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Los miedos “de la Mamá Grande” en su reino de Paz

Yosmany Aguilera | 13 enero 2025

Estos son, señoras y señores, los verdaderos miedos de la Mamá Grande, soberana absoluta de su reino de Paz. La Mamá Grande, personaje del cuento Los funerales de la Mama Grande (1962), de Gabriel García Márquez, nos adentra en un mundo de dominio y autoritarismo ejercido por una figura femenina. Alrededor de la fecha en que Márquez escribe este cuento dos mujeres bordeaban la cúpula del poder político en Latinoamérica, «Evita» e «Isabelita», ambas esposas de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina en tres periodos.  

Igual que en El otoño del patriarca (1975), García Márquez nos muestra en Los funerales…, a un personaje (en su otoño) sumido en los delirios y la locura del poder, el autoritarismo y el control absoluto: «soberana absoluta del reino de Macondo» (García Márquez, 1977, p. 197). La «Mamá Grande» de García Márquez no solo comparte con Rosario María Murillo Zambrana (vocera de comunicaciones, secretaria, poeta, escritora, activista, vicepresidenta, copresidenta de Nicaragua, …) su aspecto grotesco y su poder absoluto, sino que, también, y por travesuras del cosmos, dos de sus nombres, pues la Mamá Grande era en verdad María del Rosario Castañeda y Montero. En su mansión de dos pisos y en su silla de bejuco la Mamá Grande dictaba todos sus mandatos, era una mansión «olorosa a maleza y a orégano, con sus oscuros aposentos atiborrados de arcones y cachivaches de cuatro generaciones» (García Márquez, 1977, p. 198); como esta, la casa de El Carmen es la cueva de Gollum desde donde con el poder del «Anillo Único» se inventan las leyes más absurdas de su país de Paz; pero que, además, sucumbe en humo de inciensos y de numerosas pócimas, llena de cuadros con frases de Lao-Tse, de colgantes con el ojo de Fátima, de condecoraciones inventadas, de estatuas de Buda (el del «desprendimiento»), de ángeles de luz, de velas, de chamanes tibetanos y de sal para «ahuyentar» las malas energías. Sin embargo, Rosario Murillo, así como Gollum (su alter ego) defiende su «Anillo de [l] Poder», el cual, según el mundo ficticio descrito en El señor de los anillos de Tolkien, simboliza el poder sobre los demás, la leyenda escrita en el anillo con caracteres élficos señala, (traducción del mago Gandalf): «Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas» (Tolkien, 2022, p. 42).  Pero con las decenas de anillos mágicos que Rosario Murillo carga en sus dedos busca algo más que mantenerse en el poder, busca alargar su vida como la que da el “Anillo Único” porque ella, simplemente, le teme a la muerte.

La Mamá Grande tenía un gran miedo, el de la muerte, puesto que «ella confiaba en que viviría más de cien años» (García Márquez, 1997, p. 199). Sin embargo, y como el poder político no sobrepasa el de la muerte, es en el mes de abril que se da cuenta que no podría lograr uno de sus objetivos de vida: «Dios no le concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de masones federalistas» (García Márquez, 1997, p. 199). Rosario Murillo, una especie de Mamá Grande en Nicaragua, debería ganarse este título en tanto ella misma considera que no hay nadie más grande que ella, los demás seres son «minúsculos», «puchitos», «chingastes», «hormigas», «cuantitos», «migajas», «rescoldos»  y todo adjetivo que remita a la pequeñez en sus sentidos; ella, al igual que la Mamá Grande de Márquez, no concibe la idea de irse de este mundo sin que «Dios le conceda el privilegio» de matar a todo ser que se ha levantado contra ella o se crea más GRANDE que ella; no obstante, como a la Mamá Grande, a Rosario María también le aterroriza la idea de que la muerte llegue pronto y le tumbe el poder, así lo demuestran sus poemas, entre ellos «En defensa del miedo»: «Y yo tengo mis miedos / a la muerte» (Murillo, 1985, p. 49); o, más aún, «miedo de olvidarme del miedo / de morirme, / hoy, ayer, mañana, cualquier día / estar dispuesta a la muerte» (Murillo, 1985, p. 50).   

La Mamá Grande imponía su poderío hasta por los ojos, de modo que en las fiestas pomposas de sus cumpleaños se vendía de todo, inclusive: «En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá Grande» (García Márquez, 1997, p. 201). Rosario Murillo emula a la Mamá Grande en tanto su imagen y la de Daniel Ortega se encuentran estampadas en todas las paredes de las instituciones estatales: centros de salud, hospitales, ministerios, centros educativos, en los libros de textos, parques, avenidas, etcétera. Pero la Mamá Grande era vista (y se veía a sí misma) por los ciudadanos de Macondo como un ser santo y virginal, lo que reflejaban los escapularios que ella misma vendía y que hasta el final de sus días: «Murió en olor de santidad» (García Márquez, 1997, p. 197). Lo anterior nos demuestra que el poder excesivo y el absolutismo lleva a crear en algunos personajes reales un halo de santidad y, en el caso de las mujeres, un sentido virginal. Eva de Perón fue una mujer que constituyó un precedente de este tipo: «Era una mujer excepcional, incomparable con el resto de los o las mortales, un ser que se aproximaba solamente a la madre por excelencia, o sea la Virgen María, una verdadera santa, Santa Evita» (Navarro, 2012, párr. 4); y de quien, además, su libro autobiográfico La razón de mi vida (1951), fue establecido como un libro de lectura obligatoria en el sistema educativo argentino. Por su parte, Isabel (-ita) de Perón (tercera esposa de Juan Domingo Perón) fue una mujer que también prevaleció en la silla del poder y a quien, además, se le atribuye un ejercicio de poder autoritario, así, fue ella la que firmó el llamado «decretos de aniquilamiento», desde donde las fuerzas militares y policías cometieron torturas, secuestros y ejecuciones con todas aquellas personas consideradas «subversivas»; en el 2007 fue acusada por crímenes de lesa humanidad, acciones semejantes que no se le pueden negar a santa Rosario María.

Si bien Rosario Murillo es una mujer que ejerce gran parte del poder político en la Nicaragua actual, es una mujer con ansias de poder que carcome todas las instancias y rincones del aparato estatal, es la mano invisible que, como la de la Mamá Grande, imparte «discretas instrucciones con su diestra adornada de anillos en todos los dedos» (García Márquez, 1977, p. 201) en su país de Paz. Sí, un país que, como Macondo, vive solo en su imaginario celestial y delirio: un país donde reina la paz, el amor, la solidaridad, la justicia; un país en el cual sueña ser la única soberana de su reino alabada y engrandecida gracias a su característica mesiánico: «Durante muchos años la Mamá Grande había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio» (García Márquez, 1977, p. 2016). Asimismo, Murillo ha creado un país dentro del cual pretende igualarse cueste lo que cueste en poder y belleza a aquellas mujeres peronistas o tal cual, como lo fue Isabel de Perón: primera dama, vicepresidenta y presidenta, pero que se convierte en un sueño imposible al no cumplir el requisito de belleza y que cada mañana «sobre el ritual del peine y del desodorante» (Murillo, 1985, p. 82), el espejo le recuerda su infortunio mientras el fantasma de la muerte se acerca: «Al espejo con su dedo temible, acusador, / insidioso, al calendario señalando una fecha más lejos / del nacimiento, más cercana del velo, de la muerte» (Murillo, 1985, p. 26, «De noche, muchos años»). Es un sacrilegio de las fuerzas sobrenaturales y de sus anillos que no tenga un espejo mágico como el de Juliana Soler que le conceda, aunque sea un instante, ser bella y segura de sí misma: «¡Y entonces / cómo verse ante el espejo / cómo, cada mañana…!» (Murillo, 1985, p. 127, «En mi pequeño, pequeño ser»). 

Rosario Murillo vive una muerte lenta que cada vez la tortura y carcome más, o como ella misma señalaría en su poema «Canción Antigua»: «Es más breve el incendio que la muerte» (Murillo, 1985, p. 104), o «esta pequeña muerte de / todos los días» (p. 106, de «Estaré aquí»). En los momentos de agonía en los que la Mamá Grande de Macondo se aferraba a la vida, estuvo basada en la decisión de la herencia que debería dejar a su legión de sobrinos, ¿a quién tendrá que heredarle sus bienes Rosario Murillo? ¿Cuáles bienes? ¿Bienes limpios o sucios? Como la Mamá Grande de Márquez, tendrá que heredar a sus hijos y nietos «los tres baúles de cédulas electorales falsas que conformaban parte de su patrimonio secreto» (García Márquez, 1977, pp. 206-207); pero, además, como suele pasar en el país de Paz de Murillo: «el mare mágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia» (García Márquez, 1977, p. 205). A este mare mágnum de fórmulas o «legislación abstracta» (como señala el autor en otro pasaje) habrá que sumar la que este lunes 13 de enero de 2025 se desarrollará en el plenario de la Asamblea Legislativa donde los diputados, empleados de la Mamá Grande, como el cerdito Hamm apretarán el botón enloquecidos por el temor. No solo son semejantes a Hamm por su destreza en apretar botones; sino que, además, por el papel de consumir dinero público para luego, vanamente, por el tapón encorchado desperdiciarlo.   

En fin, en esta historia de fantasmas vivientes cabe preguntarse, ¿quién de los dos eructará primero su último aliento? ¿La Mamá Grade de Nicaragua que como la de Macondo hace que el presidente no sea más que un amasijo sombrío de huesos?: «El anciano y enfermo presidente de la república desfiló frente a los ojos atónitos de la muchedumbre que lo habían investido» (García Márquez, 1977, p. 211). ¿O el «patriarca» que, durante su otoño, al ver muerta a la Mamá Grande resurja de las cenizas y escombros al poder?: «Y podía ya el presidente de la república sentarse a gobernar» (García Márquez, 1977, pp. 212-213). ¡No se sabe! Lo cierto es que ese día, cuando quiera que pase y quien sea que muera: «Vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales» (García Márquez, 1977, p. 213).

10 de enero de 2025

San José, Costa Rica

Referencias:

_____________. Todos los cuentos de Gabriel García Márquez, Casa de las Américas, 1977.

Murillo, R. (1985). En las espléndidas ciudades. Editorial Nueva Nicaragua.

Navarro, M. (2012). “Evita, Historia y Mitología”. Revista Caravelle [En línea], 98 | 2012, Publicado el 01 junio 2012, consultado el 10 enero 2025. DOI: https://doi.org/10.4000/caravelle.1185

Tolkien, R. (2022). El señor de los anillos: la comunidad del anillo. Editorial Minitauro.

*Yosmany Aguilera, Profesor de Castellano y Literatura y Coordinador de investigación del Centro de Acción para la Libertad (CAL)