Oscar René Vargas | 14 de abril de 2026.
Nicaragua no está en recesión, pero tampoco está creciendo. Y eso, en este momento del mundo, no es estabilidad: es rezago. Llevamos dos décadas con bajo crecimiento y productividad estancada. No es un problema reciente ni coyuntural, es una trayectoria larga. El crecimiento del ingreso por habitante ha sido persistentemente débil y no se espera que cambie en el corto plazo. En la coyuntura actual todos los caminos conducen a precios más altos y a un crecimiento más lento.
Hay una regla de ahorro en las finanzas públicas que el régimen no está aplicando: no endeudarse para gasto corriente, sino en proyectos de capital e inversión que generen sus propias fuentes de pago. Si seguimos endeudándonos para financiar inversiones improductivas y gasto corriente, vamos a tener problemas, a menos que la economía aumente su crecimiento productivo, lo que no se ve cerca.
Desde el 2006 a 2025, la deuda externa pasó de US$3,400 millones de dólares a US$16,245 millones de dólares, lo que representó un aumento real de 477.79%. Desde 2024 el pago de comisiones e intereses por contratar deuda se convirtió en un gasto mayor al destinado a educación pública. En los próximos años el pago del servicio de la deuda será mayor al ingreso de los montos de los nuevos préstamos.
Los otros problemas del país son la concentración de la riqueza en pocas manos y la corrupción que se han transformado en frenos para el crecimiento de las inversiones productivas. Por ejemplo, los grandes capitales nicaragüenses tienen el 80% de sus capitales en el extranjero por la falta de seguridad jurídica del país.
Por otro lado, la corrupción obstaculiza/detiene las inversiones productivas en el país. Por ejemplo, no es el único, la familia Ortega-Murillo ha logrado acumular una enorme riqueza bajo un esquema que politólogos califican de cleptocrático, al convertir el ejercicio de poder en una mina de oro personal mediante proyectos inmobiliarios, donaciones, regalos, sobornos, maniobras financieras y corrupción.
El problema no es el diagnóstico, sino la ausencia de una estrategia de inversiones productivas. Nicaragua se ha acostumbrado a una economía que no colapsa, pero tampoco avanza, a una estabilidad sin transformación. Esa inercia sería manejable en otro contexto, pero hoy no lo es. La economía centroamericana está cambiando con rapidez y el rezago de la economía nicaragüense se incrementa. En estos momentos, los países que tienen dirección estratégica se reposicionan; los que no, se rezagan.
En la política económica del régimen no hay dirección. La política económica se mueve sin articulación. Se anuncian prioridades que no se conectan entre sí, las decisiones económicas se establecen sobre la marcha y de corto plazo sin una idea estratégica clara de hacia dónde ir. La incertidumbre ha aumentado y ya está afectando la inversión y el crecimiento. Esto no es casualidad, es el resultado de esa carencia de estrategia de futuro.
A esto se suma un problema más de fondo: la capacidad del equipo encargado de conducir la política económica y la acción internacional es insuficiente para un momento como éste. Falta experiencia para entender el entorno geoestratégico, falta capacidad para traducir diagnósticos en decisiones y falta consistencia para sostenerlas. Así no se construye una trayectoria de futuro, se administra el día a día.
Se habla de diversificar las inversiones productivas, pero no se hace. Y no se hace porque no es sólo un problema económico, sino político. Sin estrategia de futuro, la política económica y la política exterior terminan reducidas a adaptación. No hay conducción, hay desigualdad; no hay dirección, hay hambre. Y cuando eso ocurre, la falta de estrategia deja de ser una condición y se convierte en una forma de gobierno.
El conflicto de Medio Oriente significa dos cosas. A corto plazo, la inflación mundial va a aumentar. Si el conflicto dura más, entonces el aumento de la inflación se unirá a la caída del crecimiento económico global y la probabilidad de que incluso algunas de las principales economías puedan caer en una recesión con repercusiones negativas para Centroamérica.
En las semanas recientes se ha producido un aumento de precios de sus insumos, fenómeno impulsado por los aranceles, la subida del precio del petróleo, y de los fertilizantes. Esta presión comprime los márgenes de los productores, ya que no pueden trasladar todos los costos al precio final sin provocar un estancamiento económico.
A pesar del aumento de los costos, las empresas manufactureras sólo podrán aumentar ligeramente sus precios de venta, lo que sugiere una absorción de los costos adicionales y una presión sobre su rentabilidad. Las empresas tendrán mayores gastos en energía, fletes y combustibles. La manufactura se verá en una encrucijada: mientras la demanda se debilita, los costos operativos se disparan por una combinación de factores locales e internacionales.
Se anticipa un entorno más retador para la manufactura, ante señales de desaceleración de la actividad industrial, presiones al alza en el costo de insumos energéticos y la persistente incertidumbre asociada a la política económica y comercial.
Han pasado ya 20 años desde el 2007. Ése es el tiempo suficiente en el que un gobierno define su rumbo económico. Sin embargo, aquí no ocurrió: lo que hay es inercia. Y la inercia, en una economía estancada, no es neutral: profundiza el rezago, profundiza las desigualdades y reduce las posibilidades futuras de desarrollo.
Nicaragua enfrenta hoy una situación clara: la actual política económica del régimen produce estabilidad sin crecimiento, sin estrategia y sin conducción. No faltan ideas: falta quien las articule y esté dispuesto a sostenerlas. Sin proyecto y sin perspectivas, el tiempo deja de ser oportunidad. Y lo que hoy es rezago, mañana será irreversibilidad.
