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Contra el espejismo ideológico, la verdadera fractura en la oposición a la dictadura

Yaritzha Mairena | 24 junio 2025

Cuando se habla de polarización política, suele reducirse el debate a una lectura ideológica simplista: izquierda contra derecha, progresismo frente a conservadurismo, comunismo versus liberalismo, o más recientemente, progresismo versus libertarismo. Esta forma de interpretar el conflicto instala una imagen de lucha entre extremos donde parecería que las ideas están en el centro de la disputa. Pero esa lectura es engañosa y, en muchos casos, superficial.

En Nicaragua, la polarización ideológica ha existido históricamente, marcada por enfrentamientos entre liberales y conservadores. Más adelante, el sandinismo pasó a ocupar el centro del conflicto político, enfrentando a distintas corrientes, no porque representara una doctrina coherente, sino porque ha operado como un sincretismo autoritario, que toma símbolos e ideas según le conviene, sin un marco teórico definido.

Hoy, dentro de la oposición nicaragüense, lo que se llama «polarización ideológica» no se basa en ideas bien estructuradas, sino en vínculos emocionales con esas ideas. No estamos frente a una disputa de modelos incompatibles, sino ante una polarización afectiva, donde el otro es percibido como una amenaza, no por lo que piensa, sino por lo que representa emocional y simbólicamente. Nos encerramos en círculos de afinidad, donde sólo escuchamos a quienes piensan igual, y reafirmamos nuestra identidad política a través del rechazo al diferente.

En ese clima, las etiquetas de izquierda y derecha se han vaciado de contenido y se utilizan como herramientas simbólicas para ocupar un lugar en la lucha por el poder. No se busca construir un proyecto ideológico coherente, sino sostener una narrativa populista, donde el antagonismo moviliza emociones, no ideas. El resultado es una estrategia discursiva deformada que reemplaza el debate político real por un teatro de afectos.

Sin embargo, basta con revisar los documentos, propuestas y experiencias concretas de los últimos años para ver que no existe polarización ideológica en la oposición nicaragüense. Grandes consensos a nivel económico se han establecido, basados en principios bastante deseables: control de monopolios, garantía de libre mercado con énfasis en pequeñas, medianas empresas y emprendedores, acceso a tecnología y sostenibilidad. Los pocos disensos existentes no impiden llegar a acuerdos para una transición democrática. Las diferencias ideológicas entre progresismo y liberalismo cuando aparecen- se reservan más bien para una discusión futura, en democracia, sobre el alcance y las responsabilidades del Estado.

Otros consensos importantes pueden encontrarse en los documentos fundacionales de organizaciones nacidas tras el 2018, y en los estatutos de plataformas como la Coalición Nacional, donde participaron partidos de ideologías disímiles. ¿Cómo fue posible que el MRS – hoy Unamos- y el PLC se sentaran a consensuar posturas políticas y propuestas para la transición? Porque, cuando se pasa del discurso a la realidad, y cuando hay voluntad política en un contexto determinado, los consensos son posibles y se alcanzan con relativa facilidad.

Y a propósito de su reciente y sentido fallecimiento, un ejemplo histórico de que los consensos son posibles fue la elección de Violeta Barrios de Chamorro en 1990, cuando una coalición diversa antepuso el interés nacional a las diferencias ideológicas para abrir una ruta democrática tras la guerra. Aunque la transición fue compleja, mostró que, con voluntad política, los acuerdos son viables y necesarios.

Entonces, ¿dónde está el verdadero problema? El problema no es ideológico, es la falta de discusión política de fondo, sobre las estrategias o rutas de salida de la dictadura. El problema es que estos puntos centrales y de fondo no se han logrado discutir abiertamente debido a la polarización afectiva.

Es indispensable debatir sobre: la estrategia de transición pactada que implica niveles de impunidad con los que ciertas organizaciones y, sobre todo, sus dirigentes (quienes tienen mayor poder de influencia) están dispuestos a convivir. Convivencia o cohabitación política con el sistema sandinista, no desde una visión de reconciliación social, sino, desde una lógica en donde el sistema sandinista constituido específicamente para perpetuar la impunidad y la corrupción, pueda seguirse manteniendo, pero que se establezca una apertura democrática en donde la oposición tenga poder de incidencia, al menos en la asamblea nacional y aunado a esto, la reivindicación de la revolución sandinista como legítima, impulsada especialmente por exguerrilleros disidentes del FSLN.

Y esto no es ideológico, porque no es sólo la izquierda quien defiende esta cohabitación. Muchas personas que se autodefinen como liberales o de «derecha» también han planteado la continuidad del sandinismo como una opción democrática válida, bajo el argumento de la libertad de pensamiento. Pero este argumento, si no se analiza con rigor, termina confundiendo la existencia legítima de una izquierda democrática -indispensable en toda república plural- con la validación de una estructura de poder autoritaria, que ha distorsionado y vaciado de sentido cualquier ideología que haya instrumentalizado, ya sea liberal, marxista o conservadora.

El sandinismo no es una ideología, es una doctrina quimérica y grotesca, hecha a la medida de la perpetuación del poder. Una máquina de manipulación que ha vaciado de contenido a su partido, ha cercenado el pensamiento crítico, la discusión racional y el diálogo ideológico. Por eso, reivindicarlo como una ideología válida dentro de un sistema democrático es no entender su naturaleza totalitaria.

El verdadero reto es superar esta polarización afectiva, dejar de proteger agendas personales y heridas no procesadas, y asumir con honestidad política que la unidad no nace del silencio o de la etiqueta ideológica, sino del compromiso ético con una transición real, sin trampas ni pactos con el cinismo.

Los liderazgos deben ser éticos y transparentes, y empezar un debate de ideas con altura, que pueda sacarnos del atolladero discursivo y empezar a plantear acciones en contra de la dictadura, que impliquen la determinación de acabar con el sistema sandinista que perpetúa la impunidad, la corrupción y la violencia, una violencia que como sabemos, ha extendido sus garras hasta el exilio y ha desgarrado varias vidas, entre ellas nuestro compatriota Roberto Samcam, cuya memoria debemos honrar.

*La autora es estudiante de Ciencias Políticas y Trabajo Social, exprisionera política, activista por la justicia y los derechos humanos.