Por Douglas Lee
“En las dictaduras no se archivan las traiciones: se eliminan.
No con juicio, sino con silencio.”
I. La mujer que enterró a todos sin disparar un tiro
Si alguien hubiese escrito este guion, lo habrían rechazado por inverosímil.
Una bruja mística, con voz de catequista lunar y estatuillas de yeso bendecido, elimina uno a uno a los íconos de una revolución, mientras sus víctimas todavía creen que tienen protagonismo.
Ni García Márquez, ni Bolaño, ni Tarantino en ácido habrían logrado imaginarlo.
Pero ocurrió.
Está ocurriendo.
Y la directora de este funeral político es Rosario Murillo, la comandante simbólica de un régimen sin ideología, sin épica… y sin testigos.
Mientras Daniel Ortega se disuelve entre las sombras del Parkinson y la paranoia, ella —la dueña del incienso y de las agendas de colores— ha convertido el sandinismo en un mausoleo ceremonial.
II. Rosario hace lo que Somoza no se atrevió
La gran ironía de esta historia es brutal:
Anastasio Somoza Debayle, el dictador que encarceló, torturó y bombardeó, no ejecutó a los nueve comandantes del FSLN cuando los tuvo en sus cárceles.
A Bayardo Arce, Tomás Borge, Dora María Téllez, Mónica Baltodano, Gioconda Belli, y otros…
los dejó vivir.
¿Fue debilidad? ¿Pragmatismo? ¿Deseo de negociación?
No importa.
Lo cierto es que el enemigo histórico no los eliminó.
Pero Rosario Murillo sí.
Los ha borrado uno por uno, no con balas sino con burocracia, con cárcel, con destierro, con desprestigio, con silencio.
El régimen Ortega-Murillo ha hecho con precisión quirúrgica lo que ni el somocismo logró en décadas de guerra:
Eliminar simbólica y políticamente a toda la generación histórica del sandinismo.
Y no desde el exilio.
Desde adentro.
III. La purga poética de la historia
Rosario no lidera un gobierno.
Administra un cementerio.
Uno simbólico, pero real.
Cada caída es un nicho.
Cada decreto, una lápida.
Cada silencio, un epitafio.
Leamos el parte de guerra, con tono de obituario sarcástico:
• Humberto Ortega, el general de los generales, murió entre murmullos y reportes médicos manipulados. Ni el suspiro final fue suyo. Rosario no parpadeó.
• Bayardo Arce, el ingeniero del pacto con el capital, pasó de asesor presidencial a prisionero ceremonial.
• Lenín Cerna, amo del terror, ahora un nombre sin eco.
• Roberto Samcam, ejecutado en el exilio.
• Payo Solís, vivo en cuerpo, exiliado en alma.
• Víctor Hugo Tinoco, una sombra sin calle ni bandera.
• Mónica Baltodano, purgada sin ruido.
• Dora María Téllez, expulsada como si la historia tuviera filtros de Instagram.
• Gioconda Belli, musa reciclada como influencer poética en congresos europeos.
• Sergio Ramírez, escribiendo como si nunca hubiera firmado decretos.
• Carlos Fernando Chamorro, cronista sin país ni retorno.
Y mientras todos caen, Rosario sigue de pie.
Vestida de fucsia, perfumada de incienso barato, tecleando decretos con tipografía de misa carismática.
IV. El “Epstein File” de Nicaragua
Toda dictadura necesita su archivo de enemigos.
Rosario tiene el suyo.
Una lista negra que no se publica… pero se ejecuta.
Como el Black Book de Epstein:
No importa lo que diga, importa a quién incluye.
No hay firma. No hay ley.
Solo hay miedo.
Y una lógica:
Quien tuvo poder, acceso o memoria… es una amenaza.
Y como buena teócrata tropical, Rosario no castiga: exorciza.
Los nombres más mencionados por exmilitares, empresarios huidos y redes diplomáticas suenan como una letanía:
• Julio César Avilés, el general que ya no genera confianza.
• Bayardo Rodríguez, el que sabe demasiado.
• Horacio Rocha, cerebro policial con demasiados recuerdos.
• Samuel Santos, el canciller que viajó demasiado.
• Alba Luz Ramos, enterrada viva en la Corte Suprema.
• Mario Salinas, que manejó dinero como si fuera fe.
• Jaime Wheelock, Joaquín Cuadra, Halleslevens… ideólogos sin altar, generales sin himno.
En la zona de vigilancia silenciosa:
Carlos Pellas, Ramiro Ortiz, Roberto Zamora — capitales tolerados, pero nunca confiables.
Leopoldo Brenes, la Iglesia reducida a ornamento litúrgico.
Gustavo Porras, fósil funcional de un Congreso zombificado.
V. La familia no delega: absorbe
El nuevo régimen no es político. Es patrimonial.
No se trata de votos.
Se trata de no perder el control de los bancos, las empresas mixtas, las embajadas que firman contratos.
Y ahí entra Laureano Ortega.
El chigüín que aparece en todas las fotos, firma todos los memorandos y viaja como si representara a una dinastía.
Porque eso es.
Una dinastía sin ideología, sin partido, sin épica.
Solo sangre y propiedad.
El sandinismo fue un relato.
Rosario lo convirtió en franquicia.
Y Laureano, en su fideicomiso.
VI. El silencio internacional y los cómplices de siempre
Washington lo sabe. Chevron también.
La embajada asiente con diplomacia perezosa.
Todos conocen la lista.
Todos la han leído entre líneas.
Pero mientras no afecte contratos ni acuerdos de seguridad… callan.
Como con Epstein.
Como con Pinochet.
Como con todos los monstruos funcionales.
VII. Zugzwang: el jaque sin salida
Como ha señalado el Dr. René en Jaque Mate a la Dictadura,
el régimen Ortega-Murillo está atrapado en una partida de ajedrez sin victoria posible.
Zugzwang: cualquier movimiento lo debilita.
La purga no es fortaleza. Es señal de vulnerabilidad.
La represión no es control. Es miedo.
Y Rosario, al eliminar a cada uno de los antiguos pilares, está asegurando que ningún testigo quede vivo.
Pero al hacerlo, entierra también cualquier posibilidad de relevo, de pacto, de supervivencia.
VIII. ¿Es esto el fin… o el prólogo de una gran negociación?
Aquí surge la pregunta final, tan política como teológica:
¿Está Rosario creando deliberadamente el caos para pactar un nuevo orden?
¿Este funeral masivo, esta purga simbólica y real…
es un cierre definitivo o una jugada para la gran negociación internacional?
¿Estamos viendo una purga… o un montaje?
Porque en los regímenes terminales, toda operación de exterminio interno puede esconder una única motivación:
Salvar lo que queda a cambio de inmunidad, o pactar la salida antes del colapso total.
¿Será esa su jugada secreta?
¿Está Rosario Murillo preparando el terreno para un gran pacto con Washington, Roma o Moscú?
¿Será este funeral la antesala de un tratado?
¿O simplemente el delirio final de un régimen atrapado en su propio zugzwang?
IX. El crimen perfecto que ni Somoza soñó
Somoza los encarceló. Rosario los desapareció.
El dictador odiado no los ejecutó.
La compañera de los altares sí.
Ese es el giro más macabro de esta tragedia:
La revolución no murió con balas, ni con intervención extranjera.
Murió con incienso, con frases dulzonas, con listas negras escritas con tinta invisible.
Murió de asfixia simbólica.
Y cuando, algún día, la historia intente explicarlo,
quizás la frase más precisa no vendrá de un libro de texto,
sino de un susurro popular:
“Yo no sabía”, dirán.
Y el pueblo responderá:
“No hacía falta que supieras.
Ya estabas en la lista.”
