El FSLN ha funcionado organizativamente más como una estructura de mando militar o una maquinaria clientelar que como un partido democrático moderno, pero eso no deslegitima a quienes simpatizan con Sandino. Lo que existe es un secuestro de esa identidad por parte de una cúpula dirigencial abyectamente corrupta, intransigente y autoritaria que no ha hecho otra cosa que desvirtuar a ese importante segmento poblacional, identificado con las banderas de un relato de lucha anti intervencionista, de una identidad generacional, de un simbolismo de dignidad frente a injusticias pasadas y de una memoria familiar. Es decir, los principales enemigos del sandinismo son los actuales dictadores que residen en El Carmen y su círculo cercano.
La existencia del sandinismo, una vez se produzcan los profundos cambios que se avecinan en el espectro político de Nicaragua, es responsabilidad de todos, de quienes adversamos a esa fuerza política, porque debemos reconocer que son una realidad legítima, y de la nación entera, porque un proyecto inclusivo pasa necesariamente por una democracia pluralista que requiere del debate, el disenso y la diversidad ideológica. No se trata de eliminar identidades políticas, sino de desarmar lógicas autoritarias.
Hemos conversado con algunos sandinistas, que no respaldan los abusos, no justifican las violaciones y no se sienten representados por la familia gobernante, pero tampoco quieren renunciar a su identidad histórica, y eso plantea la exigencia de construcción de puentes que garanticen con transparencia que todo sandinista que no ha cometido delitos sienta que el Estado de Derecho también lo protegerá y garantizará su existencia en el futuro, sin miedo a la exclusión, a la pérdida de derechos, a la persecución o a acciones revanchistas. Debe garantizarse que no habrá persecución colectiva, y que la justicia debe ser individual, basada en hechos y bajo el debido proceso; no se juzgarán identidades políticas, se juzgarán delitos. Su identidad política y su participación en la construcción de la nueva Nicaragua debe ser garantizada.
Además, el reto histórico del futuro cercano, demandará la participación de todas las fuerzas del espectro político nacional y demás fuerzas vivas del país, el nuevo proyecto debe cimentarse sobre las bases de estabilidad, justicia, desarrollo, educación, institucionalidad y derechos sociales. La cultura política debe orientarse hacia el respeto, el diálogo, la participación, la responsabilidad y el rechazo al pernicioso caudillismo, el cual la cúpula de El Carmen lo ha convertido en su máxima expresión, aun cuando el sandinismo original pregonaba combatirlo y erradicarlo.
En esa tarea de reconstrucción nacional, reconocer la pluralidad de identidades políticas no es una concesión, sino una condición indispensable para que Nicaragua sea un país donde la ciudadanía valga más que las lealtades impuestas. El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad de edificar una democracia donde nadie tema por pensar distinto y donde el pasado deje de ser un arma para convertirse en memoria crítica. Solo así podremos abrir un horizonte común que convoque a todos.
Ezequiel Molina
Marzo 3, 2026
