Siete años después del violento ataque armado en el campus de la UNAN-Managua y en la vecina Parroquia Divina Misericordia, que dejó a dos jóvenes asesinados, el nicaragüense exiliado Carlos Andrés Monterrey, uno de los sobrevivientes de aquel 13 de julio de 2018, compartió su testimonio con La Mesa Redonda.
“Es revivir y mantener una herida que no ha sanado”, dijo Monterrey al rememorar aquellas horas de terror. El joven señaló que recordar todo ese dolor, trae rabia por saber que muchos perpetradores, materiales e intelectuales, siguen impunes.
“Ha sido una herida que uno aprende a sobrellevar, porque sin duda alguna al inicio es duro, es difícil, con el tiempo esa herida no cierra porque permanece abierta en la medida de que los responsables no hayan atravesado ningún tipo de justicia, no hay reparación para la víctima, no lo han tenido las familias dolientes que perdieron a sus hijos como en el caso de Gerald Vázquez y de Francisco (Flores)”, declaró.
Monterrey describió cómo, tras días atrincherados sin comida ni suministros, esperaban una negociación que nunca llegó. Explicó que desde el 11 de julio de 2018, la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) mediaba para evacuar con seguridad a los jóvenes, pero la oferta de entregar el recinto se frustró.
“Cuando se nos comunica la propuesta de la Conferencia Episcopal, al final no fue posible; y nosotros durante todo el ataque esperábamos con ansias (una negociación), dándole casi que un poder divino a la Conferencia Episcopal que nos dijera ‘miren muchachos, ya hablamos, ya logramos negociar que se cediera el ataque’, pero eso no sucedió hasta no llegar a las 7 o 8 de la mañana (del 14 de julio). Llega el Nuncio Apostólico al recinto, como un acto de que ya se había logrado detener el ataque, con los buses gestionados para poder sacar a los jóvenes del recinto y llevarlos finalmente a la catedral”, contó.
Las últimas horas de angustia y temor a morir
En medio de ese caos, Monterrey recuerda cómo estaban conscientes de que en cualquier segundo sus vidas podían terminarse por la lluvia de balas de policías y paramilitares. Junto a él se encontraba su hermana Nydia Monterrey.
“Para nosotros fue asumirnos muertos. Yo de hecho llegué a escribir, antes de que el teléfono se me apagara, un mensaje por WhatsApp a mi hermano, a mis padres, a despedirme, a decirles cosas que me hubiera gustado que ellos supieran antes de que yo muriera, y a pedirles también en cierta parte disculpas, porque yo me sentía culpable por haberlos llevado a esa situación de incertidumbre”, relata.
“Imagínate una madre que está teniendo a dos hijos atrapados en un recinto, donde lo poco que se puede ver de las noticias es que están acribillando a toda costa la universidad donde están sus hijos. Entonces yo pedirle disculpas por ese dolor que le ocasioné”, continuó.
“Yo sabía que de ese escenario solo iba a salir en una bolsa o en una sábana. Entonces a partir de ahí fue difícil para mí, fue difícil con mi hermana porque en algún momento nos agarrábamos, nos apretábamos fuerte junto a otros chavalos cantando el himno nacional, que era lo que podíamos como tratando de asimilar lo que estábamos pasando, y todo fue tan surreal”, recuerda.

Monterrey recordó el instante de alivio al llegar a la Catedral de Managua, vio a gente arrodillada, cantando y colocando banderas.
“Comenzamos a llorar, yo en ese momento me quebré, lloré, porque dije, ‘sobreviví’, y ya cuando miré a mis padres, que fue la representación de mi familia, fue un abrazo que fue agradecer el hecho de estar vivo”, mencionó.
También rememoró el abrazo protector a su hermana, a quien cubrió con su cuerpo para evitar que recibiera golpes o disparos.

Contra el olvido y la impunidad
Carlos Monterrey subrayó la importancia de la memoria colectiva, al señalar que la dictadura ha intentado borrar fechas y eventos históricos, cambiando aniversarios por celebraciones oficiales.
“Nosotros lo que podemos hacer es mantener viva esa memoria para con la memoria exigir la justicia, porque en tanto las familias dolientes no encuentren una reparación, no encuentren que los perpetuados hayan pasado por un proceso de justicia, no van a sentir un alivio; y nuestro deber es trabajar por eso”, aseveró.
En ese sentido, Monterrey lamenta que las familias de las víctimas, como las de los jóvenes Gerald Vázquez y Francisco Flores, aún no hayan visto a sus agresores enfrentar juicio.
Para Monterrey, relatar su experiencia es un acto de responsabilidad: “Yo como estudiante sobreviviente estoy anuente a dar este tipo de entrevistas porque lo considero un compromiso con la gente que perdió la vida, hasta que ojalá se pueda obtener un poco de justicia”.
