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El juicio de la palabra: Sergio Ramírez y el derecho a la posteridad

Por: Sergio Marín Cornavaca

Nicaragua es un país que, en su afán por devorar a sus propios hijos, suele olvidar las lecciones de su pasado más glorioso. Hoy, mientras una facción de ciudadanos nicaragüenses —movidos por un resentimiento que parece ignorar el paso del tiempo y la evolución de las ideas— intenta bloquear el ingreso del escritor Sergio Ramírez Mercado a la Real Academia Española (RAE), no puedo evitar sentir un profundo déjà vu histórico. Estamos ante el rancio eco de 1907, cuando los detractores de Rubén Darío (conservadores por cierto y confesos clericales) intentaron, con la misma virulencia, sabotear su labor diplomática en Madrid, tildándolo de «siervo de la tiranía» de Zelaya.

La falacia de la acusación extemporánea

Lo que resulta asombroso de la actual campaña contra Ramírez es su carácter selectivo y tardío. Sergio Ramírez dejó el poder en 1990. Desde entonces, transitó por una ruptura frontal y valiente con la estructura ortodoxa y autoritaria del FSLN; una distancia que ha quedado esculpida en su obra literaria y en su actuación pública. Aquellos que hoy le piden cuentas por su pasado, ignoran deliberadamente que la mayor contribución de un intelectual es precisamente su capacidad de aprendizaje y su valentía para rectificar frente a la ceguera del poder. La capacidad de evolucionar y de romper con el autoritarismo no es un pecado que deba perseguirse, sino una virtud democrática.

Pasaron los dieciséis años de los gobiernos de Violeta Barrios de Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños; pasaron incluso los años en que el orteguismo consolidaba su retorno al poder, y en todo ese tiempo, nadie utilizó los canales formales para presentar una acusación sólida. Es evidente entonces que este “activismo” de última hora no busca justicia, sino el «enlodamiento» mediático que se activa precisamente cuando el escritor alcanza una cumbre internacional o cuando su voz se vuelve incómoda para el autoritarismo.

El respaldo de la inteligencia frente a la visceralidad

Frente a los ataques se ha levantado un muro de contención intelectual que Nicaragua debe escuchar. Periodistas como Wilfredo Miranda concluye su artículo con este lapidario párrafo: “ Sin embargo, la mayor ironía de la campaña contra Ramírez es también la más torpe: Nicaragua es un país que ha dejado de importar en los tableros donde se toman decisiones. No tenemos el petróleo de Venezuela ni el peso simbólico acumulado de Cuba. Los informes de la CIDH y la ONU se suceden sin mayores consecuencias. En ese vacío, Ramírez es uno de los pocos nicaragüenses con acceso real a los espacios donde se forma opinión global. Su silla en la RAE sería una tribuna permanente ante 600 millones de hispanohablantes. Torpedear su candidatura a la silla L no es un acto de “justicia histórica”. Es contribuir, miopemente, a que Nicaragua siga siendo invisible cada vez más.”

Por su parte el economista e historiador Enrique Sáenz ha dicho: “El mismo odio que despierta en la mafia en el poder la candidatura de Sergio a la RAE, también lo despierta en la facción fascistoide que forman algunos nicaragüenses. Los une el odio.”

El escritor nicaragüense exiliado en España César Augusto Bravo Vargas dice que los ataque contra Ramírez reflejan una falla de estrategia colectiva: “Convertir a una voz que denuncia en blanco interno no fortalece la causa: la debilita, la dispersa y la vuelve menos eficaz frente al poder que pretende confrontar.”

El ex preso político y empresario Luis Rivas han puesto de relieve que la literatura no puede ser rehén de las facturas políticas de 1979 e identifican que este ataque proviene de sectores que parecen no perdonar a Ramírez su lucidez para diseccionar, desde la narrativa, el fracaso del proyecto revolucionario que él mismo ayudó a fundar.

El académico Andrés Pérez Baltodano en su más reciente artículo de opinión expresó lo siguiente: “Digámoslo con todas las letras: nunca antes en la historia de Nicaragua un actor nacional del nivel que alcanzó Sergio Ramírez durante su carrera política ha rendido cuentas y asumido sus responsabilidades, con la claridad y la abundancia con que lo ha hecho él. De esta forma, ha contribuido de manera significativa a la construcción de la memoria histórica, tan necesaria para nuestro país.”

Otra voz importante como la del sociólogo y ensayista Oscar René Vargas expresó en mi programa de ayer que “Sergio Ramirez Mercado es un intelectual de los más importantes en América Latina y es una voz que lucha contra la dictadura”.

El activista político de oposición Juan Diego Barberena ha expresado que “Sergio Ramírez se consagrará como el escritor nicaragüense más importante en la historia solo un poco detrás de Rubén Darío.”

La RAE no es un tribunal de ética política ni una comisión de la verdad; es el custodio de una lengua que Sergio Ramírez ha enriquecido como pocos.

El peligro de la «Ley del Talión» cultural

Los detractores —algunos vinculados a un pasado que no termina de procesar su odio— parecen ver en la silla «L» de la RAE la oportunidad para una revancha que la historia ya decidió. Es una «cancelación» que utiliza los mismos métodos de la intolerancia que dicen combatir. Si el propio régimen que hoy oprime a Nicaragua lo ha desterrado y borrado de los registros civiles por considerarlo un enemigo de su sistema, ¿con qué autoridad moral sus detractores pretenden desterrarlo también de la lengua española?

Como señalamos recientemente en La Mesa Redonda, pretender que la Academia actúe como un sensor político es un error de proporciones históricas. Si Nicaragua hubiera escuchado a quienes pedían cancelar a Darío por ser el rostro de Zelaya, hoy nuestra bandera no tendría el azul cobalto de su poesía. La literatura trasciende los regímenes. La palabra de Sergio, despojada hoy de su nacionalidad por un decreto infame, ha encontrado en el español su verdadera y única patria.

Una cuestión de justicia y patriotismo cultural

Defender el nombramiento de Sergio Ramírez es un acto de patriotismo cultural. Es entender que la representación de Nicaragua en el canon global del idioma no puede estar sujeta a las pasiones de un reducido grupo que prefiere el silencio del autor a la gloria del país. La miopía de este sector radica en no entender que Sergio Ramírez ya no le pertenece a una facción política; le pertenece a la historia de la resistencia civil y a la construcción de una narrativa nacional que se niega a ser silenciada.

Epílogo para la posteridad

Las firmas en peticiones digitales son efímeras, se las lleva el viento de la próxima tendencia. Los libros, en cambio, son eternos. La posteridad no recordará los nombres de quienes hoy envían cartas a la RAE intentando cerrar puertas; la posteridad leerá a quien supo narrar, con ingenio, elegancia y rigor, el siglo de fragua nicaragüense. Intentar detener su ingreso es como intentar tapar el sol con un dedo: podrán recolectar firmas, pero no podrán borrar una sola página de la memoria que Sergio ha escrito para nosotros.

Hago un llamado a la prudencia y a la decencia intelectual. No permitamos que la historia nos encuentre, una vez más, intentando apagar la luz de nuestros propios faros.