Ezequiel Molina | Diciembre 5, 2024
La geoeconomía se considera conceptualmente derivada de la geopolítica, pero los profundos cambios operados en la arena de las relaciones económicas internacionales, centrada cada día más en una funcionalidad global de la economía, así como las radicales transformaciones en la forma de hacer política, dedicada más al control del sistema financiero y las materias primas estratégicas, hacen de la geoeconomía hoy día, un concepto debatido entre estudiosos, dada su relevancia en el análisis de la economía mundial. En la década de 1990, el economista francés Pascual Lorot, definió la geoeconomía como, “el estudio de las estrategias de tipo económico (sobre todo, las comerciales) que utilizan los Estados en el marco de sus políticas con el objetivo de proteger las propias, conseguir dominar las tecnologías y los segmentos del mercado que resulten fundamentales para producir y comercializar sus productos, que se puedan entender como una fuente de poder o para proyectar su economía a nivel internacional”.
El presidente estadounidense James Monroe (1817-1825), proclamó la Doctrina Monroe (América para los americanos), la que tenía como objetivo principal impedir cualquier intento de recolonización de los países europeos en sus antiguos dominios en América, pero el ascenso económico de Estados Unidos como potencia mundial a finales del siglo XIX, requirió asumir nuevos conceptos, que rompieran los parámetros de dominio territorial cimentados en principios geopolíticos, dando lugar a nuevos paradigmas desde una concepción geoeconómica basada en la expansión de oportunidades comerciales globales para la creciente expansión de las exportaciones de EE. UU. Ello dio lugar a nuevas interpretaciones de la Doctrina Monroe, como la política de Puertas Abiertas (Open Door), redactada en 1899 por el Secretario de Estado John Hay, durante la presidencia de William McKinley (1897-1901), que en su primera fase determinó que China debería tratar a todos los países y empresas extranjeras de forma igualitaria, creando así una zona económica internacional que pusiera fin a la pugna entre Estados Unidos, Japón y los países europeos, que pretendían ejercer control sobre China.
El Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, dio paso a la formación de la Sociedad de las Naciones (SDN), organización internacional para promocionar la paz y la cooperación entre países, en la cual se presentaron los mecanismos diplomáticos y jurídicos para la aplicación de sanciones económicas con el objetivo de evitar la guerra, y que básicamente se inspiraron en los Catorce Puntos expuestos por el presidente estadounidense Woodrow Wilson (1913-1921), planteando que, “el uso de la economía en reemplazo de la fuerza militar era un poderoso instrumento de diplomacia internacional capaz de impedir con éxito una agresión armada”, y que el boicot económico era un “remedio pacífico, silencioso y letal”.
La Doctrina Monroe, la Doctrina de Puertas Abiertas y los Catorce Puntos, asumiendo las transformaciones jurídicas, políticas e ideológicas del nuevo orden mundial, constituyen un todo para delinear la política exterior de EE. UU. fundamentada en su liderazgo y su responsabilidad de “policía mundial”, así como la preeminencia de los principios liberales capitalistas, pero este intervencionismo ha generado que otras potencias reivindiquen sus propios espacios de intervención, así Rusia plantea que el antiguo espacio geopolítico de la extinta URSS debe considerarse su esfera vital de interés; China por su parte planteó en 2014 que, “corresponde al pueblo de Asia manejar los asuntos de Asia, resolver los problemas de Asia y mantener la seguridad de Asia”, lo que es considerado por analistas una versión de la Doctrina Monroe.
En 2010, el profesor de economía política internacional de la Coastal Carolina University, de Carolina del Sur, Sean Goforth, denominó la alianza entre Venezuela, Irán y Rusia con el acrónimo VIRUS, indicando que su propósito era sustituir a Estados Unidos como líder del orden global. En 2018, el Departamento de Defensa de Estados Unidos replanteó su política de Estrategia de Defensa Nacional debido a la fuerte influencia que potencias extra continentales han desarrollado en Latinoamérica durante las últimas tres décadas, a las que se ha sumado China, vigorizando el rechazo al respeto de los derechos humanos y reglas del juego claras en materia económica.
La influencia rusa en la región ha crecido exponencialmente desde la llegada al poder del chavismo (1998), y se ha materializado a través de la venta de armamento a Venezuela por billones de dólares en aviones de combate, sistemas de misiles y sistemas portátiles de defensa aérea; en aguas cubanas, el ejército ruso ha desarrollado ejercicios militares, incluyendo la presencia de un submarino nuclear en junio pasado. También Nicaragua ha prestado su territorio a Rusia, con la instalación de una estación terrena de la red de satélites GLONASS, así como la permanencia de tropas rusas en Puerto Sandino, a ello se añade la asesoría rusa a los cuerpos represivos y de inteligencia del sandinismo y el apoyo incondicional de la dictadura a Rusia, en todo foro internacional donde se requiera.
En este complejo panorama, con Nicaragua jugando en controversias de “grandes ligas”, y previendo los efectos de la trama geopolítica y geoeconómica que pretende articular el futuro inquilino de la Casa Blanca, misma que amenaza con medidas económicas a China, Japón, la Unión Europea y México, entre otros, se visualiza un panorama poco alentador para las pequeñas economías centroamericanas, y particularmente para Nicaragua y la dictadura sandinista, que con su participación en el trasiego de migrantes ilegales hacia Estados Unidos, su radical política exterior contra todo país e institución que promueva la libertad y la democracia, y su fuerte dependencia del mercado regional, las remesas enviadas por los emigrantes y las fuentes de financiamiento externo, que amenazan con cerrar sus puertas, delinean un 2025 sumamente complicado. Puede que la dictadura esté viviendo sus últimos meses de “manos libres”, reprimiendo y aplastando todo vestigio de democracia, en adelante tendrá que ocupar sus manos y la poca materia gris que los acompaña, para enfrentar las estrategias que desde ya deben estar preparando en el Departamento de Estado, para dar fin al eje Caracas-La Habana-Managua; la contraparte nacional, opositora al régimen, debe estar preparando su maquinaria para dirigir la tarea que les corresponde. Eso esperamos la mayoría de nicaragüenses.
