“Me hubiera perdido una revolución”

Por: Manuel Alejandro Sandoval, Nicaragüense residente en Costa Rica. Estudiante de derecho.

He dedicado buena parte de la lectura de mi exilio a releer algunas obras de Sergio Ramírez Mercado, entre las que destaco: Juan de Juanes (que cuenta la historia de Sergio con los escritores que ha conocido); La fugitiva (sobre Yolanda Oreamuno, novela que trata sobre la muerte de una manera excepcional), Sara (que me parece un divertimento literario conjugado con la seriedad del relato bíblico), Ya nadie llora por mi (que narra los pasos de Marcela en medio la misa negra entre el gobierno y el sector privado), Castigo Divino, y, por supuesto, Adiós muchachos, las memorias sobre la Revolución Popular Sandinista (1979-1990).

Adiós muchachos, marca un antes y un después en mi crítica a la Revolución, por supuesto que no cambia en nada cómo veo esta ‹‹década perdida››. El sandinismo no deja de significar muerte, exilio, impunidad, cárcel, pobreza. Se convirtió en un ensayo político fracasado, al igual que los treinta años conservadores, la Revolución Liberal de Zelaya, el somocismo y el orteguismo, la otra faceta del sandinismo contemporáneo, pero de similares trazos con el del pasado.

En reiteradas ocasiones he insistido en hacer una bifurcación de las facetas de Sergio Ramírez: diferenciar su etapa de político (que no defiendo), de la del escritor, no solo nicaragüense, sino uno de los autores vivos más importantes en lengua española. Si bien, tal como confiesa en sus memorias: ‹‹no empuñé armas en la revolución, no llevé nunca uniforme militar›› ahí describe su rol de Vicepresidente, también es valioso recordar lo mismo que dijo al recibir el Premio Cervantes: ‹‹me declaro voluntariamente un poeta››.

Don Sergio ha logrado describir tan bien las sociedades en las que le ha tocado vivir: desde el somocismo, como lo hace en Castigo Divino, así como la Costa Rica que se abre a forjar una nueva identidad, según lo cuenta en La fugitiva. Pero en la novela sobre Amanda, Sergio no deja al nicaragüense a un lado, la amiga de Amanda va preguntarse: ‹‹ ¿No le parece que en cada nicaragüense hay siempre un estratega militar de nacimiento, y un poeta de nacimiento? ››.

Una tesis que se torna irrenunciable para Ramírez Mercado, pues desde los días de Balcanes y Volcanes, ha de reflexionar sobre el yo del nicaragüense, pero también centroamericano, y dirá en el Cervantes: ‹‹“Poeta” es una manera de saludo en las calles, de acera a acera, se trate de farmacéuticos, litigantes judiciales, médicos obstetras, oficinistas o buhoneros; y si no todos mis paisanos escriben poesía, la sienten como propia, gracias, sin duda, a la formidable sombra tutelar de Rubén Darío, quien creó nuestra identidad, no sólo en sentido literario, sino como país…››.

Posiblemente, pese a los muchos méritos que tenga Sergio Ramírez Mercado para ser Ciudadano de Honor de cualquier país de la Iberoesfera, no se le conceda tal distinción en Costa Rica, país donde nacieron sus hijos, lo cierto que el tiempo me dará la razón, tanto como a muchos cuando, algún día, Sergio Ramírez Mercado sea una lectura obligatoria para entender, no solo nuestros particulares países, sino toda una región cuya historia comienza desde los cuentos que presentó a su papá en Masatepe hasta Tongolele no sabía bailar.

Mientras eso pase, sigamos leyendo al hombre que Saturno alza desde el suelo para meterlo entre sus fauces.

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