Pedro González*
Cuando en el 2022 Arturo McFields desertó de las filas sandinistas y acusó al régimen de violar las libertades y los derechos humanos, me preguntaron si era el comienzo del fin. No creo, dije entonces. Todavía no.
Cuando echaron preso a Bayardo Arce publiqué en este medio que no iba a haber repercusiones entre los sandinistas. Y no la hubo.
Pero ahora las cosas han cambiado porque ha entrado en juego otra variable en la ecuación. La extracción de Maduro y la intervención en Irán, con la muerte del ayatolá Ali Jameiní, le han demostrado a los sandinistas que el gobierno de Trump no está jugando. Y que si enfoca su mira hacia ellos, ellos no van a poder resistir, ese va a ser su fin.
Y esa variable, la del fin, no estaba entre los costos que los sandinistas habían incorporado a su análisis de costo y beneficio. Ellos apoyaban y apoyan al régimen porque los beneficios son más grandes que los costos. La administración de Trump le sube los costos.
A esto se le suma el hecho de que las dos cabezas que mandan en el partido no giran orientaciones ni informan a la militancia, quizá porque en la nueva coyuntura Murillo y Ortega no saben qué hacer. Cuando EEUU capturó a Maduro, los medios sandinistas no reportaron la noticia como los otros medios. Eso hace que ahora los sandinistas busquen noticias en los medios de la oposición.
Ahora sí los sandinistas de base han comenzado a vacilar.
Pero todavía no están listos para abandonar el barco. Están esperando instrucciones desde arriba, que en este caso puede ser el binomio Murillo-Ortega o la administración Trump. Trump puede dar una empujadita.
Los sandinistas actuales no se caracterizan por tener pensamiento propio, por estar dispuestos al sacrificio. Esta no es una militancia como la de los sesenta, setenta u ochenta. Estos son militantes de los beneficios, de los buenos salarios, de las mordidas, del figureo. La gran mayoría de los sandinistas no va a resistir.
El régimen nunca ha estado más débil que ahora.
*El autor es nicaragüense.
