Juan Carlos Gutiérrez Soto
Era mayo de 2018 en Managua y cenábamos un gallopinto recalentado, acompañado de una tortilla caliente. Eran días muy álgidos, con muchos hechos y emociones que registrar; muchas marchas en las que participar, muchas reuniones para analizar y organizar. En esa cena analizábamos la realidad con pasión metodológica. La escena se desarrollaba después de que regresara de una de las tantas protestas de esos meses. Mi interlocutor, una persona con importante trayectoria en las ciencias sociales y la política, me lanzó un llamado con tono seco, pero con cierto tacto: “Un sociólogo, un politólogo, debe tomar distancia para analizar con objetividad… es un error que estés metido en todo esto”.
Preferí asumir ese llamado como un mecanismo de resguardo, y sin duda pretendía plantarme un límite. Si bien al inicio me quedé con la pregunta atravesada: ¿distancia de qué, con respecto a quién y para qué fines? Mi respuesta fue directa y apeló a la ética humana y política, así como a la función transformadora de la ciencia, en cualquiera de sus ramificaciones. Por otro lado, la decisión de tomar posición ante una dictadura criminal ya había sido adoptada por tantas otras personas de mi formación, en mi país y en el mundo; incluso mi interlocutor lo hizo en su momento. Permítanme abordar estas dimensiones de mi respuesta: la ética humana, la ciencia, la política y la ética política.
¡Indignaos ante cualquier injusticia que un ser humano sufra! Para iniciar, podemos entender la ética humana como el conjunto de valores y principios que orientan mi conducta para reconocer la dignidad de cualquier ser humano y actuar ante la vulneración de esta. Que me duela el dolor de cualquier ser humano, donde sea que esté, y que actúe en consecuencia, con responsabilidad, pertenece a mi ética humana. Por ejemplo, acudir a la “Madre de todas las marchas” el 30 de mayo de 2018 en Managua para solidarizarme ante los asesinatos y exigir justicia y democracia; o marchar en cualquier ciudad del mundo para denunciar el genocidio en Gaza.
La transparencia del científico como recurso ético. El dilema es de vieja data: ¿puede (y debe) el científico social o político mantener distancia “objetiva” frente a los conflictos que estudia? Tal interrogante requiere dos premisas básicas para abordarla. En primer lugar, toda investigación está situada, ya sea por la historia personal de quien indaga o por la teoría asumida para su interpretación, entre otros muchos factores. Por tanto, la neutralidad es un mito, en ocasiones útil, pero inviable. En segundo término, conviene advertir que reconocer la implicación de quien investiga no autoriza a confundir el rigor metodológico con la consigna; ni el análisis con el panfleto, ni el chagüite, como decimos en Nicaragua.
En 1972, Pierre Bourdieu sostuvo que la “opinión pública” no existe, recordándonos que toda medición nace situada: depende de quién define el tema, del momento de aplicación, de cómo se formulan las preguntas y de cómo se tratan los “no sabe/no responde”. Más que negar los datos, su crítica exige transparencia del investigador y rigor en los instrumentos; así enlaza con la necesidad weberiana de distinguir hechos y valores y de asumir responsabilidad por los efectos reales de nuestras decisiones.
Entre las lecturas que han marcado a quienes entramos a sociología destaca El político y el científico de Max Weber, dos conferencias (1917 y 1919) sobre esos oficios y sus límites. En política, Weber privilegia una visión institucional de Estado y partido: poder estatal, reglas, jerarquías. Es clara, sí, pero limitada para pensar otras formas de participación y concepción de la política. Me resulta pertinente, eso sí, la articulación que hace entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad; esta última, tan ausente en muchos políticos tradicionales y profesionales, exige que se decida asumiendo con responsabilidad los efectos reales, sin quedarse en “las buenas intenciones” o consignas.
Si la política es vocación de decisión, la ciencia (en un mundo desencantado) es vocación de lucidez. No promete valores ni verdades últimas: clarifica problemas, muestra relaciones causales y corrige errores. Es trabajo especializado que requiere método, disciplina y humildad; ofrece verdades parciales, revisables y abiertas al seguimiento. Weber insiste en la neutralidad de valores: separar hechos de valores. Aunque elegir el objeto ya implica una toma de posición. El científico, nos dice Weber, no viene a “salvar al mundo”, sino a servir al conocimiento con integridad (además de dormir y ganar poco).
Comparto la importancia de la responsabilidad en las decisiones y del rigor analítico. Pero, más que la neutralidad, reivindico la transparencia ética: decir desde dónde miro, con qué valores valoro y qué teorías empleo. Este marco ético no me exime de sesgos (quien esté libre, que tire la primera piedra), pero permite debatir con honestidad y sin trucos bajo la mesa.
La política trasciende al Estado: se encuentra en la calle, en la comunidad y en la memoria colectiva. Desde las teorías políticas del “Norte global” hasta las corrientes de coloniales, la política no se reduce al desempeño en las instituciones del Estado ni a la gestión partidaria del poder; abarca también las prácticas, disputas y significados que se dan en la sociedad, los territorios y la vida cotidiana.
Hannah Arendt concibe lo político como el espacio donde las personas actúan juntas (en acción y palabra) para ordenar la diversidad desde elementos comunes, una “igualdad relativa” en la comunidad. La política es, ante todo, la posibilidad de actuar en común; no se reduce al acceso al poder ni a su gestión dentro del Estado.
Ética política como ejercicio de juicio y acción. Al inicio del artículo me referí a la ética humana; ahora, de la mano también de Arendt, voy a abordar la ética política. La filósofa alemana (en sus libros Eichmann en Jerusalén y La condición humana) ofrece una perspectiva especialmente pertinente para mí: la ética política no se reduce a las buenas o ausentes intenciones, ni a la conciencia individual, sino a la capacidad de analizar críticamente el contexto y actuar en el espacio público. En Arendt, la praxis, entendida como la acción concertada entre iguales, es el núcleo mismo de la vida política.
Con ganas de repetir aquella cena de gallopinto con mi interlocutor, hoy le añadiría un par de ideas, con respeto, calma y la dignidad que dan siete años vividos. Le diría, con la ayuda de Antonio Gramsci (el de Cerdeña y autor de Cuadernos de la cárcel), que ser científico y hacer política no se excluyen: se exigen. La filosofía de la praxis, de la acción, reclama conocimiento situado para orientar una batalla de posiciones ante un proyecto de sociedad y, también, de Estado. El científico no es propagandista, o no debería: es un intelectual que traduce teoría en lenguaje común, organiza, eleva el nivel crítico y convierte diagnósticos en líneas de acción. La “neutralidad” imposible se sustituye por rigurosidad, reflexividad y responsabilidad: mapear trincheras culturales, probar hipótesis en la vida concreta y rendir cuentas por sus efectos. Así, articulo método sin panfletos y actúo junto a otras y otros.
Después de la cena, lavamos los platos. ¡Salud!
Juan Carlos Gutiérrez Soto | Sociólogo y politólogo. Candidato a doctor en ciencia política por la Universidad de Salamanca. Experiencia en análisis político prospectivo y de actores sociopolíticos. Ha sido integrante de organizaciones opositoras: Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, Unidad Nacional Azul y Blanco, y Coalición Nacional, entre otros. Actualmente exiliado y es parte de los 315 nicaragüenses que la dictadura les ha suprimido la nacionalidad. Ha sido investigador y coordinador de programas en centros de investigación y organismos internacionales: PNUD, UNICEF, IPADE, FUNIDES, entre otros.
*Artículo de opinión publicado originalmente en Divergentes
