¿Cómo?

*Por Francisco Larios

Me preguntan «¿cómo?», y yo les respondo algo que no es invento mío; que no depende de mí, que no es reflejo de mi inteligencia o valor; que no viene de mi mente, la cual no es una mente privilegiada; ni de mi coraje, que no es el de un héroe, sino que viene de la realidad, de la historia, de la verdad de todas las experiencias de los seres humanos normales y de calle y de todos los casos en los que se ha luchado, triunfado –y a veces, temporalmente, fracasado– contra las dictaduras de la era moderna. Ha sido la misma respuesta, el mismo «cómo», desde que la democracia se volvió un sueño universal, apenas, gradualmente, en los últimos doscientos y pico de años.

¿Cómo?

Pues: organización y luchaToda la lucha legal que se pueda, cuando se pueda, y organizarse a la vez –y esto es lo más importante–en estructuras que no sean públicas, constituidas por pequeños grupos o «células», por seguridad, para organizar actos de resistencia cívica, que idealmente serían no violentos, que puedan escalonarse y extenderse a través de la repetición, el reclutamiento de cada vez más gente, la coordinación, y la simultaneidad en la acción, hasta crear un movimiento que haga ingobernable el país a una tiranía. Una tarea difícil e inevitablemente riesgosa, que al principio no es para todos, no es para cualquiera, pero eventualmente es de masas.

La otra alternativa, si no se quiere dictadura, es la lucha armada.

Si no la queremos–y la guerra es un horror que nadie puede querer, pero también estoy claro de que ninguna intención individual la vuelve evitable o inevitable –no hay plan maestro que no se ajuste a las líneas generales que esbozo arriba, y que no son agua tibia que acabo de descubrir. Son más viejas que Tirso, o que el pinol, o que Matusalén; ustedes escojan.

Pero si no se siguen esos trazos, lo que hay por delante es más dictadura, y eventualmente mucha más violencia, y eventualmente, guerra. Esto tampoco es agua tibia que acabo de descubrir. Ojalá fuera yo tan inteligente.

Y esta, estimados amigos, es la historia del «cómo». Así de simple, y así de difícil. Pero no hay otra, ni hay de otra. Lo demás es demagogia, de engaño o de autoengaño. La tragedia es real, pero la solución es posible. Para que sea posible, hay que reconocer la realidad.

Cuidado con los tiempos: luchadores, sí, carne de cañón, no.

Los luchadores que están en el territorio necesitan también ser realistas en administrar los tiempos de la lucha con sumo cuidado. Los meses venideros estarán, probablemente, dominados por un tira-y-encoje entre Ortega y la oligarquía, por un lado; y entre los políticos “escogidos” por ambos y quienes aún forcejeen por “seguir en el juego” de las cúpulas. La inhibición aparente de Cristiana Chamorro es parte de estas luchas en lo alto de la pirámide, y la señal más reciente de que el dictador no se siente suficientemente presionado como para optar por el “orteguismo sin Ortega”. La lógica de “el poder o la muerte”, parece extenderse a “la presidencia o la muerte”. El muy racional temor que siente ante cualquier cambio, cualquier modificación en el balance de fuerzas, motiva en Ortega-Murillo un comportamiento inflexible.

Los meses venideros serán, pues, especialmente peligrosos para quienes se oponen realmente a la dictadura, es decir, quienes están fuera de los círculos “oficiales” de “oposición”, que cada vez se vuelven más estrechos alrededor del núcleo CxL.

Fuera de relativa protección, blanco fácil y “ejemplar” para mantener la campaña de intimidación contra la ciudadanía, no solo quedarán los activistas autónomos que no están formalmente ligados a la Coalición y a la UNAB, sino aquellos que lo están. En su obsesión por mantener el control in extremis nadie debe dudar de que Ortega y sus sicarios intensificarán el acoso, incluyendo cárcel, torturas y asesinatos, contra ciudadanos que ejerzan verdadera oposición fuera del circo electoral. Por eso es de vida o muerte que estos asuman y calibren en sus tácticas de lucha los niveles de riesgo y el nivel de abandono al que el liderazgo “oficial” de la oposición los somete, despojándolos de cualquier cobija diplomática o política.

Nada gana la causa de la libertad con que se inmolen los luchadores que con gran heroísmo y dificultad se organizan a través del territorio.  En estos momentos, que muestren el pecho en una batalla frontal contra el régimen, mientras las cúpulas forcejean entre ellas bajo la mirada y atención de sus padrinos extranjeros, podría ser no solo tácticamente ineficiente, sino trágico, mortal.

Tiene sentido, y será inevitable, que el ímpetu de los jóvenes se traduzca, como ya lo hace, en actos de resistencia ciudadana que mantengan con vida la alternativa de un cambio real. Ojalá que todo lo que hagan esté marcado por el entendimiento que la experiencia aconseja: ver estos meses como un período de acumulación de fuerzas, organización, y consolidación de estructuras, de articulación con la enorme mayoría de nicaragüenses que ya entienden que el problema no solo es Ortega, sino una estructura de poder político y económico que no es ni más ni menos que una conjura antidemocrática y antipopular, en la que la oligarquía de herederos-propietarios es pieza irremplazable, y los políticos del colaboracionismo electorero agentes.

Que nuestros jóvenes, y todos aquellos que luchan verdaderamente por la democracia, no queden atrapados una vez más en el fuego entre las cúpulas; ¡que no sean más carne de cañón!, para que así pueda dar frutos el esfuerzo que valientemente llevan a cabo, de organizarse al margen de los clubes políticos que sirven a las élites.

¿Ganar la guerra o ganar la política? Unas palabras más sobre el “cómo”.

Los dejo con este último chicle que mascar, porque los proponentes de la convivencia con el orteguismo nos dicen que (a) “la comunidad internacional” no aprueba esto o aquello; y (2) “a Somoza lo botaron los Estados Unidos”.

Ambas son declaraciones patéticas, que serían solamente vergonzosas si no tuvieran además el fin perverso de hacer que la población se sienta impotente, incapaz de tomar las riendas de sus propias vidas y de decidir cómo va a ser el país que es suyo, y no de los Estados Unidos, ni de la comunidad de políticos extranjeros–pipes de los políticos y herederos-propietarios locales–que han dado en llamar “comunidad internacional” para presentar conspiraciones de interés como si se tratara de asambleas de místicos beatos.

La verdad es que para la “comunidad internacional”, 300 nicas más que mueran o 300 menos es poco para estropear un buen almuerzo en Washington. Evidentemente que los más de 100 prisioneros políticos que oficialmente registran –hay más, sin incluir los que entran y salen como producto del hostigamiento permanente–no han hecho que ningún funcionario de la “comunidad” cancele vacaciones. Y que yo sepa, en la historia de la humanidad no se conoce que los oprimidos esperen a que amos de otros países den permiso para luchar.  Suplico que me informen si hay alguna evidencia contraria a mi entender, para corregir mi error.

Volviendo, pues, al chicle, lo dejo aquí:  la caída de Somoza se debió a que, entre la insurgencia armada, la lucha política interna, y la lucha diplomática, el tirano se quedó sin base política, y por tanto se le hizo ingobernable el país.

Así de simple. No hubo trucos mágicos ni intervenciones divinas, ni las semidivinas que le atribuyen a los Estados Unidos, y que hoy en día esperan de la grotescamente mal bautizada «comunidad internacional».  Ni siquiera puede decirse que Somoza hubiera «perdido la guerra».  Más bien, «perdió la política«, de la cual depende la guerra que es, como dijo aquel famoso Clausewitz, «la continuación de la política por otros medios». 

La moraleja que yo he extraído, luego de dejar sin jugo mi chicle a través de mucha perseverancia mandibular y neuronal, es que la verdadera decisión de los nicaragüenses, asumiendo—como creo correcto—que no queremos más dictadura en Nicaragua, es sobre el cómo: cómo hacer el país ingobernable para la dictadura. Qué tácticas y estrategias seguir, qué aliados procurar, y por qué programa combatir, un programa democrático y libertario, para que el futuro no sea repetición de todos los pasados que ya hemos trágicamente repetido.

* El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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