero destruido por la descomposición neoliberal y la represión, y una sociedad civil fragmentada, desarticulada, desorientada y anómica−, todo ello permitió que se desarrollará una forma de gobierno dictatorial capaz de concentrar el poder apelando directamente al pueblo y combinando de manera híbrida el elitismo con el plebeyismo y el autoritarismo; al mismo tiempo, apoyado por las lealtades férreas que suscita entre sus partidarios y el silencio cómplice de los poderes fácticos comercial, empresarial, económico y financiero.

El modelo económico neoliberal ha permitido que el capital financiero/bancario se haya transformado en el capital dominante en el marco del “capitalismo de amiguetes” al disciplinar la política económica del régimen Ortega-Murillo, cuyo resultado ha sido la polarización social y una crisis de legitimidad política para la dictadura. La inestabilidad sociopolítica y la falta de fiabilidad del modelo económico han creado grietas en las cúpulas de los poderes fácticos económicos, comerciales y empresariales.

La hegemonía del capital financiero/bancario como rector de la política económica del país ha significado el desprecio de la innovación tecnológica, ha facilitado la repatriación de beneficios, las transferencias de intereses y la imposición de salarios por debajo de los costes de reproducción, mecanismo mediante el cual los otros capitales (comercial, empresariales, servicios) son favorables a mantener la arquitectura del “capitalismo de amiguetes” para compensar sus desventajas frente al capital bancario/financiero.

En la política económica del régimen prioriza el pago de la deuda pública por encima de todo lo demás: salud, educación, gastos sociales. De ahí se derivarían luego los recortes aprobados (sueldos del funcionariado, congelación de las pensiones, reforma laboral, alargamiento de la edad de jubilación, etcétera) y las exoneraciones al capital con decenas de miles de millones de dólares. Todo ello ha alimentado las fisuras al interior de los pilares de sostenimiento de la dictadura que alimentan el proceso de implosión, mientras tanto la gente vive, espera, resiste, se cansa, protesta en silencio o simplemente intenta llegar al final del día. Es decir, la gente “de a pie” sigue produciendo formas cotidianas de adaptación, solidaridad, crítica y supervivencia.

En la sociedad nicaragüense se condensan muchas tensiones: crisis de legitimidad política, desigualdad creciente, agotamiento de la dictadura, migraciones masivas, polarización sociopolítica, precariedad sanitaria y educativa, pobreza creciente, jóvenes que desean cambios, desgaste de los relatos históricos de la revolución del 1979 y disputa geopolítica silenciosa entre Estados Unidos, Rusia y China.

El régimen ha sido bastante eficaz a la hora de disciplinar la mano de obra, en aplastar a los campesinos y a los sindicatos, privatizar los recursos naturales, desregular los flujos financieros, despreciar una política industrial y mantener la privatización de las empresas públicas. Por lo tanto, el régimen no ha fallado al implicar una política económica a favor de una estrecha clase dominante, por eso la vieja oligarquía, para sobrevivir, ha aceptado de buen grado una asociación subordinada al capital financiero protegido por el régimen.

Muchas personas comienzan a entender de qué se trata el proceso de implosión sociopolítica del régimen Ortega-Murillo. Se ha confundido lo temporal, coyuntural y episódico de las cinco crisis con lo esencial del proceso de descomposición del régimen. La esencia del proceso de descomposición que alimenta las cinco crisis reside en la necesidad que tiene el país en desarrollar las fuer­zas productivas para superar el atraso actual que el estado dictatorial impone.

Las cinco crisis no impactan de manera homogénea al conjunto de la sociedad: terminan profundizando desigualdades sociales y territoriales, afectando especialmente a los sectores vulnerables, entre ellos mujeres, niños, ancianos, hogares empobrecidos y al ciudadano nicaragüense de a pie revelando las fisuras profundas entre las cúpulas políticas y empresariales y sectores importantes de una sociedad empobrecida y fatigada.

Pero algunos simplifican demasiado el tema de la implosión sociopolítica al presentar las cosas como si el deterioro del sistema político dictatorial se agrava continuamente y debiera conducir directamente e inmediatamente a la caída de la dictadura. No hay duda de que este proceso se interrumpe y retrocede todavía muchas veces. Los que sostienen que la estabilización política inestable del régimen está garantizada no entienden nada del proceso de descomposición y sus consecuencias, y serán inevitablemente los primeros en hundir la cabeza en el pantano del colaboracionismo. Está claro que la dictadura todavía hará más de un esfuerzo por llegar a un acuerdo y negociará una “salida al suave” con sectores de la oposición, del gran capital y con los Estados Unidos para evitar un “cambio de régimen” abrupto.

Pero en general el proceso de implosión sociopolítica se acerca a pasos agigantados a un final no deseado por el régimen Ortega-Murillo. En la etapa actual se va a imponer una vez más la «colaboración» política-militar entre Estados Unidos/Gran Capital con el régimen para facilitar una “salida en frío” al actual aislamiento/crisis del régimen. Pero ésta será una fase de un proceso que no se encamina hacia la dominación compartida oposición/dictadura sino hacía la dominación norteamericana sobre todo el mundo, incluido con miembros de la nueva clase orteguista (chayoburguesía). Pero la médula del asunto reside en que este pro­ceso desarrollará, inevitablemente, sus propias contradicciones, las cuales se ligan con las demás contra­dicciones existentes del actual modelo de acumulación del “capitalismo de amiguetes”.

Por su parte, la estrategia del gran capital es tomar poco a poco todos los espacios políticos que pueda, alterando la relación de fuerzas en todos los terrenos (técnico, comercial, económico, empresarial, financiero, militar) en perjuicio de su prin­cipal rival (la “familia” Ortega-Murillo), sin perder de vista, en ningún momento, las bases de sustentación de la dictadura. Más de una vez ha sucedido en la historia que, al ser las fuerzas sociales favorables a la democratización del país son demasiado débiles para resolver la tarea democratizadora de la sociedad, son los sectores conservadores quienes se ocupan de hacerlo a medias. Por eso en la fase de transición el verdadero triunfador puede ser el capital financiero.

No sabemos si el escenario de salida de la crisis de la dictadura será un estallido social, unas elecciones negociadas, una transición administrada o una prolongación incierta del deterioro actual. Lo que es evidente es que la dictadura ha perdido poder profundamente, ya que la estructura política no puede permanecer ajena a los cambios, fisuras o grietas de los pilares que la sostienen.

El viejo orden dictatorial ha perdido capacidad de organizar consenso mientras el contrapoder todavía no logra nacer plenamente. Es decir, políticamente, existe un estancamiento estratégico. La represión generalizada del régimen no ha logrado derrotar políticamente al movimiento opositor y los comejenes que fomentan la implosión no logran derrocar al régimen. Precisamente, “el factor Trump” rompe ese estancamiento estratégico, lo que obligará al régimen a recurrir a unas elecciones como una movida táctica para evitar un “cambio de régimen” abrupto, no controlado por la dictadura. Es decir, al descubrir los límites de su poder han disminuido Murillo y Ortega se ven obligados hacer su última jugada; sin embargo, hagan lo hagan van a perder.