Por Claudia Vargas
Las imágenes del funeral de Brooklyn Rivera han generado una comprensible indignación pública. Buena parte de la discusión se ha concentrado en la presencia de figuras oficialistas junto al féretro del líder indígena Brooklyn Rivera. Sin embargo, detenernos únicamente en los nombres o en los rostros es mirar el árbol y perder de vista el bosque.
Hay una dimensión mucho más profunda y perturbadora en esa puesta en escena que merece ser observada: no se trata de quiénes estaban ahí, sino del mensaje que se envió a quienes fueron llamados a presenciarla.
El destinatario real de esa escenificación son las propias bases, esas estructuras moldeadas durante años por el control, el adoctrinamiento y el miedo cotidiano. Colocar a las bases frente al féretro de un líder indígena que sufrió cárcel, desaparición y deterioro bajo custodia del régimen no es un acto de respeto. Es una demostración de fuerza.
El mensaje no es: «Vengan a despedirlo, honrarlo».
El mensaje es otro:
«Contemplen el destino de la desobediencia. Miren el deterioro. Miren el desenlace. Entiendan que nadie, absolutamente nadie, está a salvo.»
El poder totalitario no se conforma con castigar en la sombra; necesita que el castigo sea visto. Necesita testigos. La demostración de fuerza no consiste únicamente en exhibir la capacidad de destruir a un opositor, sino en demostrar que puede hacerlo con absoluta impunidad: quebrar una vida y, acto seguido, ocupar el espacio del duelo sin rendir cuentas a nadie.
La dominación alcanza su forma más sofisticada cuando deja de ejercerse únicamente sobre la víctima y comienza a operar sobre la conciencia de los espectadores.
Lo que presenciamos no fue una escena de reconciliación. Fue la teatralidad del miedo; una forma de poder que se reproduce a través de símbolos, rituales y escenificaciones cuidadosamente construidas.
Y es precisamente en ese punto donde recuerdo a Jean Allouch y su libro Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Los rituales no son adornos culturales ni formalidades vacías. Son los espacios donde una comunidad procesa la pérdida, nombra el dolor y reconstruye los vínculos que la muerte ha roto.
En los pueblos indígenas, este tejido espiritual con los ancestros y el territorio posee una profundidad aún mayor. Forma parte de la continuidad misma de la comunidad.
Convirtieron un ritual de dolor comunitario en una demostración pública de control.
Y esa es, quizás, una de las formas más perversas de la impunidad: no conformarse con producir el daño, sino reclamar también el derecho a administrar su significado.
