Las lecciones aprendidas entre 2018 y 2021

*Por Oscar René Vargas / 27 de agosto de 2021.

Todo esto representa el fracaso total de la estrategia del “aterrizaje al suave”. Los políticos tradicionales y del gran capital son culpables de la victoria que para la dictadura significa haber llegado al 2021 en mejor posición que la que tenía en el 2018. Pero Ortega no ha podido liquidar la efervescencia y el descontento social, y un movimiento social gana la batalla estratégica cuando no es aplastado.

Tres años después, abril 2018 a septiembre 2021, ¿cuáles son las lecciones aprendidas que podemos extraer del proceso de la política nacional y los retos para el futuro de mediano plazo?

Desde el diálogo de mayo de 2018 la representación opositora conformada por los obispos con el visto bueno de Ortega no pudo visualizar y mucho menos entender cuál era la verdadera estrategia de este: ganar tiempo y llegar hasta el 2021. En el 2018, se solía decir que la oposición imprimía el tic-tac del reloj político nacional, pero resultó que Ortega marcó el tiempo político. Ahora también tiene el calendario del futuro político del país.

Tres años después todavía no hay un liderazgo auténtico nacional de oposición. Los poderes fácticos internos mantienen su influencia indiscutible en la vida política nacional: la iglesia católica, el COSEP, los banqueros, el ejército, la policía, etcétera. La mayoría son favorables al régimen. También los poderes fácticos externos, como el gobierno de Estados Unidos, la Unión Europea, la OEA y la ONU, y otros, conservan su prestigio y ascendencia.

Es necesario persuadir a las diferentes tendencias de la oposición interna y del exilio de que la unidad es imprescindible para derrotar a la dictadura. Todos deben estar conscientes de que Ortega no ha podido liquidar la efervescencia y el descontento social, y de que un movimiento social gana la batalla estratégica cuando no es aplastado.

En segundo lugar, que la estrategia de la salida del régimen por la vía del “aterrizaje al suave” o sea la vía electoral fue superada, liquidada, por los últimos acontecimientos, y ya no se puede continuar blanqueando a la dictadura, que es lo que efectivamente se hace cuando se piden nuevas elecciones con Ortega-Murillo en el poder. Por ahora, la ruta electoral no existe. En esto la claridad es total.

En tercer lugar, en el futuro no hay que tomar en cuenta solo nuestra estrategia, sino que hay que analizar todo el tiempo la estrategia del adversario. A partir del siete de noviembre entraremos en el reino de las consecuencias imprevisibles inherente a la decisión de Ortega de ejecutar una farsa electoral que lo debilita más que lo consolida; por lo tanto, el “gobierno” que surja de esa farsa electoral no debe de ser reconocido por la comunidad internacional.

En cuarto lugar, es fundamental hacer hincapié en que las sanciones internacionales a personas individuales sirven de muy poco. Generalmente tienen solo un golpe de efecto, aunque existe alguna probabilidad de que pudieran en algún momento alimentar el proceso de implosión del orteguismo, si fueran lo suficientemente amplias y fuertes para fracturar a los poderes fácticos internos que son pilares de la dictadura.

En quinto lugar, hay un problema de autenticidad y seriedad entre quienes aspiran al liderazgo opositor. Por eso, urge aprender de la larga lista de errores y omisiones cometidos y basarse, en el futuro, plenamente, en datos duros y hechos reales, y analizarlos objetivamente, sin distorsiones partidarias y explicando las conclusiones sin muchos rodeos. Es esencial que se diga la verdad si se quiere construir un contrapoder.

En sexto lugar, es importante tener en cuenta los análisis y opiniones observadores y analistas independientes en los “think tanks”, oenegés, entre los exiliados, los periodistas y todos aquellos que puedan ayudar a elaborar las tácticas y la estrategia de cara al futuro inmediato de corto y mediano plazo. Esto requiere voluntad, experiencia, acceso a los profesionales independientes y un tiempo prudencial. Mucho de lo que hasta hoy se ha perdido en la lucha ha sido producto de la inexperiencia política de los principales actores y la falta de buenos asesores.

En séptimo lugar, no se pueden ignorar las lecciones, para no repetir las tácticas y la estrategia equivocadas que se cometieron entre el 2018-2021. Hay que tener claro que el “gobierno del caos” de Ortega puede seguir creando problemas para destruir cualquier alternativa política. En una sociedad tan inestable como la nicaragüense, y sabiendo que las cinco crisis (económica, política, social, sanitaria e internacional) continuarán más allá del 2022, es necesario elaborar escenarios de corto, mediano y largo plazo para actuar de conformidad en la lucha contra la dictadura.

En octavo lugar, estar claro de que para Ortega lo más importante es permanecer en el poder, aunque sea a través del “caos sin fin” y la represión. Ortega quiere que el país siga siendo inestable, inmerso en un “caos sin fin” para que los EE.UU. no vea la posibilidad de favorecer un gobierno alternativo y acepte su permanencia en el poder y el actual estatus quo a través de negociaciones entre los poderes fácticos internos, aprovechando que el objetivo central del gobierno estadounidense es evitar que el caos en la región centroamericana promueva olas de emigrantes hacia Norteamérica.

En noveno lugar, las diferentes organizaciones de la sociedad civil y políticos opositores auténticos deben adoptar una estrategia de consolidación, forjar una mayor unidad a través de un programa mínimo para derrocar a Ortega-Murillo y proponer qué tipo de país debería ser Nicaragua. La presión sostenida y la planificación a largo plazo deben ser parte de la estrategia política del programa mínimo de la oposición auténtica.

Finalmente, hay que oponerse al financiamiento multinacional a Ortega. Mientras Ortega siga recibiendo préstamos de los organismos financieros internacionales, con el beneplácito de EE.UU., no tiene ninguna presión para hacer concesiones fundamentales. Con tal holgura financiera, en unas posibles negociaciones futuras con los empresarios, partidos políticos comparsas y otros poderes fácticos, es probable que la dictadura sea capaz de dar concesiones tácticas mínimas para lograr el reconocimiento de su “elección” en la farsa electoral como “legítima”.

No hay que olvidar lo principal: la estrategia de Ortega sigue siendo “el poder o la muerte”, porque sabe que, si cede, se cae.

Análisis histórico-político del fracaso opositor

Estamos viviendo el pináculo o la cresta de la corrupción en el país, el abuso del poder político y económico por las cúpulas del poder. La lista incluye empresarios, magnates, banqueros, burócratas medios, empleados públicos, jueces, ministros, rectores, altos oficiales policiales y del ejército y miembros del círculo íntimo del poder y largo etcétera.

Este fenómeno coincide con la máxima concentración de la riqueza en la historia de Nicaragua, producto de la obscena complicidad entre el poder político y económico, que no sólo ha empobrecido a la gran mayoría de la población, sino que también dio origen a la dictadura Ortega-Murillo.

La dictadura no tiene conciencia de que, en el medio plazo, mientras las cuentas bancarias de los altos funcionarios y de las elites, la corrupción endémica generalizada tiende a socavar sus cimientos.

Este análisis procura señalar los factores que hicieron posible tanto el fracaso de la estrategia del “aterrizaje al suave” como la permanencia de Ortega-Murillo en el poder tres años más después de abril de 2018. Igualmente intenta dejar en claro que cualquier análisis futuro debe de tomar en cuenta estos factores y no simplemente los eventos que han tenido lugar en los últimos meses.

Destacamos una gama de cuestiones y acciones por las que el gran capital debe asumir responsabilidad, pero también señalamos que la incapacidad opositora de derrocar a Ortega-Murillo fue causado por la falta de una estrategia para crear un contrapoder, por la ausencia de una unidad opositora que coordinara las múltiples protestas y las encauzara hacia la caída del régimen. Destacamos que no solo hubo errores estratégicos sino la actuación “engañosa” de la cúpula política y empresarial.

Descoordinación, resistencia social e implosión.

El posible colapso de un gobierno producto de un proceso de implosión raramente ha sido predecible hasta sus etapas finales, y el proceso real de implosión ha sido fruto de cambios repentinos en las actitudes de los líderes políticos y militares afines al régimen en el poder.

La implosión es producto de una combinación de factores que conducen a que se convierta en resultado real; no es algo que los actores involucrados puedan prever hasta que realmente sucede, pues se trata de un proceso subterráneo que va carcomiendo los pilares de sustentación del régimen. La decisión de Ortega de incrementar la represión y suprimir unas elecciones libres y transparentes tienen como objetivo evitar que el proceso de implosión del régimen se siga desarrollando.

Los políticos tradicionales se convirtieron cada vez más en agentes del estatus quo y en una fuerza política para mantener al movimiento social fuera de las calles.

El fracaso de la oposición formal se debió a la existencia de un liderazgo pobre en estrategia y divididos en la cima; divisiones entre líderes políticos tradicionales y el nuevo liderazgo surgido en abril 2018; sumado al cambio constante en las tácticas, múltiples organizaciones, planes, metas y liderazgo deficiente.

La política errada y la incompetencia del liderazgo de la oposición son factores que favorecen la sobrevivencia del régimen. Además, los políticos tradicionales se convirtieron cada vez más en agentes del estatus quo y en una fuerza política para mantener al movimiento social fuera de las calles. Por estas razones, cada vez más, los líderes departamentales, municipales y comarcales perdieron, poco a poco, su fuerza para influir en la elaboración de la estrategia y, por lo tanto, se disipó la confianza en el liderazgo de los representantes políticos del gran capital que hegemonizaba la oposición formal.

Los esfuerzos de resistencia social en los departamentos y municipios no lograron coordinarse con el liderazgo de la capital, por lo cual no se pudieron desarrollar esfuerzos conjuntos de planificación de acciones efectivas, y menos de implementación, lo que contribuyó a la ausencia de coordinación de las protestas, que se mantuvieron aisladas y dispersas unas de las otras.

Todo lo anterior ayudó a que no se lograra desarrollar el nivel de unidad política necesaria de la oposición ampliada que se requería para luchar efectivamente en contra de la dictadura. Hubo muchos esfuerzos infructuosos que contribuyeron a un aumento constante en la descoordinación política.

Los esfuerzos de resistencia social en los departamentos y municipios no lograron coordinarse con el liderazgo de la capital, por lo cual no se pudieron desarrollar esfuerzos conjuntos de planificación de acciones efectivas.

A menudo el liderazgo de la oposición formal dedicó sus esfuerzos y tácticas a satisfacer sus propias prioridades políticas de clase o intereses económicos. También, sus preferencias llevaron a cambios constantes en la táctica, lo cual no produjo mejoras en la correlación de fuerzas y, a la vez, neutralizó el proceso de implosión del régimen que se había iniciado en abril de 2018.

El liderazgo de la oposición formal perdió su capacidad de lucha y se convirtió en una herramienta usada por el régimen para imponer su autoridad, descalificar las protestas, neutralizar al movimiento social y evitar un nuevo tsunami social o la implosión del sistema dictatorial.

Después de marzo de 2019

Desde marzo de 2019, la oposición formal, capitaneada por los representantes políticos de los empresarios, negaron cada vez más la existencia de problemas críticos en la organización y en la estrategia de la oposición. Entonces optaron por la ruptura de la Coalición Nacional para formar la Alianza Cívica. Dicha separación fue presentada como un éxito en el desarrollo de la lucha, lo cual era claramente falso. Desde entonces, adoptaron el silencio de cara al tema de las víctimas y de los exiliados, disfrazando los desencuentros con los ciudadanos autoconvocados y escogiendo el camino de los arreglos de cúpula a través de la estrategia de la “salida al suave”. A partir de 2019 la situación política se tornó, paulatinamente, más negativa para el movimiento de abril en la lucha en contra de la dictadura.

El liderazgo de la oposición formal perdió su capacidad de lucha y se convirtió en una herramienta usada por el régimen para imponer su autoridad, descalificar las protestas, neutralizar al movimiento social y evitar un nuevo tsunami social o la implosión del sistema dictatorial. Lo grave del caso fue que la ausencia de las protestas políticas se transformó en un factor negativo en la lucha en contra de la dictadura. Algunos analistas señalamos la gravedad de ese giro político al ignorar o mal interpretar deliberadamente las consecuencias que iba a tener el desplazamiento del eje de la lucha en contra del régimen: pasar de las protestas públicas a la “salida al suave” por la vía electoral.

Evidentemente que hay muchos luchadores sociales valientes y competentes, pero la mayoría de la cúpula política de la oposición formal no estaba compuesta de líderes competentes. Tenían una capacidad estratégica limitada y gran parte de los análisis que hacían de la coyuntura carecían de la profundidad necesaria para interpretar las tácticas y la estrategia de Ortega, lo que permitió que el régimen ganará tiempo.

También sobreestimaron la voluntad de los poderes fácticos externos para inducir a un cambio en la estrategia del régimen y subestimaron el grado de influencia de los poderes fácticos internos favorables a Ortega (la cúpula del ejército, la policía, los paramilitares y la nueva clase enriquecida a través de la corrupción); tampoco examinaron el proceso de toma de decisiones políticas en ambos campos.

En su agenda no estaba la creación de un contrapoder al tener como estrategia el “aterrizaje al suave”.

Estas debilidades las disfrazaron, hasta cierto punto, mediante la llamada estrategia electoral, como única vía para derrotar a la dictadura, a la que frecuentemente se referían en privado como “salida al suave”: desecharon así toda presión social en los lugares públicos, lo que coadyuvó a contener y paralizar al movimiento social y a oxigenar al régimen al darle tiempo político.

Igualmente, los líderes de la oposición formal ocultaron deliberadamente la debilidad estratégica en la coordinación con la oposición departamental, municipal y comarcal que eran imprescindibles para la creación de un contrapoder que debilitara a Ortega. En su agenda no estaba la creación de un contrapoder al tener como estrategia el “aterrizaje al suave”.

Esto se vio agravado por el incremento de la represión que dificulta aún más la organización alternativa, lo que resultó en la pérdida paulatina de la capacidad para organizar la resistencia a nivel nacional. Subestimaron que estaban lidiando con un régimen que, a través de la represión indiscriminada, limitaba su capacidad de respuesta a las políticas del régimen. La falta de visión estratégica condujo a la acefalía, a la carencia de un liderazgo nacional auténtico en la lucha contra la dictadura.

Ortega utilizó el tiempo a su favor sin importarle ceder algunas batallas tácticas, pero creando las condiciones para que el gran capital y los políticos tradicionales permanecieran estancados en su estrategia de la “salida al suave” por la vía electoral, lo que a su vez dio más tiempo a Ortega para sostenerse en el poder.

Algunos errores cometidos

Los líderes de la oposición formal subestimaron las consecuencias y el uso de la represión, tanto policial como judicial, y se centraron en mostrar los resultados favorables de las batallas diplomáticas encabezadas por EE.UU., ignorando el impacto negativo de la represión en la población. Mientras tanto, el régimen desarticula y disloca la resistencia en las ciudades, municipios y zonas rurales ante la falta de un centro de coordinación política nacional.

Es decir, el esfuerzo principal y único del liderazgo opositor formal se centró en promover sólo la vía diplomática para derrotar al régimen, en lugar de impulsar, al mismo tiempo, el crecimiento de su influencia política en el país y emprender la autodefensa de la seguridad ciudadana al incrementar su capacidad organizativa y movilizativa de la población.

Los líderes de la oposición formal subestimaron las consecuencias y el uso de la represión, tanto policial como judicial, y se centraron en mostrar los resultados favorables de las batallas diplomáticas encabezadas por EE.UU.

No hay indicios de que se estuvieran haciendo esfuerzos serios para comprender lo que estaba haciendo el régimen para expandir su control e influencia a nivel local. Tampoco está claro que se haya prestado mucha atención al papel “caballo de Troya” de los partidos zancudos (PLC, YATAMA y otros) al interior de la Coalición Nacional, que torpedeó y debilitó a la unidad opositora en la lucha en contra del régimen.

El análisis que hacían los líderes de la oposición formal estaba dominado por la suposición tácita de que la represión indiscriminada del régimen lo haría lo suficientemente impopular a nivel nacional e internacional, como para obligarlo a realizar elecciones libres y transparentes en concordancia con su estrategia de “salida al suave”. Esto refleja el enfoque ingenuo y poco realista, ya que no tomaba en cuenta la posición de los poderes fácticos favorables a Ortega: militar, policial, paramilitar, judicial, etcétera.

Por su parte, el régimen partía de la necesidad de alcanzar victorias tácticas político-militares para ganar tiempo, no importando la preservación de los derechos humanos; lo importante era ejercer un mayor control sobre la población. En la lógica político-militar de Ortega, el miedo y la represión son utilizados para neutralizar la efervescencia social y evitar un tsunami o una implosión.

Por otro lado, sabiendo que la mayoría del pueblo es católico, el régimen trata de desprestigiar a los obispos y sacerdotes y manipula las creencias religiosas para crear división en la población ya que existe alrededor de un 30 por ciento que son evangélicos de diferentes denominaciones.

Análisis equivocado y derrota previsible

El análisis equivocado del liderazgo opositor de que el aislamiento internacional era suficiente para obligar al régimen a cambiar su estrategia le permitió a Ortega tener las manos libres para incrementar la represión y ejercer un mayor control sobre la población. La oposición formal subestimó la influencia del paramilitarismo en las zonas rurales para controlar a la población, y también fue incapaz de evaluar correctamente los acontecimientos en el país, facilitando así a Ortega que siguiera ganando tiempo.

Todavía no está claro el por qué la Coalición Nacional y la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) pensaron que cediendo gran parte de las iniciativas políticas a los representantes políticos del gran capital podían implementar tácticas a favor de los objetivos estratégicos de la lucha de abril.

El resultado fue que desde al menos del mes de marzo en adelante el régimen aumentó su influencia y control sobre la población por medio de acciones represivas, lo que ayudó a crear una situación en que las fuerzas políticas de la oposición tuvieron cada vez menos capacidad de ganar batallas políticas tácticas y que el régimen asumiera el control cotidiano de la política nacional.

El régimen también fue capaz de explotar las debilidades y divisiones entre los líderes de la Coalición Nacional (CN) que condujo a su posterior fraccionamiento, utilizando la combinación de represión, intimidación a personas claves, y amenaza y soborno a los políticos zancudos y tradicionales para que dejaran de luchar y/o pasaran información interna de la oposición amplia a la dictadura. Esto le permitió implementar tácticas para ganar tiempo y prolongar su permanencia en el poder hasta el 2021.

Todavía no está claro el por qué la Coalición Nacional y la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) pensaron que cediendo gran parte de las iniciativas políticas a los representantes políticos del gran capital podían implementar tácticas a favor de los objetivos estratégicos de la lucha de abril en contra de la dictadura. Sea por la razón que fuera, eso hicieron, y el resultado ha sido desastroso.

Ortega continuó ganando tiempo, mientras sus opositores se negaron a entender que la estrategia del dictador era “el poder o la muerte”.

Cabe destacar que la atención prestada por la oposición a la acción diplomática, encabezada por EE.UU., en detrimento de la estrategia de movilizar a la población fue producto de la idea de una posible negociación en la cual la oposición formal creía posible lograr elecciones transparentes en el 2021. Esto hizo que subestimaran los alcances negativos de abandonar la movilización; el resultado ha sido un deterioro notable en la fortaleza política del movimiento democrático. La correlación de fuerzas, que al inicio de la crisis favorecía claramente a la oposición, fue revertida por el régimen a su favor.

Además, al aceptar la estrategia electoral como única salida, la oposición ignoraba, en la práctica, el carácter dictatorial del régimen y su estrategia de permanecer en el poder a cualquier precio, sin importarle las consecuencias internacionales. Ortega continuó ganando tiempo, mientras sus opositores se negaron a entender que la estrategia del dictador era “el poder o la muerte”.

Y está misma negación, sustituyendo el análisis real, llevó al gran capital y a los EE.UU. a subestimar la decisión del régimen de no liberar a los presos políticos, no negociar las elecciones libres y ejecutar una combinación de acciones represivas y sobornos para corromper y aprovechar la falta de unidad opositora.

Todo esto, hay que entenderlo, representa el fracaso total de la estrategia del “aterrizaje al suave”. Los políticos tradicionales (como CxL y otros) y del gran capital son culpables de la victoria que para Ortega significa haber llegado al 2021 en mejor posición que la que tenía en el 2018.

Ambos, políticos y empresarios, tomaron el camino de la marginación y la unilateralidad en contra de una unidad de todas las tendencias de la oposición, al desautorizar una alianza con los amigos que favoreció al enemigo.

El precio que el pueblo de Nicaragua paga a cambio de estos errores es elevado. El balance, desde el 2018 al 2021, no puede ser más que negativo para la oposición en su conjunto. Su derrota en este período fue un obús contra la lucha social en el plano de los hechos. Y no hay que ocultar la verdad: no hay derrotas políticas buenas.

El fracaso de la estrategia del “aterrizaje al suave” implicó la pérdida de credibilidad de los partidos tradicionales, de la fiabilidad profesional de sus análisis y el desaliento por su incapacidad de conducción política para resistir a los ímpetus autoritarios. En el corto plazo, con el prestigio de CxL y los partidos políticos tradicionales por los suelos, sale reforzado el modelo autoritario propugnado por Ortega-Murillo, aunque sea de manera transitoria.

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