Marco Aurelio Peña Morales | 17 octubre 2024
“Ay guajiro, ¡mírate ahora! Dijiste que estos tipos eran tus amigos… ¡Pero no hay amigos en este maldito negocio!”
Carlito Brigante en «Atrapado por su pasado» (1993)
Como una «Hidra de Lerna» hace casi medio siglo el sandinismo surgió a costa de sangre y plomo en las aguas de la política nicaragüense. Hidra de Lerna es un monstruo de la mitología griega descrito como una enorme y despiadada serpiente de agua con múltiples cabezas y un aliento venenoso letal. En los años 80’s fue una Hidra de 9 cabezas y actualmente es una criatura bicéfala. Su psicobiología busca el poder por el poder mismo; sin límites ético-jurídicos, sin escrúpulos, sin remordimientos. Si la violencia está en su ADN político y la vocación totalitaria predomina en sus relaciones de poder, todo compañero (o compa) es en acto y potencia un enemigo cuando es visto como una amenaza, un cobarde o un traidor.
Los bajos instintos por el poder se rastrean en la génesis del sandinismo. Fueron los compas de la dirección nacional quienes presionaron a Carlos Fonseca Amador, su fundador y comandante en jefe, para que encontrara la muerte en las montañas. Los mismos que se dividieron en 3 tendencias por las mutuas tensiones en torno al mando ideológico-militar; varias veces con ganas de fusilarse unos y otros. Con el Frente Estudiantil Revolucionario (FER) imponiéndose fraudulentamente en el movimiento estudiantil, incrementaron el reclutamiento de estudiantes universitarios cuyo destino fue el sacrificio mortal. No es inverosímil la teoría de conspiración que explica la desaparición física de Pedro Joaquín Chamorro como parte de un operativo más en el acometido de conquistar el poder provocando el trastorno general del país.
Esa caracterología instrumentalista y fratricida (el tratar a las personas como meros instrumentos y liquidarlas de ser el caso) se intensificó en la psiquis de la dirigencia sandinista al mando de las estructuras estatales. Las ejecuciones sumarias y otros excesos contra somocistas y supuestos somocistas; el etnocidio contra el pueblo miskitu conocido como la «navidad roja» y el conflicto bélico en los 80’s, fueron expresiones de instintos letales. El sandinismo orteguista fue la facción triunfante de una cultura política antidemocrática en el balance de pugnas internas del FSLN. No fue la autoconciencia sobre los horrores cometidos, sino la contienda por la secretaría general del partido o por la presidencia de la república, lo que marcó la suerte de conocidos disidentes que renunciaron o fueron expulsados.
Daniel Ortega, el «Stalin centroamericano», consolidó sobre sus pares su dominio en la organización. Sus antiguos compas se volvieron enemigos a muerte luego de compartir fechorías y jolgorios. Sergio Ramírez puede lamentarse de haber sido su flamante vicepresidente y jactarse de ser ahora su lírico antagonista (o a la inversa). Carlos Guadamuz y Alexis Argüello primero fueron útiles y después sus vidas fueron apagadas por vía delictiva cuando se volvieron amenazas. Herty Lewites y Dionisio Marenco experimentaron expulsión y confinamiento, respectivamente, cuando su liderazgo y gestión como ediles capitalinos molestó al caudillo rojinegro.
Estas remembranzas vienen al caso para racionalizar el proceso de conformación de unas redes de poder encabezadas por la casta Ortega-Murillo y sus círculos concéntricos que hoy operan tipo cosa nostra: famlia, negocio y crimen. La autocracia de partido hegemónico mutó en una autocracia familiar tan brutal que la dinastía de los Somoza parece una serie adolescente de Netflix. Los poderes públicos fueron convertidos en aparatos del poder central ejercido desde una residencia doméstica. «El Estado somos nosotros» es la concepción totalitaria y supersticiosa de estos liberticidas.
Jamás se había visto en la izquierda jurásica a un alto dirigente tan dependiente de su consorte, quien a su vez ostenta tanto poder como para hacer purgas en las estructuras estatales. Rosario Murillo es la cabeza de Hidra de Lerna que devora a sus hijos; la variable que ninguno de esos intelectuales disidentes pudo siquiera denunciar a tiempo; pues su romanticismo iluso anuló el sentido común de advertir una utopía opresora en ciernes. Una mujer que al no tener paz interior está en guerra con el mundo es la todopoderosa vicepresidente. Esclava de su paranoia, es responsable de que ninguno de los compas de la función pública duerma bien debido al terror de ser destituido, encarcelado o desterrado al día siguiente.
El país no sólo es una gigantesca cárcel, sino que los órganos de espionaje lo hacen un gran panóptico. «Vigilar y castigar» como escribió Foucault, en una fase en la que se prepara la sucesión dinástica y se sanciona la corrupción no autorizada. Se instauran satrapías fieles a la compañera y caen las fieles al comandante: la debacle de la magistrada Alba Luz Ramos; la remoción del ministro Iván Acosta; la destitución del jefe de escolta presidencial o el encarcelamiento del ideólogo Carlos Fonseca Terán. La muerte en cautiverio de Humberto Ortega Saavedra, un general sin honores, no sólo evidencia el fratricidio de su hermano, sino el mensaje de que cualquiera es enemigo, aunque se trate de una figura de peso en el FSLN y en la institución militar.
Lo que inicia mal acaba peor: Caín matando a Abel queda corto con esto tan luciferino y perturbador (a propósito de la ruptura con Israel). Entre compas, nadie está a salvo y nadie cree en nada. Rige el salario del miedo, cualquiera es descartable y mañana otro caerá en desgracia. El colapso endógeno del régimen obedecerá a su patrón autodestructivo y la secuencia de eventos que ejercen presión externa. Desde una visión de país conviene a los intereses multisectoriales que así sea. Los rebeldes de abril contamos con la movida de actores ocultos – indecisos y conversos – en esta acción colectiva de realizar ante los ojos del mundo una justa, legítima y épica transición democrática.
*El autor es economista y abogado nicaragüense
