FRANCISCO J. LARIOS | El nicaragüense

*Tomado de Aghula Revista de Cultura

Algún día, cuando esta criatura atormentada que llamamos nicaragüense llegue a vieja, respetará la Historia—y aquí me entrego en manos de palabras mejores, como quien sigue la liturgia de un culto: “si es que llega a vieja, si es que para entonces quedó alguna Historia.” Si es que llega a vieja, porque no todas las naciones sobreviven, y la nuestra ha nacido con dolencias agudas, incapaz de respirar normalmente, con propensiones que la arrastran de tiempo en tiempo a paroxismos y epilepsias de las cuales se levanta [porque así es la vida, busca levantarse], pero no sin hacer más hondas sus cicatrices. Si es que queda alguna Historia, porque lo esencial en la hoja clínica de la criatura es haber nacido del vientre de la memoria en estertores. Arrancada de su madre la entregaron –encomendada—a padres putativos; y estos, para justificar su potestad, no tuvieron más remedio (sin narrativa no hay familia) que suplantar el pasado, borrarlo y recrearlo y hacerlo realidad en su mente tierna, buscando ahogar la voz profunda que susurra que el páter miente, que hay algo más.

En la convulsión de sombras de nuestro inconsciente colectivo se esconde el dolor inexplicable, un escozor que nos corroe, la certeza de que es falsa la certeza que creemos vivir; la raíz del callado tormento que padecemos, la tumba sin lápida de los ancestros, la pérdida del reino, del hogar, el naufragio de nosotros mismos. De ahí el vértigo; el vértigo y la náusea, la esquizofrenia entre verdad absoluta y el rechazo absoluto a la verdad, entre fe ciega y nihilismo, entre cinismo y culto a los mártires; entre las danzas y gritos paganos y el orden de la obediencia ritual a las nuevas imágenes.

Regreso a la liturgia: “la mayoría de los seres humanos vive su vida en callada desesperación”. Somos hijos de un olvido que apenas nos deja resquicios para atisbar el origen, el vientre abierto, la placenta ensangrentada, el hogar que la guerra vació. Somos hijos de la mentira con que el olvido ha impuesto su dominio entre nosotros.

La ameba

Es el siglo XXI y Managua me parece, a la distancia, una ameba. Hace casi cincuenta años dio un salto fatídico desde la adolescencia provinciana (vestida con modestia, pero cierta ilusión, en fiestas de guardar y quinceañeras) a una decrepitud prematura y áspera. No fue nunca vigor joven, ni ha llegado a la noble ancianidad que hace eternas a las ciudades viejas, que les hace visible el corazón y da toponimias al recuerdo. La ameba es un inmenso campo de refugiados, llena de vacíos y manchada por aglutinamientos caóticos. Que esté asentada sin arte en medio de un paisaje que la Providencia debió esbozar para una urbe bella habla del fracaso de la nación. Y habla especialmente de lo hecho—más bien, de lo destruido—desde 1972, el año en el que un terremoto acabó con buena parte de la ciudad, y prácticamente con todo el viejo casco urbano. “Viejo”, claro, es un decir inadecuado: la ciudad había sido reconstruida después de un terremoto similar apenas después de 1931. Tenía aún cabeza, tenía cuerpo y corazón, y tenía una piel. No era todavía una ameba.

¡No se le ocurra!

A quince kilómetros de Managua—dice la medida oficial—se encuentra una escuela de postgrados en Finanzas y Negocios. La región conserva buena parte de su verdor original, y su altura de meseta arranca al horizonte un paisaje azul de lago, península y volcanes; un aire fresco la toca por las tardes, la hora del bochorno allá abajo, en el vapor que hace hervir la bahía entre el Xolotlán y las sierras. Pero el verde se ha hecho, con el tiempo, algo más ralo, y en los alrededores de la escuela la pobreza rural pareciera tocarse los dedos con la urbana, como dos túneles unidos en la oscuridad que acecha los enclaves de los ricos. Numerosas veces descendí desde aquella altura fresca al calor inhóspito de la ciudad, de paso—me había agenciado un empleo temporal de investigador académico mientras trabajaba en mi tesis doctoral—a reuniones insulsas y consuntivas con equipos de trabajo de varios ministerios del gobierno. Quizás decir “de trabajo” sea generoso, pero ese es otro tema, otro momento. El de hoy es un recuerdo, el del chofer que me llevaba a la ciudad y me traía de regreso al campus: un tipo jovial, narrador de llanura, como los que abundan en la libertad del anonimato; un contador de detalles deliciosos sobre la vida que toca el polvo de la calle y transcurre lejos de cálculos de triunfo.

— Mire doctor, lo que me pasó hace poco— empezó, cuando estábamos ya aproximándonos, de regreso, a la escuela— usted sabe que yo vivo aquí cerca…

— ¿Ah, si? La verdad, no sabía.

— Sí, allá, por la pulpería de doña Yese.

— Y fíjese usted que un día veo a mi hijo que andaba como loquiiito detrás de una chavala… y vuelvo a ver, ¡jueputa!, dije, ya la cagamos…

— ¿Y eso? ¿Por qué?

— Pues nada, que tuve que ponerme serio con el chavalo.

— ¿Ajá?

— Le dije: “veya hijo, ¡no se le ocurra!.. ¡que ni se le ocurra tocar a esa muchachita!… porque es su hermana.”

Ometepe y Marilyn

Dice Marilyn –invento el nombre, solo el nombre—en su primera visita a Nicaragua, a Ometepe: “the little brown kids are so cute!” “Brown”, en su país, suena equidistante a “White” [blanco] y “Black” [negro]. Pero no es sencillamente “moreno”, sino un signo que se balancea entre cierta opacidad de origen étnico y la noción de “mestizo— indígena”; es más cercano a “pueblo originario de América” que al “mulato” de las alambicadas clasificaciones españolas.

Ometepe flota en medio de un lago inmenso que pisa con timidez y tonos grises la costa donde aventureros, enarbolando estandartes castellanos, creyeron haber llegado al mar. “Una mar dulce”, pensaron, cuando vieron abrevar a sus caballos. Ometepetl: dos montañas. Dos volcanes estilizados que irrumpen en las nubes con sus cumbres puntiagudas. Son el azul y la niebla que tapa el horizonte: detrás de Ometepe, el sol. Cuando de mi memoria falte todo, quedará eso.

Los little brown kids habitan ese mundo. Desde los caminos que el turismo comercial y los aventureros modernos han pavimentado con adoquines de cemento se les ve, jugando en los patios, o caminando en el polvo, o en bicicletas que pedalean y pausan para soltar los manubrios y enderezar el torso. No lo saben, pero respiran los momentos sublimes de la niñez. Tampoco saben que están bajo la vista de Omeyateite y Omeyatecigoat, padres de Quiateot, hacedor de la lluvia. Hace tiempo, “há mucho tiempo… é no se nos acuerda qué tanto há, porque no fue en nuestro tiempo», que callaron los abuelos, que gente de otro lugar tiró sobre ellos, como un velo oscuro, nuevos nombres, y nuevas obediencias. Há mucho tiempo, é no se nos acuerda qué tanto há, los niños empezaron a llamarse pedros, rafaeles, eustaquios. Hay nuevos velos cayendo, y hoy empiezan a llamarse yerlings y kevins, y raymonds.

Yo me pregunto cómo fue aquel terror, o aquel ingenio, o la ambición, el día en que há mucho tiempo dieron la espalda a sus abuelos vencidos, empezaron a tratarlos como figuras del pasado, y al pasado como pasado ya, como algo que mejor olvidar. ¿Cómo habrá sido dejar de hablar como el padre, dejar de escuchar al padre, dejar atrás al padre? ¿Cómo, dejar a la madre atrás? ¿Cómo, adoptar los modos y la lengua de un puñado de invasores? Venerar al vencedor, a quien ha conquistado. A quien nos ha conquistado. Há mucho tiempo, é no se nos acuerda, porque no fue en nuestro tiempo. Y vamos cruzando un tiempo que ya no es nuestro. ¿Qué somos en él? ¿Qué fuerza tiene el poder para arrancarnos de nosotros mismos, y hacernos diáspora en la tierra que fue nuestra, en la tierra de la que somos tierra?

En Zaragoza

Hoy leí un ensayo enjundioso. Uno de esos que desmenuzan con calma la angustia. Los nicaragüenses, decía el ensayo, padecen “inseguridad lingüística”. “Los salvadoreños en Los Angeles ya no se diferencian de los mexicanos”, me explicó una amiga: “una minoría cultural pequeña dentro de una minoría cultural más grande”. Pobres más pobres mimetizan a pobres menos pobres. Pobres a ricos. Débiles a fuertes. Derrota y victoria. Pasos en la danza del poder.

La muestra del estudio era nicaragüense, en Nicaragua.

Hay una nicaragüense en Zaragoza. La conoció un familiar que iba de paso. Notó una fisonomía más cercana a los little brown kids de Ometepe que al godo del norte español. Y un acento castellano grueso, pero que hacía aguas entre frases.

— ¿De dónde sos?

— De Nicaragua, ¿y tú?

— De Nicaragua también.

— ¡Joder!, no lo había notado.

— ¿Y hace cuánto que vivís aquí?

— Pues, tía, ya tengo nueve mezzzesh en Esshpaña.

¿Vamos ganando?

El atardecer llovía triste en las hondas rajaduras de la calle de tierra alrededor de la iglesia. Llegábamos poco a poco, de uno a uno o en pares. Íbamos buscando ubicación en rincones que creíamos poco visibles. Fingíamos hablar, pasear como transeúntes. Aunque de poco servía la maniobra que creíamos ingeniosa: no hay transeúntes desconocidos en un barrio así, el intestino lodoso de la ciudad, donde solo circulan los que van y vienen del vecindario, a la rebusca, a los trabajos de chamba y a los mercados donde las mujeres llevan tortillas o frutas en canastas.

Después de un rato, una negrura casi total parecía tragarse el único poste de luz, a una cuadra de distancia. En las pocas ventanas abiertas temblaban luces agónicas. Podrían haber sido barquitos cruzando el horizonte en el borde de una noche de mar.

— Compas, juímonos pues, a volar verga.

En el centro de la calle, justo frente a la iglesia, una fogata hecha de llantas de carros. Jairo apareció en su moto con una caja de bombas de contacto, la entregó a Javier, y se fue sin decir palabra.

— A mí, compa, deme dos.

— A mí también.

Habrán tenido 12 años, el pelo grueso de polvo y la piel curtida, delgados y fibrosos, pequeños, hombres en cuerpos ágiles de niños, o al revés, adultos sin saberlo, niños de corta niñez. La pobreza acelera la vida. Tomaron las bombas, una en cada mano, y se pararon a ambos lados de la bocacalle. El resto de nosotros tomó las suyas y se escondió como pudo.

— ¡Ahí vienen las bestias!

Corrieron a pararse a la vista de los soldados.

— ¡Qués la verga, jueputas, qués la verga, perros de mierda, muera Somoza!

Como a dos cuadras de distancia, los jeeps de la Guardia, que parecían tener en su trompa la cola erecta de un alacrán (habían sido equipados para proteger de otras emboscadas, en otra guerra) aceleraron, y empezaron a disparar. No podría decir a ciencia cierta si apuntaron a los cuerpos o al aire, porque todo ocurrió en fracciones de segundos, y no los segundos que transcurren en la normalidad despierta, sino en los sueños, donde un segundo atropella al siguiente y el próximo se revuelca con los anteriores, y el que viene arrastra en un alud a los que siguen, hasta que todo es una polvareda de gases, ruidos, explosiones y gritos, ¡Hijos de la gran puta, le dieron al teniente!, ¡Agárrenlos, vuélenles verga!, ¡Compa, deme otra! ¡Por atrás, por allá, ahí vienen más perros! ¡Traigan la camioneta, que el Chino está herido! Había tropezado en la oscuridad. Le habían explotado en las manos dos bombas de contacto. Iba delante de mí. No sé quién era. Solo sé que era un niño, y era del barrio. Nunca he podido olvidar la carne desgarrada y la sangre en sus dos manos. Ni lo que dijo cuando lo montaban en la tina del vehículo para llevarlo a un hospital: “Compa, ¿vamos ganando?”.

Negocios

— Esa verga del ADN es puro cuento.

— ¿Por qué decís?

— A mi mama y a mí nos sale una cosa rara, pura mierda.

— ¿Qué les salió?

— Como que tenemos de Nigeria. Creo que así se llama. País de negros. Imaginate vos.

— Solo vergas son. Puro negocio.

— Pues fíjate que a la chela Ibarra le salió algo parecido, quién sabe…

— A esa puede ser, con razón el papa es trompudo.

— Y la jodida es gusto’e jincho, ¡ja, ja, ja!

— Ve… ¿Ya estará la comida?

— ¿El indio viejo?

— ¿La próxima va a ser negro viejo? ¡ja, ja, ja!

De viaje

— Nunca en mi puta vida creí que iba a vivir aquí.

— ¿Y te gusta?

— Es deacachimba, pero, la verdad, yo estaba deaverga allá. Ni dólares quería. Con córdobas vivíamos deacachimba.

— Ni modo, echémonos un vergazo antes de llorar

— ¡ja, ja, ja!

— Fíjese, doña Silvia, que nuallo qué hacer con mi nieta, no me hace caso.

— ¿Qué edad tiene ya mi ahijada?

— Ya la Yamilet va a cumplir quince, ¿se acuerda? Es ahora en septiembre.

— Si, me acuerdo, no estaba segura si eran catorce o quince. Ideay, pues hablale a Ronald.

— Qué va, doña Silvia, si ese anda enqueridado y ya ni llega…

— Es que… pobrecita la chavala, imaginate vos, con un papa vago y con la mama loca que se llevó solo al hijo varón a España.

— Ella dice que no podía llevarse a los dos.

— Pues no se hubiera ido

— Eso digo yo, doña Silvia, mejor le hubiera aguantado sus cosas a Ronaldo, por lo menos estaría con sus dos criaturas, no que ahora…

— Al principio lloraba todos los días, ya después me acostumbré, y menos mal, porque cada vez va peor la cosa por allá.

— Yo me vine porque no había pegue. Y cuando había era una mierda. Buena dieta, no daba para ponerle grasa a la comida, ¡ja, ja, ja!

— Ve, ¿y vos entraste legal?

— Qué va, tuve que cruzar a pincel, mojado, hecho turca llegué; tuve que pagar coyote y dormir en el piso con otros diez hijueputas para entrar a Roma. Te juro que así se llamaba el hijueputa lugar. De ahí busqué el rumbo hacia McAllen donde el primo; ahí me quedé unos meses trabajando con él, hasta que me agarró la migra un día.

— Tuviste suerte, sí…

— Por Dios, jodían menos entonces, me soltaron con condiciones y me les perdí…ahí al rato dieron una amnistía, y aquí estamos…

— Pues sí, amor, menos mal, porque cada vez va peor la cosa por allá.

Ni siquiera en espejos

Hijos del ojo sagaz y del ojo asustado,

del invasor en fuga y del rebelde

que vuelve a enfrentar

la traición de sus dioses;

hijos huérfanos sin pasados que imitar,

criaturas de la nueva frontera,

de la sombra recién inventada,

mestizos de violencias lejanas y cercanas,

gestación brutal y parto en vergüenzas,

los hijos de los hijos y los hijos de sus hijos

sangre ya de la tierra, extraños

en los ojos de sus muertos,

sangre conquistadora

y conquistada,

liberada y violada,

noble y mezquina,

acorralada,

hambrienta y volcánica,

en sus hombros, la tierra recién talada y el brillo del oro

encienden los fuegos del mito,

la ansiedad de la máscara,

persiguen el rastro del labriego y del soldado,

y del páter sanctus, padre de la cruz, padre del maíz,

odiado y amado,

y no saben cómo recordarlo,

ni siquiera en espejos, ni siquiera.

__________

Francisco Larios, nicaragüense. Su libro más reciente, el poemario Parece una república, Katakana editores, EE.UU., ganó el Florida Book Award 2020. Autor de la primera traducción al inglés de El soldado desconocido, de Salomón de la Selva, publicada en edición bilingüe como The Unknown Soldier/El soldado desconocido, editorial Casasola, Colección Clásicos Centroamericanos, Massachusets, EE.UU., Julio del 2021. Seleccionó y tradujo al castellano Los hijos de Whitman – Poesía norteamericana en el siglo XXI (Valparaíso, México, 2017). Tradujo también el libro ganador del Pulitzer del 2013, 3— Sections, de Vijay Seshadri, escritor estadounidense nacido en la India [“El sol detrás de la neblina”, editorial Vaso Roto, España/México, 2019]. Ha publicado además los poemarios: Cada Sol Repetidoanamá Ediciones, Managua, Nicaragua, Noviembre del 2010; The Net in Sight/La red ante los ojos, Editorial Rascacielos, Quito, Ecuador, 2015; La Isla de Whitman, Editorial Buenos Aires Poetry, Argentina, 2015; Sobre la vida breve de cualquier paraíso, Editorial 400 Elefantes, Nicaragua, 2017; más la plaquette Schwarze milch, Proyecto Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2016, y la plaquette bilingüe (inglés/castellano), Astronomía de un sueño/Astronomy of a Dream, Carmina in minima, Barcelona, 2013. Es fundador y editor general de Revista Abril [revistaabril.org]. Su poesía ha aparecido en publicaciones digitales e impresas en numerosos países y ha sido parcialmente traducida al italiano, griego, rumano, estonio, árabe e inglés. Es doctor en Economía, consultor de economía internacional y profesor en el Miami Dade College de Miami, Florida. Preside la fundación Paz Nicaragua.

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