Ezequiel Molina | Enero 24, 2025
Somos testigos presenciales de cambios paradigmáticos que hace unas pocas décadas eran impensables, y eso abarca todas las esferas de la vida ciudadana, individual y colectiva; la consideración anterior no tiene ningún carácter novedoso, tampoco orientador y mucho menos intención alguna de querer cambiar algo, pero a la luz del rumbo que la economía mundial está tomando con los nuevos actores tomadores de decisión, y de los cambios en los principales ejes de influencia que moldean toda sociedad, como son educación, comunicación y salud, por mencionar algunos, vale la pena tener algunas consideraciones que pudieran contener alguna validez en el actual contexto, pero que ciertamente no podemos dejar de pensar que existe un alto grado de fragilidad en su grado de permanencia, cualquiera sea el plazo temporal considerado.
Lo anterior no significa que creamos que la vida de millones de personas cambiará por arte de magia, y que tampoco esos cambios alcancen a todos por igual, la primera consideración, sin obedecer a un orden jerárquico, es la forma en que hemos sido educados y formados, pasamos de la escuela que transmitía conocimientos y estimulaba limitadamente el pensamiento crítico, orientaba un orden social que daba preeminencia a la familia, un orden ético y moral inquebrantable y una competitividad basada en la meritocracia, a una escuela que privilegia el uso de tecnologías sustitutivas de la creatividad y el análisis, y que da por sentado que todo está hecho, promoviendo una competitividad basada en capacidades transaccionales, la comunicación personal directa fue sustituida por la virtualidad de medios e instrumentos electrónicos, y la salud pasó de ser un servicio público o privado, dedicado a la búsqueda de paliativos o a la erradicación de padecimientos, a un negocio de marcas y patentes.
En el plano político, las cosas no marcan buen paso, y es que la clase política, de izquierda o derecha, o de cualquier otro signo, marcando ultras o centros, no cumple su palabra empeñada frente a los electores, y aun cuando algunas de estas denominaciones políticas han renegado históricamente de los procesos electorales, hoy día son asumidos y manipulados para lograr atornillarse al poder; también surgen nuevas o viejas tendencias restauradas, pasando por propuestas disruptivas, anti sistema, o simplemente basadas en confusas propuestas que prometen unos cambios acordes con la velocidad de las transformaciones de la ciencia y la técnica, evadiendo el tema central de la exagerada concentración de poder y riqueza en manos de unos cuantos grupos controladores del quehacer socioeconómico y político, sin que exista un contrapeso, que a decir verdad, se ve cada día más lejano.
Países como el nuestro, carente de recursos estratégicos, y que el tamaño de su economía es el más reducido de Centro América, podría estar en una posición de ventaja relativa, porque eso nos deja fuera del punto de mira de las potencias que buscan afanosamente el control geoeconómico de grandes economías y el dominio geopolítico de países con reservas importantes de esos recursos estratégicos, pudiendo eso traducirse en una oportunidad para la búsqueda real de un sistema político-administrativo democrático y respetuoso de la ley, que promueva y priorice un nuevo pacto social que apunte, entre otros, a una distribución equilibrada del ingreso, a la autosuficiencia alimentaria, al freno del deterioro ambiental, al respeto amplio de las etnias y a la modelación de un sistema educativo articulado al potencial territorial, y a una visión de largo plazo alejada de vaivenes generados al calor de los reemplazos administrativos de los recursos públicos. Buscar la sensatez, el interés común y la unidad de la familia nicaragüense es apremiante ante la oleada de nacionalismos, radicalismos y sofismas alimentados en las grandes potencias. Y es la caída de la dictadura el primer paso para comenzar esa compleja, difícil y seguramente alentadora construcción del país que queremos.
