Éramos adolescentes y por naturaleza, soñadores de lo que no teníamos, nacidos bajo la dictadura ensalzada como un milagro económico, digamos tal vez como la de Pinochet en Chile; no sabemos sus diferencias de fondo, y eso ya no es tan importante, pero si sus similitudes con la omnipresente y represiva fuerza militar, los escuadrones de la muerte, los desaparecidos, torturados o ejecutados, que fueron el pararrayos del conspirativo silencio colectivo.
Y la hora llegó, la dictadura firmó su sentencia de muerte con el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, el levantamiento popular y la convicción de que el cambio era necesario, no tuvo freno, y las condiciones internacionales se inclinaron totalmente a favor de ese cambio, una especie de tormenta perfecta convergió y abrió las puertas a la esperanza, al modelo soñado e incluso prometido, pero la práctica nos demostró que otra tormenta perfectamente negativa, azuzada por agentes externos, que desgraciadamente contaban con vastos recursos, construyeron el infame escenario del teatro de guerra que por 10 años asoló campos y ciudades, dejando una sociedad herida, dividida.
Y en la última década del siglo XX surgió la transición, asegurando el camino hacia la democracia, pero no funcionó del todo, y entonces reapareció la transición regresiva, aderezada con un profundo realismo mágico, personificado en el seudo caudillo reivindicador de la construcción mitológica de Sandino, redentor de los pobres y castigador de los imperialistas, padre del simbolismo cultural, de la realidad paralela y los fenómenos insólitos. Así nos conduce hoy hacia un servilismo patético, con nuevos amos imperialistas, con la hiper ficción de la felicidad colectiva lograda a través de sus sueños de grandeza, enriquecimiento sin límites y control absoluto de la vida de millones de personas.
Seguramente la hora llegará nuevamente, la incógnita es, hasta ahora, ¿qué pasará?
Ezequiel Molina
Octubre 18, 2023
