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Un aniversario más y la pregunta de siempre

Pedro González*

Mucha gente, especialmente en el extranjero, todavía se pregunta por qué la revolución sandinista no instituyó una república democrático-liberal.  Varios investigadores ya han respondido a esta pregunta y, porque sigue apareciendo, creo que vale la pena revisitarla ahora que estamos llegando al 19 de julio.  Dicho sea de paso, quizá algún día otras generaciones se olvidarán de ese día, aunque nunca se sabe, en Nicaragua, después de más de un siglo de haber ocurrido, algunos todavía celebran la revolución liberal del 11 de julio, otra revolución autoritaria.

Por lo menos el FSLN nunca se consideró ni liberal ni demócrata.  Nunca abogó por las libertades del individuo como un partido liberal lo haría.  Ni por un sistema democrático-liberal.  Por democracia se entiende un sistema en el que hay libertad de expresión y de prensa, libertad de asociación, derecho a votar y a ser elegido, y elecciones libres y competitivas.  Esto era democracia burguesa para el FSLN.

Orlando Núñez, que era un intelectual orgánico del sandinismo hasta que cayó en desgracia con la pareja presidencial, definía la democracia sandinista en términos leninistas: el FSLN era democrático porque incorporó a todas las clases en la insurrección, le daba el derecho de organización y participación a sectores que el somocismo reprimía, y emprendió un conjunto de medidas en beneficio de las mayorías (Transición y lucha de clases en Nicaragua: 1979-1986).  La gran mayoría de los teóricos de la democracia no están de acuerdo con esta definición.

Hubo un momento en que se creyó que los acuerdos de Puntarenas de julio de 1979 iban a garantizar la creación de un sistema democrático.  Para derrotar a Somoza la tendencia tercerista hizo una alianza con algunos empresarios y personalidades destacadas, y les prometió un gobierno democrático. Fue un acuerdo con algunas personas a título individual, no una alianza de clases. Se creó el Grupo de los Doce, se formó una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que parecía balanceada, pero que no lo era, 3 eran sandinistas, 2 no lo eran, un Consejo de Estado y un gabinete que tenía al sector empresarial y a la “burguesía opositora”.  Proclamó un Estatuto Fundamental de Derechos y Garantías de los Nicaragüenses. 

Un dirigente sandinista, que está con el régimen Murillo-Ortega, me contó que un comandante guerrillero de la GPP (Guerra Popular Prolongada) le dijo en junio de 1979 que después de derrocar a Somoza iba a haber otra guerra contra los terceristas porque se habían desviado. 

En realidad, ese proyecto “democrático-burgués”, con esa Junta de Gobierno, ese gabinete, ese Consejo de Estado y ese Estatuto Fundamental, era un compromiso alcanzado con la administración Carter, que no quería otra Cuba en Latinoamérica.  para

Este proyecto democrático-burgués descansaba en un soporte: la Guardia Nacional (GN).  Pero este soporte colapsó el 19 de julio de 1979 y el poder de las armas le quedó al FSLN.  Dos días antes, el 17 de julio, Francisco Urcuyo Maliaños, a quien Somoza dejó a cargo del gobierno, dijo que no iba a cumplir con el acuerdo que tenía el FSLN con la administración Carter de entregar el poder a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional.  Con esa decisión, la Dirección Nacional (DN) del FSLN consideró que el acuerdo con Estados Unidos estaba roto y que ella no lo tenía que cumplir. 

Con el poder total en manos del FSLN, la llamada burguesía y los sectores democráticos quedaron a merced del FSLN.  Como Somoza no había creado instituciones democráticas, todo el Estado colapsó.  Y en el somocismo está el germen, si no la causa, de la tragedia que vino después.

Para entender por qué no se instauró una república democrático-liberal en Nicaragua en 1979 hay que saber que esa nunca fue la meta del FSLN.   Su modelo de sociedad era Cuba, no Costa Rica. El 26 de julio de 1979 un buen número de comandantes fueron a celebrar la victoria sandinista con Fidel Castro. 

Las reivindicaciones del sandinismo eran sociales. Nicaragua tenía una tasa de analfabetismo de más  del 50%.  Thomas W. Walker en su libro La Democracia Cristiana en Nicaragua dice que este era uno de los países más atrasados de Latinoamérica.  Aunque en los años previos a la insurrección la economía estaba creciendo rápidamente, este crecimiento no beneficiaba a la mayoría, era “un crecimiento excluyente” en las palabras de Román Mayorga Quirós.  Orlando Núñez dice en el libro mencionado anteriormente que la tasa de pobreza era del 88%, algo difícil de saber porque el somocismo, como ahora, escondía las verdaderas cifras.  En todo caso, cualquier análisis de la época que no era propaganda somocista arrojaba un saldo negativo para el pueblo nicaragüense en materia de salud, vivienda, educación, empleo, desigualdad.

Este era caldo de cultivo para un levantamiento, caldo que se agravaba con la represión, y especialmente los horrendos crímenes, del régimen somocista (de ahí el odio hacia los somocistas después del triunfo, pero este es otro tema).  La desigualdad social y los niveles de pobreza del pueblo nicaragüense explican por qué mucha gente de buena voluntad creía que la tarea prioritaria después del triunfo era reconstruir el país y beneficiar a las grandes mayorías.

Bajo el somocismo no se vivía bajo un régimen democrático con instituciones fuertes, un gobierno que nos hubiera permitido crear una cultura democrática.  En ese ambiente no es raro que haya surgido una organización que intentara derrocar al somocismo por las armas, ya que era la única forma de deshacerse del mismo.  Elecciones libres y transparentes nunca las iba a permitir.  El FSLN fue esa organización.

El FSLN era una organización político-militar, inspirada por el éxito de la revolución cubana.  Se consideraba una organización de vanguardia en el sentido marxista-leninista del término, y se estructuraba bajo los principios del centralismo democrático.  Eso es, que la libertad de expresión era permitida dentro de la organización pero una vez que un comité tomaba una decisión debían acatarla sus miembros y las estructuras inferiores. 

Los dirigentes y los militantes se inspiraban en el socialismo (algunos de los fundadores habían pertenecido al Partido Socialista de Nicaragua), en los movimientos contra la guerra de Vietnam y  los movimientos cristianos de la Teología de la Liberación, que incorporaba el marxismo como parte de su doctrina.  A algunos, especialmente a los artistas, los inspiraban los hippies.  En otras palabras, esta no era gente que había leído a John Locke o Montesquieu.  Desdeñaban o, por lo menos, no le tenían confianza a los graduados de universidades estadounidenses o del INCAE.

Desde el comienzo el FSLN decidió no asesinar a Somoza porque si lo hacía no iba a lograr la transformación social que se proponía, que era derrocar todo el sistema capitalista, hegemonizado por Estados Unidos, y del cual el somocismo era sólo una de sus variantes en Nicaragua.   Las otras variantes eran la burguesía no somocista con sus partidos políticos y sus organizaciones gremiales e, incluso, sindicales como la CTN (Central de Trabajadores de Nicaragua).

En la lucha contra el somocismo en los años setenta, el FSLN trató de hegemonizar la lucha cívica con sus organizaciones sociales (estudiantes, maestros, mujeres, etc.) que se agruparon en el MPU (Movimiento Pueblo Unido).  El MPU era la contraparte a la oposición democrático-burguesa, que se aglutinaba en el Frente Amplio de Oposición (FAO).  El FSLN consideraba que era necesario derrotar a la FAO.  En el sandinismo cualquier salida de la dictadura sin el triunfo del FSLN se consideraba un somocismo sin Somoza. 

Para el FSLN, como ahora para el binomio presidencial, cualquier oposición a ellos era un proyecto imperialista, Somoza era un agente del imperialismo, la burguesía era parte del proyecto imperialista.  Como nunca han entendido de instituciones, de que las organizaciones pueden ser autónomas, de que los individuos tienen sus propios intereses y de que se tienen que hacer compromisos, en la mentalidad sandinista el amo es Estados Unidos y el resto son títeres y, por eso, dicen que hay que hablar con el amo, con Estados Unidos.   Así se dijo entonces, así se decía en los ochenta, así se dice ahora.

En septiembre de 1979, las tres tendencias se reunieron en una asamblea de cuadros y dijeron claramente que la etapa democrática era una etapa de transición.  Eso quedó plasmado en lo que se conoce como el documento de las 72 horas.  En ese documento también se dijo que la razón por la cual habían hecho concesiones democráticas era para neutralizar el intervencionismo de Estados Unidos.  Pero que después del 19 de julio la correlación de fuerzas favorecía al FSLN.  De ahí que el Estado y el sistema político iban a quedar bajo el control del FSLN.  En el sector económico, el Estado iba a controlar la banca y el comercio exterior, pero no tenía capacidad para sustituir a los productores del país, por lo que había que trabajar con la burguesía patriota porque no había de otra.  El Estado, sin embargo, iba a regular la economía.

Hasta diciembre de 1979, el FSLN mantuvo el gobierno con el gabinete que había creado en el exilio. En diciembre de 1979 la DN incrementó la presencia sandinista en el gabinete con la presencia de Humberto Ortega, Henry Ruiz, Humberto Ortega, Tomás Borge, Luis Carrión y Edén Pastora.

El Consejo de Estado fue creado el 20 de julio de 1979 y el FSLN se comprometió  a una fuerte presencia del gremio empresarial y de la FAO.  Cuando se instaló el Consejo de Estado en mayo de 1980, ya la DN había purgado al partido Movimiento Liberal Constitucionalista y había aumentado el número de miembros con sus organizaciones de masa. El FSLN ahora tenía el control del mismo.

Y así poco a poco el FSLN llegó a crear un sistema en el que la Dirección Nacional era la máxima autoridad en el país y en el que no había instituciones independientes, todas estaban supeditadas a ella.

En este breve recuento no se pueden obviar las elecciones de 1984.  Aquí hay diferencias ideológicas importantes para explicar por qué se hicieron o si fueron libres o no.  El FSLN, por presiones de los Contras, de Estados Unidos y hasta de la Internacional Socialista, organización a la que pertenecía, hizo elecciones para quitarle a Estados Unidos el pretexto para financiar a la Contra.  Se pueden decir muchas cosas de esas las elecciones, incluso algunos dicen que el FSLN las ganó honestamente, pero la verdad es que no participó el candidato que le podía ganar a Daniel Ortega: Arturo Cruz Porras.   Se violó por lo menos una condición necesaria para la democracia: las elecciones deben ser competitivas.

No es que no había gente que más o menos simpatizaba con la democracia dentro del FSLN pero la que mandaba era la Dirección Nacional del FSLN.  Hubo gente importante que se salió del FSLN, hubo gente expulsada por criticar los abusos y el rumbo de la revolución.  Allá en los albores de la revolución (1979-1980) se sospechaba que Sergio Ramírez y Edén Pastora eran socialdemócratas.  Las estructuras partidarias hicieron todo lo posible para restarle popularidad a Edén.  Por su participación en la administración del gobierno -administraba la parte civil no la militar- se consideró en algún momento que Sergio era un militante disciplinado, que no estaba minando al FSLN, aunque siempre había una distancia con él, no se le consideraba de los “legítimos”, como un Henry Ruiz o un Bayardo Arce. 

Nunca se imaginaron algunos que hoy están en la oposición, y que construyeron el aparato del Estado sandinista en los años ochenta, que un día, si no obedecían a la máxima autoridad, les iba a pasar lo que le pasó a la oposición al sandinismo en los años ochenta: asesinatos incluso fuera de las fronteras, exilio, persecución a la Iglesia, cárcel. 

Al rememorar esos tiempos no hay que olvidar que en los ochenta no había internet ni teléfonos celulares y los medios no sandinistas estaban censurados, y que en el FSLN reinaba la compartimentación, en donde la mano derecha no sabía lo que hacía la izquierda.   Un dirigente político o un ministro de un ente estatal, salud o transporte, por ejemplo, aunque hubiera sido comandante guerrillero, no se daba cuenta de lo que hacía una unidad del ejército o de la Seguridad del Estado en la profundidad de la montaña.

 En gran parte lo que pasó fue resultado de la ignorancia, resultado de la falta de un vigoroso debate político e ideológico que sólo tiene lugar en una democracia que, obvio, no existía entonces con la excusa de la guerra y que no existió bajo el somocismo.

No era del conocimiento general, como lo es ahora, de que sólo con instituciones independientes y fuertes se puede resistir a las arbitrariedades de los gobernantes.  Eso es lo que aprendimos de nuestros errores. 

Todo esto no quiere decir que los sectores progresistas deben abandonar la lucha por la equidad, contra la desigualdad, a favor de las minorías.  Hay que continuarlas pero en un contexto democrático.

Los intereses del sector privado bien se defienden en una república democrático-liberal.

 *El autor es nicaragüense.