Xavier Ruiz Ribes*
Escribo estas líneas todavía desde Comayagua, a poca distancia del principal aeropuerto hondureño, al finalizar mi tarea de observación electoral. Es probable que al salir del país todavía no sepa quién va a ser el próximo presidente, pues apenas unos 500 votos han separado al primer candidato del segundo con el escrutinio del 57% de las actas, y la actualización posterior ha confirmado el estrecho margen entre Nasry Asfura y Salvador Nasralla. Este empate técnico, que no debería ser en sí mismo nada extraño, ha acabado empañado por distintas circunstancias sobre las que se pueden sacar algunas enseñanzas de interés.
Es una lástima que un proceso que en apariencia tiene todas las garantías de transparencia, con un Consejo Electoral imparcial, medios técnicos avalados por expertos y un ejército de observadores nacionales e internacionales, se vea puesto en duda por decisiones de difícil comprensión, disfunciones del sistema informático e injerencias externas no previstas. Y todo ello en un marco de respeto cívico por parte del pueblo hondureño, que participó con exquisita calma el día de las elecciones y que ha asumido con resignado pragmatismo la larga espera para conocer el desenlace de este sufragio.
Los dos primeros cortes que el Consejo Nacional Electoral (CNE) ofreció en la noche y madrugada del domingo se atrasaron más de lo previsto, pero hasta ahí todavía eso entraba dentro de lo normal: llevo 20 años observando estos procesos y nunca me he ido a dormir temprano. El problema vino luego, pues a lo largo del lunes y más de medio día del martes los consejeros tuvieron en vilo a la población, sin nuevas actualizaciones y alegando deficiencias en la conexión, que no permitía procesar las actas que no habían sido recibidas mediante un sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP).
Les ahorraré detalles excesivamente técnicos, pues no es este el lugar para ello. Lo que conviene expresar aquí es la necesidad de que un tribunal electoral explique de manera convincente cualquier atraso o deficiencia que se genere en esas horas clave, pues la confianza depende no solo de la robustez de los instrumentos (que, como todo en esta vida, no son infalibles), sino también de la claridad con que se describa toda incidencia que se produzca en el camino. Las tres voces del CNE, no suficientemente armónicas en ese lapso dramático, con declaraciones extemporáneas en diversos medios y sin una posición oficial única, no ayudaron a tranquilizarnos.
Tampoco el apagón temporal del escrutinio, con una página web caída y sin actualizaciones durante demasiadas horas, abona a la credibilidad del recuento. De hecho, la memoria reciente nos retrotraía a lo sucedido dos elecciones atrás, cuando otro apagón mucho más grave puso en tela de juicio todo el proceso, con datos radicalmente diferentes entre lo publicado antes y después de la interrupción, y la cosa acabó en denuncias de fraude y las calles incendiadas. Nada que ver con lo de ahora: este intervalo fue una parada técnica que no alteró los resultados, solo prolongó su difusión por un tiempo excesivo.
Ya el martes por la tarde el CNE, como si hubiera despertado de golpe de un prolongado letargo, comenzó a introducir nuevas actas minuto a minuto, que las televisiones iban actualizando en vivo. El empate se rompió de inmediato en favor del candidato que hasta entonces era el perdedor. Como si asistiéramos a una competición deportiva, la pugna era apasionante y un punto cruel, pues el contraste entre la exasperante espera de 48 horas de silencio y el nuevo ritmo de procesamiento nos ponía en un escenario distinto. Habrá que explicar por qué esta capacidad de introducción de actas no pudo realizarse la misma noche electoral, y se paralizó el conteo en el momento en que el empate técnico era una foto fija que quedó establecida por un largo período de tiempo.
Pero el principal elemento distorsionador en estas elecciones vino de afuera: los tuits publicados por Donald Trump en plena votación, llamando a escoger al candidato del Partido Nacional, y poco después tomando la decisión urgente de conceder el indulto al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado a más de 40 años de cárcel por narcotráfico por un tribunal estadounidense, alteraron el tablero de juego. Es imposible saber las consecuencias reales de esta intromisión ni a quién perjudicó o benefició, pero es evidente que un bombazo de este calibre deforma la independencia del curso de la elección y la propia soberanía de un país que escoge a su presidente sin tener que escuchar ruidos ajenos.
El altavoz que Trump usó para sus fines propios es una injerencia pocas veces vista antes, ni por el nivel de descaro ni por la voluntad expresa de definir un resultado específico en una elección de otra nación. Instrumentalizar un indulto de un convicto acusado de graves delitos (tan graves, sin duda, como por los que ahora él mismo acusa a Nicolás Maduro) es un acto desconsiderado, pues más allá de su preceptiva capacidad para otorgarlo, ni el momento ni la justificación utilizada son adecuados. Siempre sobrevolará la sospecha de qué parte del electorado se vio influenciada en el último momento para cambiar el sentido de su voto.
No deja de ser notable, pues, que la principal lección de civismo la haya dado el pueblo hondureño, y lo escribo sin conocer las consecuencias que el resultado final vaya a generar entre los simpatizantes de uno u otro partido. Eso ya formaría parte de otro capítulo. El que se escribió el domingo y los dos días posteriores reflejan una madurez que ya quisiera ver en otras latitudes, incluyendo la de los verdaderos perdedores, es decir, los oficialistas que quedaron fuera de toda opción a las primeras de cambio. Espero que los líderes políticos también estén a su altura cuando se trate de aceptar tácitamente el escrutinio final.
Y con todas sus debilidades, también hemos visto instituciones capaces de asumir errores (por bien que mal explicados y a destiempo) y rectificar sobre la marcha. ¡Qué contraste con el vecino del Sur! Mientras en Nicaragua demolieron piedra a piedra el Consejo Supremo Electoral, nombrando a magistrados dóciles y mansos que responden a un partido único, contando votos desde despachos, cercenando partidos opositores y encarcelando y luego desterrando a sus líderes, Honduras da una lección de honestidad. Contra viento y marea, sí: pese a fallas puntuales, tardías reacciones y voceríos externos, pero con votos que acaban siendo sumados y sometidos al escrutinio público. Viendo cómo está el panorama, no deja de ser un alivio.
*El autor es cooperante español en Centroamérica.
