Juan-Diego Barberena | 19 noviembre 2025
Es de conocimiento general que la crisis política de Nicaragua, derivada de la represión y persecución generalizada de la dictadura Ortega-Murillo, ha ocasionado un éxodo forzado de prácticamente el 12 por ciento de la población económicamente activa. Ello ha tenido consecuencias altísimas en el marco de las relaciones humanas de toda la sociedad nicaragüense y, en lo que a la demografía respecta, los costos parecen ser irreversibles. Ni en tiempos de guerra huyó tanta gente del país. Pero las consecuencias políticas también son claras: desarticular al movimiento político opositor de cara a que se vea impedido de configurarse en una opción de poder clara dentro del territorio nacional que es donde, al final de la partida, la dictadura saldrá del poder.
El exilio, por naturaleza, impone nuevos retos a la comunidad exiliada, las más inmediatas son las más imperantes: subsistencia e integración social y cultural que debe ser armonizado con el trabajo político. No muchas veces se pueden ambas ajustar y es en ese momento en el cual se tiende a despolitizarse la masa crítica exiliada. Sin embargo, más allá de eso hay centenares de nicaragüenses que mantienen firme su trabajo por la democracia a pesar de las condiciones adversas impuestas.
Durante los últimos años se han implementado programas de movilidad y reasentamiento humano que han sido promovidos por países como Estados Unidos –antes del retorno de Trump– y España en conjunto con ACNUR y OIM que han reubicado a comunidades de exiliados, en su mayoría de Costa Rica, en estos dos países. Hace dos semanas se conoció de un vuelo chárter en el que viajaron 245 nicaragüenses con rumbo a España, lo cual implica para la mayoría de estos compatriotas un exilio dentro de otro, pues además que desarticula a quienes estaban de alguna manera organizados, genera nuevamente el “empezar de cero, otra vez” que nos ha tocado a todos, sin excepción.
Entonces surge la pregunta inexorable que tenemos que hacernos quienes estamos, diariamente, trabajando para propiciar un espacio que genere una transición a la democracia en Nicaragua: ¿cómo creamos las condiciones para el retorno, aún en las condiciones existentes? Me parece que es esta, una pregunta de cajón, básica y elemental si de trazar estrategias de lucha contra la dictadura se trata.
Y es que en el exilio y el destierro se puede hacer política, pero muy poca. Se puede combatir a la dictadura también, pero el cambio político real se fragua en Nicaragua, y para eso se requiere que la masa crítica del exilio se movilice y logre mantener viva la convicción del cambio político, social y democrático en el seno de la población. Todo esto exige que se inicie a trabajar para el retorno, y no un regreso triunfal con las banderas ondeando de lado a lado, eso no sucederá. El retorno a Nicaragua será para continuar batallando de cara a lograr una transición democrática.
Sobre esto deben asumir la responsabilidad nuestras organizaciones, de distinto signo, giro y naturaleza (sean políticas, de sociedad civil, ong, movimientos sociales, etc), es en esa situación en donde se necesita un enfoque organizativo hacia la comunidad del exilio nicaragüense, sobre todo con la disposición suficiente de regresar no en la condiciones óptimas y deseadas, pero sí en las que nos permitan continuar luchando in situ. Todo lo que se haga en el exilio debería estar trazado hacia el regreso a tierras nicaragüenses: los procesos de formación, las articulaciones organizativas, las alianzas regionales, la construcción de narrativas comunes y las propuestas políticas programáticas.
Los espacios y proyectos que inmovilizan a la gente deben cesar. Si se impone el terror gana la dictadura, pero más aún los liderazgos piensan menos en la actividad política y más en cómo evitar ser blancos de la tiranía Ortega-Murillo. La única manera de disminuir la posibilidad de que nos alcance el brazo represor de la dictadura es trabajando articuladamente para sacarlos del poder, y eso se inicia fuera de Nicaragua, pero culmina dentro.
Es verdad que es complejo pensar en el regreso a Nicaragua en las actuales circunstancias, pero el realismo político, y el fenómeno debidamente dimensionado nos obliga a hacerlo, al final la política se reduce a la actuación y a la posibilidad de tomar decisiones, el acierto y/o desacierto se juzga a posteriori. Lo que está claro es que entre más se dispersen los y las nicaragüenses por el mundo y entre más se inmovilicen por el miedo, que muchas veces viene fortalecido por las mismas organizaciones y sus planes, la posibilidad de cambio se aletarga.
Con estas líneas que pueden ser legítimamente impugnadas por quienes así lo estimen a bien, no pretendo cuestionar a quienes se han trasladado a otros países sea por temor o por sus propias circunstancias o deseos de vida. Son decisiones que merecen mi más alto respeto. Únicamente trato de colocar nuevamente sobre el debate que debemos volver a pensar en que todo lo que hagamos, con relación a Nicaragua, tiene que ser pensando en retornar.
Juan-Diego Barberena, Abogado, Maestrante en Derechos Humanos. Miembro del Consejo Político de la Unidad Nacional Azul y Blanco.
*Artículo de opinión publicado originalmente en Divergentes
