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Xavier Ruiz Ribes

Anda medio mundo desconcertado e indignado por las palabras pronunciadas por Daniel Ortega el pasado 19 de julio, en el acto anual que conmemora el triunfo de la Revolución Sandinista de 1979. En concreto, por haber dicho textualmente que “no volverán a haber elecciones” y que “aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis, puestos por los somocistas, volverán a llegar al Gobierno.” Y para que no quedara duda, repitió por tres veces un solo vocablo: “¡Jamás, jamás, jamás!”.

Bien está que se alcen voces de denuncia en países, organismos y medios periodísticos ante cualquier nueva arremetida contra las libertades y la democracia en Nicaragua, como ha ocurrido en este caso. Pero a riesgo de parecer aguafiestas vengo a advertirles de un par de cosas: ya hace al menos una década, tirando por lo bajo, que en Nicaragua no hay elecciones libres, y nadie con un mínimo de juicio podía pensar antes del 19 de julio que con Ortega en el poder iba a haber elecciones en algún momento del futuro cercano.

Todo esto lo sabían los nicaragüenses, dentro y fuera del país, y los que seguimos de cerca la evolución decadente del régimen dictatorial. Y se sabe por la fuerza de los hechos: después de 355 asesinatos registrados por la CIDH desde abril de 2018, de cientos de miles de exiliados buscando refugio allende las fronteras, de desnacionalizaciones directas y de apatridias de facto, de persecuciones a obispos y sacerdotes católicos, de la prohibición de prensa y radios independientes, de sicariato transnacional operado desde embajadas exteriores y, en fin, de la imposición de un estado de terror que impide la más pequeña disidencia u opinión discrepante, pensar que Ortega iría a someter su poder absoluto y dinástico en las urnas sería de una ingenuidad disparatada.

Y aun así hay que reconocer que en algunos círculos políticos se barajaba la opción de estar preparados para unas hipotéticas elecciones en noviembre de 2027, cuando esta misma fecha ya era un invento irregular para no celebrarlas cuando correspondía, que era en noviembre de este mismo año. Y parece que los descarados y sistemáticos fraudes previos, la ilegalización de todos partidos de oposición verdadera (cuyos líderes ya fueron además encarcelados por una larga temporada) o el miedo de la población a ejercer el sufragio en un contexto adverso, no fueron suficientes para seguir insistiendo con la exótica idea de que, ahora sí, nos íbamos a disputar la presidencia en unos comicios libres y transparentes.

Que Ortega haya puesto negro sobre blanco lo que ya se sabía también ha causado un sinnúmero de interpretaciones, básicamente para intentar entender cuál es el sentido de hacerlo público precisamente ahora y conjeturar el trasfondo estratégico de esta declaración. Una vez más, la sobrevaloración de un individuo que desde hace años no ha verbalizado nada que pueda considerarse digno de una mente equilibrada, poseedor además de un intelecto rayano con la indigencia, choca con la idea de considerar acabada esta dictadura, que ha ido cavando su propia tumba a ritmo de una represión tan desbocada como suicida.

Basta escuchar el discurso completo, siempre deshilvanado e incoherente, con repeticiones y lapsus lingüísticos que quizá anticipen algún deterioro cognitivo, para dar por zanjada la pretendida interpretación compleja de su andanada, dicha a vuelapluma y seguramente animado por el carrusel de policías y militares que escenificaron esa misma noche lo poco que le queda ya a la dictadura: una fuerza armada cooptada por el simple interés económico de su alta dirigencia y un público de funcionarios rehenes de su propia miseria moral.

Pero eso no obsta, claro, para reconocer que se toman y se seguirán tomando decisiones para destruir la poca institucionalidad que queda en pie y erigir un sistema omnímodo que devora todo lo que no responde a la fidelidad total y sumisa, incluyendo a sus propios miembros que no sigan al pie de la letra los dictados de la pareja gobernante. Y, dicho sea de paso, la destrucción no es sólo simbólica: las recientes concesiones mineras y los despojos de tierras y propiedades se traducen en tierra arrasada y ocupación de los sitios ancestrales de la población indígena, cuyos miembros también deben huir para no ser asesinados por colonos desalmados.

Todo esto y más es lo que se viene antes del desmoronamiento definitivo del régimen, y estaría bien que las fuerzas opositoras se delinearan hacia los objetivos urgentes, que son acelerar esa caída mediante la conformación de un contrapoder legítimo, con unidad estratégica y que consiga atraer la simpatía general de la población. Nada hay peor en política que el desinterés o el pesimismo: si no se logra un consenso emocional alrededor de unas ideas y un liderazgo, el único mensaje que seguirá resonando será el de las diatribas dichas en plaza pública por un viejo decrépito, y las únicas elecciones que verán nuestros ojos serán los amaños y triquiñuelas que quieran inventarse a partir de ahora.

Confío que, después de la pasmosa solución venezolana, a nadie se le ocurra pedir otro protectorado para Nicaragua. Pero sí es necesario pasar también a otra fase de la presión internacional, que ha demostrado su fracaso en la construcción de un esquema basado en declaraciones y resoluciones, movimientos diplomáticos para rebajar el estatus de algunas embajadas y sanciones puntuales contra los principales perpetradores del régimen. Esta vía quedó agotada y solo queda esperar un nuevo paradigma que permita socavar de manera más directa el poco apoyo interno que le queda a la dictadura.

Dejemos, pues, de hacer caso a las palabras huecas y a las sentencias ya conocidas. Mientras se hable de lo que dice Ortega, no se habla de lo que dice cualquier opositor, y si hay alguna mínima táctica en la puesta en escena de cada aquelarre organizado por el régimen, sería la de desviar la atención de lo urgente para que nos centremos en lo que ellos quieren que escuchemos. Sí: en una dictadura no hay elecciones, ¡menudo descubrimiento! Tampoco hay oposición ni disidencia. Cerremos pues el altavoz oficial, alcemos nuestra propia voz y escribamos el argumento de la historia que viene. Para que ningún nicaragüense tenga que volver a callar ni a esconderse por miedo ni por obligación. Jamás, jamás, jamás.

*El autor es cooperante español en Centroamérica

Opinión publicada originalmente en La Prensa