Xavier Ruiz Ribes | 13 de agosto 2025
La capacidad autodestructiva del régimen de Nicaragua parece no tener fin. Las recientes purgas contra viejas figuras históricas del FSLN, que se suman a quienes previamente ya habían sufrido severas pasadas de cuenta, demuestran que la desesperación y la manía persecutoria de la pareja presidencial, y en especial de su mitad femenina, han llegado a su límite máximo. No se vislumbran ya personajes que puedan ser intocables, y cualquier sujeto cercano a la cúpula del poder puede caer mañana mismo, si no esta noche o acaso mientras usted lee estas líneas.
No voy a exponer a estas alturas la debilidad de compadecerme de quien haya aguantado hasta lo indecible y siga en su efímero puesto de mando, adulando por convicción o por conveniencia a sus jefes, con su banderita rojinegra colgada en el espejo del carro y los sones del himno del Frente Sandinista como melodía de llamada en su celular. Ni la bandera ni el himno le servirán de coartada en la hora del juicio final: su suerte está echada desde mucho antes, y solo debe esperar con eterna angustia que la policía llame cualquier madrugada a su puerta.
No parece que el miedo y la desconfianza sean mecha suficiente aún para la descomposición de lo poco que queda del Estado, aunque la imagen de un conocido juego de mesa se asome a mi cabeza: en el Jenga, que así se llama y que tiene origen africano, los jugadores van sacando alternativamente piezas de una torre que cada vez se torna más inestable por los vacíos que se van creando. Las reglas imponen que esas piezas se coloquen en la parte superior de la misma torre, pero eso no hace sino consolidar la inestabilidad del conjunto por meras leyes físicas, hasta que todo se viene abajo con estrépito.
En Nicaragua, a medida que se van eliminando piezas del tablero, aumenta también la sensación de desbandada y de volubilidad del régimen: sin figuras de relieve que sustenten la argamasa ideológica, y sin cabezas pensantes que equilibren los desvaríos que salen del Carmen, el escenario se convierte cada vez más en un frenesí familiar de exterminio programado hacia sus súbditos. No va a quedar ni el apuntador de esta obra, y si nadie lo evita, el colapso del sistema puede ser antológico cuando los últimos supervivientes decidan morir matando.
Sé que a esto se le llama, y con razón, implosión. La tesis tiene consistencia y sus magníficos intelectuales detrás. Pero diría que aún estamos en la fase previa, que yo llamaría de fagocitación. Hay unas células en el cuerpo humano, llamadas fagocitos, que se encargan de destruir partículas extrañas como bacterias o microbios, y realizan un proceso a medio camino entre la deglución y el descarte. Todo aquello que el fagocito detecta como un posible peligro es automáticamente destruido y degradado a simple escombro.
No es difícil equiparar este efectivo mecanismo biológico con la realidad de Nicaragua. Desde hace tiempo, todo cuerpo que se desplaza por los edificios gubernamentales y sedes asociadas que pueda suponer un riesgo para la pareja presidencial, es absorbido por las fuerzas de seguridad a sueldo, atraído hacia las celdas de la Modelo o el Chipote y eliminado del espacio público. Y si queda algún resto que pueda permanecer en su casa con la modalidad de prisión domiciliar, es también degradado convenientemente, bajo la acusación de traición a la patria o corrupción desmedida, que es lo mismo que decir corrupción sin el consentimiento de sus superiores.
No es menos cierto que alguno de estos seres caídos en desgracia puede olerse a tiempo la llegada de sus carceleros y actuar con anticipación. La naturaleza nos regala otra vez más un espléndido modelo: algunos microbios también pueden eludir ser reconocidos o engullidos, escapar al citoplasma o, en el caso extremo, matar al propio fagocito. Me extraña que nadie haya reparado antes en este proceso tan llamativo, copiado de manera tan precisa por Lenin Cerna y su cohorte de células protectoras.
La diferencia, claro está, radica en que en el ejemplo natural se localizan con precisión y acierto los elementos nocivos, y en el caso nicaragüense todo depende de la obsesión enfermiza de la copresidenta para señalar a quienes ve como organismos tóxicos, o sea, personas que en un día no muy lejano puedan poner en duda su plan hereditario. Como este tipo de patologías solo puede empeorar si no hay tratamiento de por medio, el enemigo acaba siendo cualquier individuo que se cruce en su camino, sin importar su historia, su grado de lealtad o su apellido. Quizá solo el parentesco pueda aún importar en este momento, pero ni eso es condición segura a medio plazo para salvarse de la depuración.
Nunca es tarde para que todos aquellos que una vez fueron sinceros militantes de un partido llamado Frente Sandinista de Liberación Nacional (hoy convertido en Ortega-Murillo, Sociedad Limitada) comprendan el nivel de aniquilación al cual están expuestos en esta fagocitación desbocada y decidan pasar a la nueva fase del programa, que tendrá que ser necesariamente la anunciada implosión desde adentro. Y esto no es excusa para que nadie piense desde afuera que bastará con asistir al espectáculo de lucha intestina desde el palco y con una ración de palomitas: sin vinculación previa entre los movimientos internos y externos, sin líneas discretas de comunicación y sin generar confianza entre antagonistas no hay impulso que prevalezca.
Mientras presenciamos esta sucesión de ilustres decapitados que semana tras semana van encogiendo el aparato represor, sería una ingenuidad esperar a que el último de ellos traspase la puerta de salida y apague la luz, dejando tras de sí un fortín irrompible, sellado y al mando de un caudillaje trastornado. Es mucho más sensato pensar que todavía pueda haber alguien entre los próximos acusados de conspiración con un resto de cordura suficiente como para recapacitar y anticiparse a la debacle. Y será con esos desertores, les guste o no a algunos, con quienes habrá que contar un día.
Todo lo demás, incluyendo la pureza de sangre y la inmovilidad ideológica, es verborrea para no salir del mismo sitio en el que estamos. La realidad requiere audacia y sutileza a partes iguales, y saber leerla a cada momento es lo que demuestra inteligencia para avanzar, incluso con la perspectiva de tener que sentarse a comer un día con el enemigo. Hasta el sistema inmunológico presenta niveles de tolerancia con ciertas células malignas para evitar daños peores: ¡a ver si al final vamos a ser menos listos que una mera partícula microscópica!
*El autor es cooperante español en Centroamérica.
*Artículo publicado originalmente en La Prensa
