Cinco claves desde la criminología para leer lo que este operativo realmente significa.
De Tania Molina sobre la captura del Diablo:
24 de julio de 2026 · Operativo OIJ — San Bernardino de Río Frío, Sarapiquí.
Esta mañana el OIJ capturó a Alejandro Arias Monge, alias el Diablo (el criminal más buscado de Costa Rica) con notificación roja de Interpol activa y medio millón de dólares de recompensa ofrecidos por la DEA. El operativo comenzó a las 5 a.m. en San Bernardino de Río Frío, Sarapiquí. Los agentes fueron recibidos a balazos en el momento de ingresar. El enfrentamiento armado duró aproximadamente una hora. Al final: el Diablo detenido, alias Tang capturado, Coco Guásimo muerto en el enfrentamiento, y cinco agentes del OIJ heridos. Este es uno de los mayores golpes al crimen organizado que Costa Rica ha dado en años. Y desde la criminología, lo que este operativo revela es más importante que la captura misma.
Primera clave — El armamento: una respuesta militar, no policial:
Una hora de intercambio de fuego que deja cinco agentes heridos no es una balacera de narcomenudeo. Es una respuesta militar. Eso confirma algo que el OIJ ha advertido en sus informes y que el sistema político no ha terminado de procesar: estas organizaciones tienen capacidad de fuego que supera en sofisticación y volumen al armamento que porta la policía costarricense. Las armas de guerra encontradas en esa casa no llegaron solas — son el resultado de una cadena de abastecimiento transfronteriza con financiamiento sostenido. No es una brecha menor. Es una brecha estructural que crece cada año que el Estado no la atiende con la misma urgencia con que el crimen la alimenta. En agosto de 2025, alias Tan — capturado también hoy — difundió un video rodeado de rifles de asalto y AK-47 mientras amenazaba directamente a agentes del OIJ. Ese video circuló meses antes de la captura. La capacidad de fuego del Diablo no era un secreto. Era una declaración pública.
Segunda clave — La casa: el Diablo no estaba en una jungla.
Esta es la lectura más importante del operativo de hoy y la que menos va a aparecer en los titulares. El Diablo no fue capturado cruzando una frontera. No estaba en una selva. Estaba en una casa. Una casa en una comunidad de Sarapiquí. Y eso lo cambia todo desde la criminología. Una casa de seguridad operativa con ese nivel de armamento no se sostiene sola. Requiere silencio a su alrededor. Requiere que la comunidad sepa — y no diga. Ya sea por miedo construido durante años ( por supuesto ) , por lealtad a una estructura que provee donde el Estado no llega, o por dependencia económica de la organización criminal. Eso es #gobernanza #criminal #extendida: el control del territorio no a través de la violencia permanente y visible, sino a través de la normalización de la presencia criminal como parte del paisaje cotidiano. El Diablo vivía ahí porque podía vivir ahí. Esa es la señal más grave de toda la operación.
Tercera clave — diez años: alguien lo protegía.
Una organización con notificación roja de Interpol, con medio millón de dólares de recompensa y con tantos años de búsqueda activa no opera en el anonimato por pura habilidad propia. Necesita información anticipada sobre los movimientos de las autoridades. Necesita que los operativos fallen o lleguen tarde. Necesita que alguien, en algún punto de la cadena institucional o comunitaria, filtre lo que no debería filtrarse. El director del OIJ había reconocido que el Diablo usaba campanas — personas posicionadas estratégicamente que cuando detectaban presencia policial lo alertaban para huir hacia la Reserva Biológica Indio Maíz en Nicaragua. Que hoy hayan logrado neutralizar ese sistema antes de que activara es el mayor logro táctico del operativo. Pero la pregunta que las investigaciones post-captura tienen que responder es cuánto tiempo funcionó ese sistema y quién lo alimentaba desde adentro. Quiénes son?
Cuarta clave — Del 2% al 69%: la transformación que nadie quiso ver.
En 2010, solo el 2% de los homicidios en Costa Rica estaban vinculados al crimen organizado. En 2025, ese porcentaje era del 69% de los 873 homicidios registrados. Ese no es un cambio gradual — es una transformación estructural del paisaje criminal del país. Lo que empezó como narcomenudeo territorial ( los tipos de la esquina que mirábamos siempre , desde que estábamos en la escuela ), se convirtió en organizaciones con logística marítima independiente, estructura jurídica propia, tecnología de cifrado, armamento de guerra y capacidad de resistir militarmente al Estado cuando este llega a su puerta. El Diablo no era una anomalía — era el síntoma más visible de ese proceso. Empezó a los 19 años robando en viviendas. Con el tiempo construyó una red que operaba en Pococí, Guácimo, Sarapiquí, Pocora y San Carlos, dedicada al narcotráfico, los homicidios, el lavado de dinero, el sicariato y el contrabando dentro de los centros penitenciarios. Eso no se construye en secreto. Se construye en el espacio que el #Estado #deja #vacío.
Quinta clave — La arquitectura sigue en pie.
La captura del Diablo es un logro extraordinario y el OIJ merece reconocimiento incondicional. Pero la arquitectura que lo sostuvo durante tantos años — las redes de protección comunitaria, las complicidades institucionales, el armamento acumulado, la gobernanza criminal extendida que convirtió una casa en una fortaleza — no desapareció con su detención. Eso es lo que Costa Rica necesita procesar hoy con la misma seriedad con que celebra la captura. Porque cuando una organización criminal pierde a su líder, no desaparece. Se reorganiza. Disputa el vacío. Y mientras lo hace, la violencia sube temporalmente antes de que un nuevo actor consolide el control. La historia del crimen organizado en la región lo documenta con una consistencia que no admite excepciones cómodas.
Y por último , además muy importante :
Hay un contexto que no puede ignorarse: este operativo ocurrió mientras el Ministerio de Hacienda aplicaba un recorte del 42% al gasto operativo del Poder Judicial para el segundo semestre de 2026. El OIJ tiene una ejecución presupuestaria del 97% — no desperdicia recursos. Que haya logrado esta captura con presupuesto recortado no es argumento para recortar más. Es la evidencia más contundente de que con los recursos adecuados, los resultados podrían ser exponencialmente mejores. El actual ministro de Hacienda, Rodrigo Chaves, afirmó en abril: «Costa Rica ha recuperado dos poderes de la República: el Legislativo y el Ejecutivo. Nos falta el Poder Judicial.» Asfixiar financieramente a la institución que capturó hoy al criminal más buscado del país — mientras ese criminal operaba con armas de guerra a plena luz — no es gestión fiscal. Es una señal política cuyas consecuencias para la seguridad de todos los costarricenses son demasiado graves para ignorar.
El Diablo cayó esta mañana. Ese logro es real e histórico. Pero el crimen organizado al que Costa Rica se enfrenta hoy, ya no es el mismo de hace diez años. Opera con armamento de guerra, con casas de seguridad en comunidades donde tiene gobernanza real, con redes de protección que le permitieron sobrevivir todos estos años de búsqueda activa. Entender eso — con la misma valentía con que el OIJ ejecutó el operativo de esta mañana — es la condición mínima para que la próxima captura no cueste 10 años de espera y cinco agentes heridos. La seguridad humana no depende del OIJ. Lo que hay que evitar es que sigan reproduciéndose los “ diablos “ en cada barrio , distrito y provincia de Costa Rica”.
