Contra el despotismo: exigimos la liberación del Dr. Óscar René Vargas y todas las personas secuestradas por la dictadura Ortega-Murillo en Nicaragua

En Nicaragua avanza una campaña de represión extraordinaria. El régimen de Daniel Ortega, cuya reelección en noviembre de 2021 fue declarada ilegítima por la sociedad civil, organismos nacionales e internacionales de derechos humanos y la mayoría de los gobiernos democráticos de Europa y América, ha hecho oídos sordos a los múltiples reclamos de la comunidad internacional, de los movimientos progresistas del mundo, y de los nicaragüenses que aspiran a vivir en paz y libertad. De hecho, a la farsa electoral del 2021 siguió el espectáculo absurdo de las supuestas elecciones municipales de 2022, en las cuales el régimen se declaró a sí mismo ganador en todos los pueblos y ciudades del país.

Daniel Ortega y Rosario Murillo no tienen intención de detenerse hasta convertir a Nicaragua en un Estado del más férreo totalitarismo, cerrado al mundo y a la participación libre de sus propios ciudadanos. Para lograr su propósito, ejercen la violencia en todas sus manifestaciones. Empezaron por el genocidio contra los jóvenes que protestaban por la quema de una reserva forestal (incendio que favorecía a los voraces intereses de Ortega y sus socios en la extracción de maderas preciosas) y que luego se lanzaron a las calles a protestar contra la reducción de las magras pensiones de los jubilados pobres que el régimen había decretado, siguiendo, ciega y sin consultar a nadie fuera de su círculo de poderes fácticos, una torpe e insensible recomendación del Fondo Monetario Internacional.

Desde entonces, la dictadura ha perseguido sistemáticamente todo acto de libre expresión ciudadana, en las calles, en las radios, o en cualquier medio independiente. De hecho, el periodismo crítico ha desaparecido del territorio nacional. Los periodistas han tenido que salir al exilio para continuar su labor a través de las redes sociales. Y no han sido ellos los únicos forzados a emigrar. El acoso constante a través de pandillas paramilitares, el reino de terror en barrios y comarcas, ha forzado a cerca de 600,000 nicaragüenses, un inverosímil 10% de la población, a escapar del país, convertido por la dictadura en un verdadero campo de concentración, del cual, a capricho, impiden salir a quien se les antoje, decomisando pasaportes hasta a partidarios del régimen. También niegan la entrada, si se les antoja, a ciudadanos del país que regresan del extranjero. Los destierran, en violación de sus derechos elementales.

La tiranía Ortega–Murillo es un universo orweliano, en el cual la vicepresidente pronuncia homilías político-religiosas a diario en cadena nacional, en parlantes colocados en mercados populares donde anuncia las bondades del régimen de su marido, “el comandante”, “en el nombre de Dios y la Virgen Santísima”.

A medida que avanza la arremetida de una dictadura cuya actuación cotidiana recuerda la instalación de un golpe de estado militar al estilo Pinochet, incluyendo arrestos arbitrarios por todos lados, retenes en las carreteras, juicios secretos, sentencias despiadadas y ejecuciones, el régimen pasa, de criminalizar ilegítimamente la acción, a criminalizar el pensamiento, a perseguir a todos aquellos cuya influencia sobre la sociedad provenga, no de la actividad política, sino del simple acto de pensar y expresar sus ideas. 

En este contexto es que tiene lugar el arresto, con lujo de violencia, del prestigioso economista, sociólogo e historiador Óscar René Vargas.  El crimen de Óscar René, dentro del sistema totalitario, es simplemente el de tener conciencia y pensamiento propios.  Su secuestro ––no puede ser llamado de otra manera un acto de privación de la libertad cometido por un grupo sin legitimidad política–– es emblemático, pero dista de ser aislado: las cárceles de la dictadura y las filas del exilio se llenan rápidamente de periodistas, sacerdotes, escritores, e incluso de antiguos revolucionarios e intelectuales progresistas. A todos ellos los ve la dictadura con el temor y el odio que los totalitarismos ven al ser humano libre y pensante.

Ante tales aberraciones, ante tal retroceso hacia un despotismo de espíritu medieval ejercido con técnicas fascistas, quienes apoyamos la libertad y el progreso social llamamos a los pueblos y gobiernos del mundo a condenar al Estado terrorista encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo; a aislarlos, a asfixiarlos política y financieramente, y sobre todo, a actuar en solidaridad con los nicaragüenses que luchan por su libertad, y de esta manera luchan por la libertad de todos los pueblos en un mundo interconectado, que vive actualmente un fuerte choque entre las fuerzas autoritarias del atraso y la opresión, y la aspiración de progreso y libertad que comparte el grueso de la humanidad.

¡Libertad Incondicional para todas las personas presas políticas en Nicaragua!

¡Abajo la dictadura!

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