La palabra amputada

*Por Ezequiel Molina

Los disparos de grueso calibre se escuchaban por toda la ciudad, o lo que de ella quedaba, porque si bien es cierto las edificaciones estaban intactas, sus habitantes, mayoritariamente, habían escogido el camino del exilio, del autoexilio o simplemente se hartaron de pasar, más que por una deteriorada condición económica, por el triste filtro del silencio, la autocensura y un constante asedio de espías, que las autoridades, con magistral manipulación sicológica, habían construido dentro de cada ciudadano; era la inexistente, pero vigilante presencia de, «hasta las paredes oyen», que calaba muy dentro, y que había alcanzado los círculos más íntimos e imaginables: la familia, el vecindario, el centro de trabajo, la fila del super, del cine, el bus y hasta la iglesia. No se podía determinar con certeza, quien era confiable o no para ejercitar libremente esa capacidad, tan ligada al cerebro, la que cultivamos durante tantos años de escuela, y noches y días de lectura, esa destreza que supone la diseminación de lo que sabemos, y sin ser maestros se suponía fuera colectivizada, sin costos, gratuitamente, que llegara a todos los que nos rodean, suponiendo el enriquecedor intercambio de experiencias, dudas y contradicciones que nos acercan de manera inequívoca al conocimiento pleno, a la creación sublime de una de las vías infalibles para alcanzar la libertad más preciada, el summun de las libertades, la libertad hecha realidad, la libertad de pensamiento; pero ésta fue cercenada al domesticar el hábito del uso de la oralidad del pensamiento, la conversión del pensamiento en la primera etapa de la acción transformadora: la palabra. Es esta la ciudad de la palabra amputada, y es que puede ser más triste conducir la palabra limitada, impedida de extenderse por el más profundo espacio que nuestra capacidad cognitiva nos permita, que poseer el derecho limitado, corregido, compungido del uso de una dicción políticamente correcta, bajo el control del sombrío facismo que supera al gendarme, al fusil, y decanta día a día la capacidad innata de la comunicación, de la fresca palabra, que informa, entretiene, educa y seduce, pero que hoy, oficialmente, convertida en derecho absoluto de una banda trangresora que la ha destinado, en una perversa metamorfosis, a convertirla en diatriba permanente, avasalladora del derecho, antítesis del conocimiento y verdugo permanente de la pluralidad humana. Es esta la ciudad de la palabra amputada.

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