Leonel Argüello Yrigoyen, médico epidemiólogo
En la era digital, acceder a información de salud es fácil, pero distinguir lo confiable de lo engañoso requiere criterio. No todo lo que circula en internet o en redes sociales es verdadero, y muchas veces los errores o fraudes se presentan de forma convincente. Por eso, es fundamental aprender a identificar fuentes seguras y basadas en evidencia científica.
Las fuentes más confiables suelen ser instituciones reconocidas como la Organización Mundial de la Salud, los Centers for Disease Control and Prevention y los National Institutes of Health. Estas organizaciones elaboran recomendaciones basadas en estudios clínicos, revisiones sistemáticas y consenso de expertos. También existen plataformas como PubMed y MedlinePlus, donde se puede consultar información médica validada.
Sin embargo, gran parte del contenido que consumimos no proviene de estas fuentes. Los engaños suelen atraparnos porque apelan a nuestras emociones. Por ejemplo, un video que muestra a una persona “curada” de diabetes con un remedio natural puede generar esperanza inmediata. También es común encontrar titulares como “Descubre el secreto que los médicos no quieren que sepas” o “Pierde 10 kilos en una semana sin esfuerzo”. Estos mensajes buscan captar la atención de forma rápida y suelen carecer de respaldo científico.
Las redes sociales amplifican este problema. Sus algoritmos o guías paso a paso ayudan a tomar decisiones o a resolver tareas de forma automática y priorizan el contenido que genera reacciones, no necesariamente el más veraz o cierto. Así, una noticia falsa puede difundirse más rápido que una corrección. Además, muchas personas confían en influencers o figuras públicas que no tienen formación en salud, pero que comunican con seguridad.
Otro riesgo creciente son los videos generados por inteligencia artificial. Estos pueden presentar supuestos médicos o expertos que recomiendan tratamientos falsos. Para detectarlos, es útil observar detalles como movimientos de labios poco sincronizados, expresiones faciales rígidas o voces artificiales. También es clave preguntarse: ¿existe esta persona?, ¿trabaja realmente en una institución reconocida?, ¿hay evidencia verificable de lo que afirma?
Para protegerte, aplica algunas reglas básicas. Primero, verifica siempre la fuente: ¿quién publica la información? Segundo, revisa la fecha, ya que en salud los datos pueden cambiar con rapidez. Tercero, busca respaldo en estudios o en guías clínicas. Cuarto, contrasta la información en al menos dos fuentes confiables. Y quinto, desconfía de cualquier producto o tratamiento que prometa resultados rápidos, totales o sin riesgos.
Un ejemplo claro es el uso de suplementos “milagro” para bajar de peso. Muchos se promocionan con testimonios y fotos antes-después, pero no cuentan con estudios sólidos que respalden su eficacia o seguridad. En cambio, las guías médicas recomiendan cambios sostenidos en la alimentación, la actividad física y, en algunos casos, el tratamiento farmacológico supervisado.
En conclusión, informarse adecuadamente es una forma de cuidar la salud. La clave está en combinar el acceso a fuentes confiables con el pensamiento crítico. No todo lo que parece real lo es, y en materia de salud, creer en información incorrecta puede tener consecuencias importantes a lo largo de toda su vida.
