Alana Briceño Jara | 02 octubre 2025
Mamá siempre decía que lo que es de uno, es de uno.
Lo repetía especialmente cuando llegaban golpes de suerte, por pequeños que fueran.
Cuando le servían la pieza de pollo más grande en el buffet, cuando el único par de zapatos que le gustó en la tienda era, casualmente, de su talla, incluso cuando olvidaba comprar café, pero alcanzaba la última cucharada para llenar su taza.
Para ella, esas cosas no eran coincidencias, eran recordatorios constantes de que lo que te pertenece, con el tiempo llega, aunque a veces toca esperar a que se acomoden las piezas.
Papá era un aficionado a las plantas —a comprarlas, al menos—. Durante años soñó con un jardín de rosas, y lo consiguió. Cada mañana, sin falta, cortaba una rosa y se la dejaba a mamá en la mesa, como un ritual que nadie le pidió pero todos entendíamos.
A veces pienso que su amor por las rosas no tenía tanto que ver con las flores en sí, sino con ella.
Mi mamá se llama Rosa.
Y aunque nunca lo dijo con esas palabras, estoy segura que para él, de todo su jardín, ella era la rosa más hermosa.
Y estaba mi hermano, claro, con dudas tan enormes como sus zapatos, dignas de su edad.
La vida era buena con nosotros.
Vivíamos envueltos en una rutina que nos era familiar y suficiente.
El olor a café por las mañanas, el canto de los pájaros que acompañaban una brisa fresca, ardillas robando los cocos tiernos de las palmeras de nuestro patio, el maullido de Pelusa —mi gata— en mi oído, tocándome la cara con sus patitas para que despertara.
Lo que más me gustaba de esa secuencia es que, sin importar los días malos —que de vez en cuando tenía—, siempre sabía exactamente dónde volver.
Era mi lugar seguro. Hasta que ya no lo fue.
Un día nos dijeron que ya no podíamos quedarnos. Que la casa no era nuestra, aunque la hubiésemos construido con nuestras propias manos, aunque tuviéramos todo lo necesario para demostrar que sí lo era.
No hubo tiempo para comprender, ni para preguntar, mucho menos para discutir. Apenas el necesario para reducir toda nuestra vida a una maleta y marcharnos ¿y a dónde ir? Si de un momento a otro no teníamos ni dónde caernos muertos.
Lo más absurdo es que todo parecía seguir igual.
El sol todavía se colaba por la ventana, la lavadora aún giraba como si nada, y Pelusa dormía en su rincón favorito, lo suficientemente escondido para que nadie pudiera encontrarla y despertar su sueño tan sagrado. Hace unos minutos pensábamos que hasta el polvo que la brisa levantaba era nuestro, pero ya no.
Pelusa no cupo en la maleta.
No porque no quisiera llevarla, sino porque no me lo permitieron.
Nos fuimos y ella se quedó, sin saber que no volveríamos. Se quedó esperando, en la última esquina que conoció como hogar, en esa casa que alguna vez fue mía.
Caminamos durante horas en una marcha sin destino, incesante, con las manos apretadas y el corazón latiendo a cada paso que nos alejaba de lo que fue.
El trayecto se volvió tan largo que el cielo terminó por cubrirnos con un velo negro, suave pero denso, como si la noche quisiera ocultarnos de ese mundo al que ya no sentíamos que pertenecíamos.
Las sombras de esta nueva ciudad por la que caminábamos nos eran ajenas. Hasta el aire era distinto, como si el cambio hubiera alcanzado incluso lo que no se ve. Cuando por fin divisamos a lo lejos las luces del refugio —mínimas, titilantes, casi tímidas—, algo en mí se encogió.
No sabíamos si sería un lugar seguro o solo otro techo que no nos pertenecía.
Al cruzar la puerta, no llegamos a casa, pero sí a un lugar donde, al menos, podríamos permanecer sin vigilar la ventana.
Aquella noche ninguno de los cuatro durmió.
Los días siguientes estuvieron llenos de rostros desconocidos, culturas diversas, personas que al igual que nosotros, no tenían un hogar al cual volver. Éramos extraños entre extraños, compartiendo silencio, tiempos muertos, una mesa y comida que no sabía a hogar, mientras el frío que sentíamos parecía ir más allá de la temperatura real.
Frío como el desconcierto, como el no saber si esto era un comienzo o un final.
Vi llorar a mi madre por tercera vez en mis 20 años de vida.
Y eso me dolió más que dejar mi cuarto, mis libros, mi gata.
Porque si ella lloraba, entonces era real.
Mi hermano con 11 años no entendía del todo lo que pasaba, solo sabía que estábamos lejos. Para él eran unas vacaciones sin retorno.
Papá fingía entereza, pero lo vi quebrarse cuando creyó que nadie lo miraba.
Algunos amigos suyos supieron dónde estábamos. Nos llevaron ropa y víveres.
Nosotros tomamos lo justo y compartimos el resto.
Aprendimos que la dignidad también se sostiene en el dar, incluso cuando no se tiene mucho.
Durante un tiempo, vi el mundo desde el dolor.
Todo era blanco o negro, no existía punto medio.
Pero el tiempo —que no siempre sana, pero sí acomoda— me enseñó a ver la vida con otros ojos.
Me di cuenta de que incluso cuando no se tiene nada, uno sigue eligiendo.
Y eso es algo que no todos comprenden.
Creen que la necesidad arranca el libre albedrío.
Que si alguien hace daño es porque no tuvo opción.
Pero no.
Las personas no son malas porque les fue mal.
Son malas porque eligieron serlo.
Yo conocí mucha gente a la que la vida le golpeó más duro que a nosotros,
y aun así elegían sonreír, compartir, escuchar.
Elegían ser buenos.
Y esa fue mi primera lección entre desconocidos:
La bondad no siempre tiene casa, pero sí cuerpo.
Y puede habitar en cualquiera que la elija.
Al principio nuestras voces no hacían ruido, pero al ir acercándonos a los silencios, entendimos que más que compartir una mesa, compartíamos el desarraigo, el frío, la tristeza que nadie dice en voz alta. Y aunque nadie nos lo pidió, empezamos a cuidar de los otros, un poco como forma de resistir, un poco como forma de sanar.
Entre todos, cargábamos con pérdidas profundas, la calle en la que nos raspamos las rodillas siendo niños, una abuela que nos esperaba, el sonido familiar del idioma en los parques, rutinas, la sensación de pertenecer, todo aquello que no se reconstruye.
Quizás no todos hablábamos el mismo idioma, pero bastaba con vernos a los ojos para entender que el dolor también sabe ser espejo.
Así, entre turnos para lavar la ropa y conversaciones a media voz por las noches, fuimos tejiendo algo parecido a una rutina, una especie de tregua con la incertidumbre.
El refugio ya no era solo un edificio ajeno. No era cómodo, ni bonito, ni nuestro. Pero parecía cada vez más un lugar donde una puede volver cuando se siente rota.
Quizás nos habían arrancado de casa, nos habían hecho correr, llorar, dormir con una pequeña maleta como almohada, pero en esa sala llena de idiomas diferentes, de acentos cruzados y de miradas parecidas, entendí que lo que nos hace humanos no lo pueden arrebatar.
Bolognia, Italia.
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Alana escribió esta vivencia. Lo que dictadura Ortega-Murillo le hizo. Hoy rehace su vida profesional y emocional en el no deseado destierro. Libre, junto a los que le aman.
Papá (Henry Briceño)
