José Alberto Montoya
La discusión no debería ser si el doctor Sergio Ramírez Mercado “merece” o no ocupar un asiento en la Real Academia Española. Ese reconocimiento responde a una trayectoria literaria imposible de negar. Ramírez se consolidó desde hace décadas como una de las voces más importantes de la literatura centroamericana, un autor que convirtió la memoria política y social de Nicaragua en materia narrativa, y que terminó pagando el precio del exilio en la última etapa de su vida por confrontar al poder que alguna vez ayudó a construir.
La verdadera discusión está en otro lugar.
La polémica alrededor de su figura vuelve a evidenciar un problema más profundo: la incapacidad histórica de Nicaragua para hablar honestamente de sí misma. Durante años nos acostumbramos a reducir el país a dos caricaturas enfrentadas. Para unos, todos los “contras” eran fascistas; para otros, todos los sandinistas eran asesinos. En medio de esa simplificación brutal desaparecieron los matices, las responsabilidades compartidas y, sobre todo, la verdad.
Pero Nicaragua ya no es únicamente el país de los contras y los sandinistas, aunque lo señores de lo político sigan atrapados en esa lógica de los años ochenta. Hoy existe una generación distinta, marcada por el exilio, la represión y el desencanto, que intenta rescatar una nación que se desmorona entre la memoria manipulada y el autoritarismo renovado. Una generación menos interesada en defender relatos partidarios y más preocupada por entender qué nos ocurrió realmente.
Y para hacerlo hay que asumir algo incómodo: tanto la dictadura somocista como la revolución sandinista dejaron heridas que nunca terminaron de cerrarse. Fueron periodos atravesados por violencia, corrupción, miedo e incertidumbre. En ambos casos hubo sectores que prefirieron construir relatos heroicos antes que admitir errores, abusos y crímenes. El problema es que aquello que se esconde nunca desaparece; simplemente se acumula debajo de la alfombra hasta que termina explotando décadas después.
Por eso el caso de Sergio Ramírez genera tanta tensión. No porque exista duda sobre su dimensión intelectual, sino porque fue vicepresidente de Nicaragua en uno de los periodos más duros de la guerra. Un contexto atravesado por la intervención estadounidense, el conflicto armado y una polarización feroz. Y aunque ese contexto explique muchas cosas, no puede servir para cancelar cualquier discusión pendiente sobre responsabilidades políticas y morales de aquella época.
El gran error de muchos dirigentes de entonces —de izquierda y de derecha— fue creer que el tiempo bastaría para borrar las preguntas incómodas. Nunca hubo un esfuerzo serio por rendir cuentas ante la población nicaragüense, por reconocer excesos, por abrir archivos, por escuchar víctimas o por construir una memoria común. Hoy esa omisión pesa sobre nuevas generaciones que heredaron relatos rotos y verdades incompletas.
Mientras tanto, los sectores más radicales continúan utilizando esa deuda histórica como arma política. Algunos lo hacen desde un oportunismo conservador que olvida sus propias complicidades con el somocismo o con los pactos corruptos del pasado. Otros, desde una izquierda incapaz de aceptar que dentro de sus propias filas también hubo criminales, abusadores del poder y violadores de derechos humanos.
Nicaragua difícilmente podrá reconstruirse mientras cada sector solo exija memoria para los crímenes ajenos y silencio para los propios.
Tal vez la lección más importante para mi generación sea precisamente esa: no volver a esconder nada bajo la alfombra. Porque cuando un país renuncia a confrontar su verdad, termina condenado a repetirla.
